Horacio Sueldo, un cristiano, democrático y progresista

mayo 13 /2016

Por Carlos María Romero Sosa

Doctor Horacio Sueldo

Pienso que de Horacio Sueldo, fallecido el 10 de mayo del corriente año a los casi 93 de su edad, el mejor elogio que puedo hacer es admitir que lamento de corazón no haberlo votado. Pocas figuras públicas como la suya inspiran este tipo de congojas, sobre todo cuando tan acostumbrada está la ciudadanía a sufragar por opciones en muchos casos promovidas y manipuladas en forma mediática; haciendo hincapié no en los intereses de la opinión pública sino de la publicada, en tanto y en cuanto el poder comunicativo tiende a gravitar absolutamente y convertirse en poder administrativo y hasta en derecho, como explicó Habermas. Lo cierto es que aquellas disyuntivas que parecen de hierro resultan en los hechos flaquezas de la democracia, puesto que se suele votar más en contra de alguien que a favor de un candidato.

El doctor Sueldo era de la raza de los políticos que trascienden los partidos, en su caso la Democracia Cristiana que nunca alcanzó a ser en la Argentina un movimiento de masas pese a la vocación de varios de sus dirigentes ajenos a todo elitismo. De ella fue él uno de los fundadores en 1954, junto a Manuel V. Ordóñez, Arturo Ponsati, Rodolfo Martínez, Leopoldo Pérez Gaudio, Oscar Puiggrós y José Antonio Allende, con las décadas vicepresidente del Senado de la Nación.

Supo mantener principios al tiempo que revisaba actitudes propias, así por ejemplo un antiperonismo juvenil. No en vano llegó a integrar el segundo término de la fórmula presidencial con el médico Raúl Matera en 1963, la que al ser vetada lo obligó a reducirse a la testimonial dupla Horacio Sueldo-Francisco Cerro que obtuvo un mínimo caudal electoral. Diez años después conformó otra fórmula con el líder del Partido Intransigente Oscar Alende que resultó la tercera más votada merced a lo cual alcanzó sino la vicepresidencia, una banca de diputado nacional.

En los convulsos años que precedieron a la última dictadura, Sueldo recibió amenazas de la Triple A. La reacción no le perdonaba su prédica social abrevada en la Doctrina de la Iglesia en la materia, su credo humanista hijo de las enseñanzas de su bien leído Jacques Maritain o que, fiel al legado ético del George Bernanos de “Los grandes cementerios bajo la luna”, defendiera los derechos humanos y denunciara sus violaciones sin importar quiénes y en nombre de qué presuntos valores se llevaran a cabo torturas, asesinatos y desapariciones. Muchos jóvenes de entonces aplaudimos aquellas palabras proféticas que a comienzos del gobierno de Héctor J. Cámpora le escuchamos decir en el mismo Congreso donde días pasados fueron velados sus restos: “Queremos la transformación! Si no se socializan la riqueza, el poder y la cultura, y si no hay revolución seguirá el camino y la tentación de la violencia de arriba y de abajo”. Sabemos hoy que no vino –salvo excepciones- cambio alguno de las estructuras injustas y sí una mayor concentración de la riqueza, el autoritarismo primero y después una democracia con cuentas sociales y morales pendientes en vez de la moderna y participativa que soñó y por la que trabajó también cuando restaurada la república colaboró con el gobierno de Raúl Alfonsín como asesor en el área de Desarrollo Humano y Familia.

Otra virtud de este cordobés oriundo de Villa del Rosario, graduado de abogado en las mismas aulas donde en 1918 se inició la Reforma Universitaria, fue la de no haberse sumado a ningún coro triunfalista del pragmatismo en boga en los años 90, circunstancia que suele pagarse con el olvido. Sólo que algunos lo recordamos y lo seguiremos haciendo con la admiración y el respeto debidos. Los mismos sentimientos que guardamos para otros correligionarios suyos de la Democracia Cristiana como Carlos Auyero, el jurista Guillermo Frugoni Rey o Augusto Conte Mac Donell, aquel símbolo de la luchas por los derechos humanos al que sí tuve la oportunidad y la satisfacción de votar en 1983.-

- Carlos María Romero Sosa
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