¿Adiós educación común?

septiembre 7 /2008
Andrés Gauffín

El 15 de agosto un matutino local titulaba en su tapa que la religión será obligatoria en las escuelas de la Provincia y, suelta de cuerpo, una secretaria de Educación explicaba, páginas adelante, que no obstante la educación estatal seguirá siendo laica. (¿?)

En pocos años tendremos en Salta escuelas públicas para católicos, escuelas públicas para evangelistas, etc.

La afirmación de la secretaria merece por lo menos un parate, tanto como si otro funcionario del ministerio dijera que de ahora en más en Salta el círculo será cuadrado: no ya sólo los profesores de geometría, sino cualquier vecino de a pié debería pedirle cuentas de lo que dice.

Pero la política salteña de los últimos años desafía los más sentados principios lógicos y matemáticos, una singularidad de esta tierra todavía no explotada en los folletos de promoción turística: aquí el cambio es, en realidad, continuidad de los amigos; los opositores son ministros; los que se van del gobierno se quedan después de una vueltita y los archivos públicos son, de hecho, privados. Así las cosas, ¿cuál es el problema de que la escuela sea laica, pero religiosa?

Arropado por un colorido ideal multiculturalista implícito en el proyecto oficial, tal vez alguien sueñe ahora con una escuela pública en la que un grupo de alumnos aprenda y practique en un aula el culto a la Pachamama; otro, al lado o al día siguiente, salga en procesión en honor al Señor y la Virgen del Milagro, y un tercero aprenda y celebre el Día del Perdón, cada uno con sus profesores y vestimentas respectivas.

Diversidades utópicas

Domingo F. Sarmiento

Menos bucólico será el panorama cuando se agregue el alumno mormón que aprenda en el aula y difunda en el patio las profecías de José Smith; el testigo de Jehová que reciba de su profesor ejemplares de Atalaya y, aprovechando las horas libres, las reparta entre apocalípticas advertencias, a sus compañeros, incluso al que acaricia el Nirvana, tras practicar la últimas técnicas de su maestro monje venido directamente del Tibet por obra y gracia de la ley de educación salteña.

La utopía multireligiosa empezará a volverse pesadilla cuando, sintiéndose interpelado, el hijo de algún marxista de aquellos quiera convencer subido en un banco a todos sus compañeros de que, finalmente, la religión es el opio de los pueblos, en sociedad con el sobrino de un alumno nietzecheano de la universidad nacional que proclame, solemnemente, la muerte de Dios.

La cuestión se complicará irremediablemente cuando todos sean fulminados por la profecía de la última aparición en los cerros salteños –llamémosla Inmaterial Madre del Sacratísimo Vástago de la tierra y los cielos nuevos- que los envíe al tenebroso reino de Satanás por no haber creído el último de los mensajes que mandaba subir la cima a caer rendidos a los pies del vidente de turno.

Por entonces la directora de la escuela muy posiblemente haya abandonado su infructuosa prédica de la tolerancia y llamado a la Administradora de Riesgos del Trabajo para solicitar asistencia psicológica, pedido que será tomado en cuenta por la empresa para un aumento de las facturas mensuales a la provincia.

Pero nada de esto sucederá, por supuesto, previsión que ha sido muy tenida en cuenta por quienes impulsan el proyecto. “En realidad es muy raro encontrar en las aulas salteñas tanta diversidad religiosa”, ha dicho la funcionaria de Educación.

Lo que traducido a un lenguaje libre de eufemismos significa que el gobierno nunca hubiera dado a luz el proyecto si de verdad le obligase a nombrar en las aulas un maestro mormón, un judío, un evangelista, un católico, un testigo de Jehová, un servidor de la Inmaterial Madre, un monje budista o un mahometano a gusto y pedido de los padres de cada escuela.

El ministro multireligioso

Sincero, el ministro Leopoldo Van Cauwlaert, acaba de decir que “el alumno que profesa otro credo podrá tomar clase de otra asignatura en el establecimiento al que asiste, o también se podrá articular con otra unidad educativa de gestión pública o privada, donde recibirá educación religiosa del credo que profesa”.

Así, pese al proclamado respeto por la diversidad con la que se intenta hacer pasar el proyecto, las autoridades terminarán favoreciendo sólo a aquella que según las autoridades provinciales -y tomando palabras de la secretaria-, “responde a la impronta de la provincia en general”. Nuevo logro del gobierno de Urtubey en el terreno de la lógica: el respeto por la diversidad religiosa en las escuelas será, en realidad, cultivo de la uniformidad.

Las palabras del ministro multireligioso también permiten anticipar lo que puede ser otra deriva de los argumentos utilizados por quienes impulsan el proyecto. Si, como ha dicho la oficialista revista El Cronista, los padres tienen el derecho de elegir el sistema de educación religioso para sus hijos y el Estado no puede impedir el ejercicio de ese derecho, en pocos años tendremos en Salta escuelas públicas para católicos, escuelas públicas para evangelistas, escuelas públicas para mormones… Y así.

Pues un padre no se conformará con un par de horas de clases de religión para su hijo, sino un sistema educativo propio de su religión, y ya no sólo pedirá maestros de religión para su crío, sino maestros de su religión, y compañeros de su religión, y signos de su religión.

Los ateos recalcitrantes

Pero no todo se acabará aquí pues para asegurar el derecho de ese padre a un sistema educativo de su religión para su hijo, habrá que crear zonas de escuelas católicas, zonas de escuelas mormonas, y así. Para ese entonces el mismo padre, habrá también hecho valer ante el Estado su derecho a vivir en un barrio de su religión, y es posible que ya haya pensado en la conveniencia de levantar muros –en lo posible coronados por alambres de púa- entre los barrios a fin de que en cada pueda profesarse la religión sin molestar ni ser molestado por los otros.

No faltará quien sostenga que los que se oponen al piadoso proyecto oficial son necesariamente ateos recalcitrantes deseosos de construir un Argentina impía o resentidos anticlericales. Se ignorarán así las razones por las que en el siglo XIX, las ley 1420 se llamó, precisamente, de Educación Común.

Entonces como ahora los habitantes de esta porción de América necesitaban construir su convivencia basada en lo que les podía unir a todos ellos: no era, ni es, la reafirmación de la identidad de cada grupo el objetivo de la educación pública, sino el trabajoso descubrimiento de que –a pesar de esas obvias y respetables diferencias raciales, religiosas, sociales o sexuales- puede y debe construirse un espacio común –público- de convivencia.

Elementos comunes

Un país nace y se construye en base a una particular tendencia a la universalidad: aquella que permite construir una convivencia a partir de lo común de sus integrantes, más allá o más acá, como se prefiera, de sus particularidades étnicas, religiosas o culturales…. a no ser que queramos encerrarlo dentro de un imposible e indeseable proyecto de uniformidad cultural o hacerlo naufragar en un archipiélago de culturas o religiones sin contacto entre sí.

¿Puede un ateo confeso encontrar elementos comunes con Testigo de Jehová ferviente? ¿Un católico descubrir semejanzas con otro indiferente ante la religión? ¿Un mormón con un lector de las profecías de Zaratustra? La respuesta es sí, pero en la medida en que sean capaces de preservar espacios comunes donde articular un lenguaje común y normas comunes y hasta valores comunes. Hasta que no se invente algo nuevo, la educación pública es el primer lugar para ese ejercicio.

Finalmente no serán cuarenta y ochenta minutos de clase lo que garantice la libertad religiosa. Es la construcción y preservación de la plaza, donde los diferentes se descubren también semejantes, lo que posibilitará que en esta tierra cada uno pueda vivir en paz con sus creencias.