Acerca del trabajo esclavo en la Argentina

enero 18 /2011
Antonio Gutiérrez

La explotación del peón

La persistencia de las situaciones de privilegio a través de los años, hace que quienes gozan de esas situaciones terminen evaluándolas subjetivamente como algo natural y lógico, como si ese estado de cosas perteneciera a un orden universal definitivamente establecido y justo. Ese sentimiento de naturalidad se ve agudizado en aquellos sujetos que nunca conocieron otra vida que la de los privilegios y la cuna de oro.

Hay empresarios y terratenientes, que saben perfectamente que someten y esclavizan a la gente, que lo hacen a conciencia y en forma deliberada.

Recordemos que los integrantes de la nobleza europea no solamente tenían una vivencia subjetiva similar, sino que directamente creían que las desigualdades sociales eran una decisión divina y que la providencia ponía a cada cual, para siempre, en el lugar que se merecía.

Luego, en la Modernidad, a partir de la idea de progreso, las desigualdades sociales eran atribuidas al esfuerzo y a la tenacidad de algunos y a la falta de competitividad de otros, pero ese sentimiento de naturalidad de las cosas continuó estando presente en la subjetividad moderna. En el espíritu colonialista era “natural”, por ejemplo, que los pueblos del África fueran saqueados y devastados, natural que se los embarcara como esclavos a los Estados Unidos, que los blancos pensaran que los negros son intelectualmente inferiores, que las mujeres ganaran menos que los hombres, etc.

Las situaciones de injusticia, explotación y privilegio, crean las desigualdades sociales, pero luego esas desigualdades no son atribuidas, por los privilegiados, a esos privilegios, sino a una supuesta mayor capacidad e inteligencia personal o al esfuerzo que supuestamente realizaron sus antepasados inmediatos, sus padres, sus abuelos, etc.

Desde luego que esa vivencia de “naturalidad” de las desigualdades sociales (y de “superioridad”) basada en la raza, el color de piel, los parentescos, la prosapia, el dinero o la voluntad divina, íntimamente se prosigue hoy en muchos espíritus que, aunque no lo digan abiertamente, la manifiestan en cada uno de sus actos.

Cabría recordar que esa naturalización de las situaciones estructurales de injusticia, hoy denunciada a causa del trabajo esclavo en los campos de la pampa húmeda, fue moneda corriente en el noroeste argentino, principalmente en los Ingenios azucareros que traían para la zafra a peones bolivianos (golondrinas) que trabajaban de sol a sol con los hijos y vivían en precarias casuchas, en los lotes donde padecían de la peste petequial o de erupciones cutáneas denominadas “golondrinos” o morían de tuberculosis y paludismo. En ese entonces se les pagaba con vales y la comida también les era vendida por los mismos dueños de los Ingenios.

Pero nadie por estas latitudes se horrorizaba. La situación del trabajo precario y casi esclavo era tomada como algo natural, no sujeto a cavilaciones ni a filosofías. Natural era que los niños no fueran a la escuela y trabajaran en las fincas a la par de sus padres; natural que no tuvieran posibilidad de movilidad social y que estuvieran condenados a la pobreza; natural que los hijos de los hacendados se iniciaran sexualmente con las hijas de los peones; natural que el pobre fuera pobre, que el peón fuera peón, que la tamalera fuera tamalera, que la Lindaura viviera en un rancho, que el Juancito se muriera por falta de una buena atención médica y que por espacio de más de 400 años las enormes diferencias de oportunidades sociales se mantuvieran intactas en el oscuro universo provinciano.

Todo eso obedecía, en la subjetividad local, a un orden pastoril universalmente establecido, bucólico y feliz, casi virgiliano, donde altivos señores paternalistas departían en largas tertulias de sobremesa y los jóvenes de linaje cabalgaban por la fértil campiña, mientras los pastores, los Mamani, los Puca, los Tintilai, recogían los frutos de la tierra, las coles, los pimientos, el tabaco. Cada cual en su justo sitio otorgado por naturaleza mientras que por debajo de la aparente calma de la siesta provinciana, corrían ríos turbulentos.

En el Centenario de la República, la oligarquía argentina terrateniente creía que era natural construir inmensos palacios “afrancesados” y dilapidar fortunas en Europa mientras que en el país el analfabetismo alcanzaba al 80 % de la población y los peones, los gauchos, los trabajadores rurales, los inmigrantes, los obreros de las fábricas, se debatían en condiciones de extrema precariedad laboral y pobreza.

Los pudientes de la época creían que ese orden de cosas, esas descomunales desigualdades, esa concepción bucólica de la Argentina “granero del mundo”, eran universalmente naturales, cósmicamente establecidas. Y cuando algunos de esos trabajadores se revelaban para pedir mejoras laborales, natural era que se los reprimiera y asesinara, como ocurrió en la semana trágica, en la Patagonia y con los obreros de los talleres Vasena en Buenos Aires. Entonces uno no entiende cómo puede haber gente que todavía siga poniendo como ejemplo de desarrollo y riqueza a la Argentina del Centenario.

El filósofo-psicoanalista, esloveno, Slavoj Zizek, en su libro “Seis reflexiones marginales sobre la violencia” dice que hay un tipo de violencia, a la que llama sistémica, que es la que causa y crea las condiciones para que la violencia visible y cotidiana que todos sufrimos (la violencia subjetiva) se instale y sea posible. Pone el ejemplo del buque Filosofía, el barco en el que el gobierno soviético deportó, en 1922, rumbo a Alemania a intelectuales anticomunistas. En ese barco iba un tal Nikolai Lossky.

Nikolai, perteneciente a la alta burguesía, era en realidad un hombre sincero y benevolente, civilizado, filantrópico, sensible, cuyas tertulias literarias y buenos modales contribuían al engrandecimiento de la cultura de su país y que veía cómo de repente todo su mundo, su familia, sus propiedades, sus hijos, su vida cotidiana, se derrumbaban de un plumazo.

No entendía de qué se le acusaba, él que creía que sólo había hecho el bien a los otros, no sabía, o no quería saber, que para que su familia pudiera gozar de esa vida confortable y contemplativa, otros habían tenido que sufrir y vivir en la peor de las miserias.

No comprendía que su condición social se asentaba sobre esa violencia sistémica de la que habla Zizek. El caballeresco Nikolai Lossky creía que era natural que las cosas fueran como eran; no se preguntaba acerca del origen de las descomunales desigualdades ni ponía en duda la legitimidad de las cosas, así como uno no pone en duda que el sol saldrá por el éste y se pondrá por el oeste.

Como en el ejemplo de Slavoj Zizek, en la oligarquía argentina nadie se sentía culpable, sino que creía que ayudaba, que protegía, que amparaba, que tenía buenas actitudes, que daba trabajo, que todo estaba bien y que de algún modo el mundo armonizaba.

Nadie se sentía, como es previsible, responsable de la marginalidad en la que estaba sumergida buena parte de los habitantes y, de hecho, individualmente algunos no lo eran, al menos en forma directa. La violencia en ese caso no devenía de los modales particulares, sino de la permanencia y de la cronificación de un estado de cosas que de ninguna forma tendría que haber sido considerada natural y aceptable.

Los ejecutivos de las empresas agrícolas recientemente denunciadas por someter a trabajo esclavo a peones llevados desde las provincias del norte, no se sintieron culpables de la situación que se les reprochaba, sino que argumentaron que daban trabajo, que permitían ganar unos pesos a pobladores santiagueños que de hecho viven en condiciones de extrema carencia, que muchos de esos peones no tienen en sus localidades de origen luz eléctrica ni agua corriente, que entonces no está mal alojarlos en acoplados, que esas son las condiciones naturales y lógicas del trabajo rural en la Argentina, en definitiva, que no hicieron nada fuera de lo normal y corriente.

El problema es que en la Argentina ya hay demasiadas cosas que se toman por naturales y corrientes, como son la explotación rural, la precariedad laboral, los ilícitos, los negociados, los delitos económicos, la confinación a condiciones de marginalidad de una parte de los ciudadanos.

Pero hoy esa providencia no es ya la decisión divina ni la voluntad de los dioses ni la herencia familiar ni los regímenes feudales provincianos, sino la del mercado, devenido en un nuevo dios profano capaz de ordenar, según la creencia neoliberal, las cosas por sí solo y colocar a cada cual en el lugar que, en base a su competitividad, se merece.

Entonces, si alguien contrata a peones rurales y los somete a la esclavitud, ello no es producto de un ilícito ni la causa de la desaprensión humana, sino la pura consecuencia lógica de las condiciones actuales de la economía y de sus reglas de juego a las que hay que respetar por naturales.

En síntesis, se sigue creyendo como antaño que contratar a peones rurales y hacerlos trabajar en una situación de esclavitud, es algo natural o divino, pero referido esta vez al dios universal del mercado. Sólo cambiamos de dioses. Por un rodeo volvemos a los inicios. Hemos caminado en círculo, hoy retorna la esclavitud no de la mano de las mentalidades feudales, sino de las condiciones inherentes a la fase actual del capitalismo. Lo natural hoy son las lógicas del mercado.

No se piensa que se está sometiendo al otro (o si se piensa no se dice), sino que se argumenta un cumplimiento de las condiciones de la economía y sus avatares. Hay empresarios y terratenientes, los más desaprensivos, que saben perfectamente que someten y esclavizan a la gente, que lo hacen a conciencia y en forma deliberada, pero que no les interesa ya que su única meta, su única filosofía, el único ideal en el horizonte, es la ganancia absoluta, sin consideraciones de índole moral ni humana. Pero por este camino terminaremos abriendo la tranquera a la caverna.

  • Antonio Gutiérrez
    Escritor y psicoanalista