Acerca del derecho de autor en la sociedad de mercado

Liliana Bellone
diciembre 1ro /2012

La idea moderna de Autor ha caído a partir de los análisis teóricos que devienen de la sociología, el psicoanálisis, la filosofía y la filosofía de la literatura. Nada más ilustrativo que aquellas palabras de Borges cuando señala que él no es el autor de sus escritos, a los que llama “ejercicios”, sino que el verdadero hacedor de esos textos es el lector. Más todavía, los fantasmas y el lenguaje son los verdaderos engendradores de la obra literaria, surgida en una trama no pocas veces misteriosa y enigmática.

Es como si los artistas, seres proclives al ensimismamiento y a la sensibilidad, estuviesen poco dotados para vivir de acuerdo con las intereses materiales, dada su especial tendencia contemplativa del mundo.

Sin embargo, la idea de autor y los derechos de éste, surgidos dentro de la concepción moderna de las producciones literarias y culturales (alejada de la idea medieval de obra compartida y comunitaria, como en el caso de los juglares por ejemplo o en los tiempos antiguos del aedo griego o el escriba bíblico, situados en el lugar del transcriptor o reproductor de tradiciones orales religiosas o épicas, surgidas por inspiración divina) se sostienen desde los cuerpos legales que aun rigen y constituyen el derecho internacional actual.

En los países socialistas, es el Estado quien dirime las cuestiones del derecho de autor y distribuye sus efectos y ganancias en la sociedad, ganancias no solo materiales, sino intelectuales, que es lo que al capitalismo no le interesa. Pero todos sabemos que vivimos en una sociedad modelada sobre las bases de la ideología neo-liberal y de economía de mercado aunada a la tecnología y la ciencia, esto es, etapa del capitalismo tardío, donde las reglas de la oferta y la demanda han inundado todos los ámbitos de la cultura. En este marco, el derecho de autor y la propiedad intelectual también han entrado por los carriles de la des-regulación y se pretende que respondan a las constantes mutaciones y caprichos del mercado, apoyándose en los presupuestos posmodernos de la muerte del autor, del fin del sujeto y la muerte de la historia y las ideologías.

De este modo no solamente no se respetan los parámetros de las leyes sino que éstas se ven condicionadas por la constante mutación y caprichos del mercado. Entonces surgen los empresarios de la cultura que por interés de lucro decretan que el autor es secundario y que se puede traficar, copiar, difundir, comerciar, falsificar una obra sin ningún control ni del estado ni del artista.

Lo que interesa en este marco es la cruda ley de la oferta y la demanda y los intereses comerciales. Entonces la Ley de propiedad intelectual adquiere dimensión de fósil jurídico, de intrascendente paso formal, de anacrónico principio del individualismo, mientras los editores comercian a sus anchas sin ningún estorbo. Los escritores a veces, por no aparecer como parte de una disputa burguesa de intereses, optan por no reclamar sus derechos.

En realidad, el escritor sabe que los efectos de la obra van más allá del mercado, pero esta no es la cuestión, ¿por qué ocupar el lugar de mártir o santo en medio de una economía salvaje y de una sociedad individualista y mezquina si no somos tales, esto es ni santos, ni mártires, ni como querían los poetas malditos y los románticos, que repetían la visión clásica greco-latina, iluminados de las Musas? Esto siempre ocurrió dirán algunos, en la antigüedad y en el renacimiento, los príncipes abogaban por las finanzas del escritor, lo asistían y difundían sus obras. Es como si los artistas, seres proclives al ensimismamiento y a la sensibilidad, estuviesen poco dotados para vivir de acuerdo con las intereses materiales, dada su especial tendencia contemplativa del mundo. Pareciera que los artistas necesitaran de algún modo el auxilio de los poderosos y gente de acción para existir. La historia del arte demuestra esta realidad pero oculta un mecanismo económico que responde a una organización histórica y social determinada. Este mecanismo es el que se debe denunciar.

En algunas provincias, donde los escritores y artistas sufrimos los efectos de la distancia de los grandes centros culturales, y no pocas veces la discriminación por haber nacido o por trabajar en un lugar periférico, soportamos el embate también de algunos empresarios de la industria editorial que pretenden desconocer el derecho que nos asiste y nos protege. Si bien la obra literaria es de todos, no por ello debe ser entregada para el solo beneficio de intereses económicos alejados de las funciones culturales. En Cuba, a diferencia de las sociedades neoliberales, es el Estado quien se ocupa de distribuir equitativamente los libros y otras producciones artísticas en la sociedad. Los derechos de autor pueden donarse, como lo hicieron Cortázar, Neruda o Gabriela Mistral para causas humanitarias. Pero en la sociedad de mercado, ¿por qué regalarlos a empresarios que lucran con el arte y la literatura?

También los llamados mecenazgos van en esta dirección, pues en las actuales sociedades capitalistas, alguno “mecenas” publican a los escritores pero inmediatamente pasan a comerciar el producto intelectual de sus supuestos beneficiados, de modo tal que se prueba y comprueba que en el neoliberalismo la obra de arte y la literatura son consideradas únicamente MERCANCIAS. Por lo tanto es la legislación actual el único resguardo que todavía poseemos los artistas y escritores, la que puede regular la actividad no solamente de la cultura sino de la economía, la sociedad y la política.

  • Liliana Bellone, escritora
    gutierrezbellone@hotmail.com