Alberti y sus espacios habitados

abril 28 /2010
Dr. Carlos María Romero Sosa

Rafael Alberti

En general todo análisis literario, conlleva situar en su tiempo al autor escogido y vincularlo así con las figuras y los hechos contemporáneos de su trayectoria vital. Empero, complementario sino paralelo de aquel canon, para asomarse a una personalidad, un estilo y un compromiso estético, existe asimismo otra forma de aproximación: se trata de atender a los diferentes espacios territoriales transitados y abarcados por una existencia creadora.

Joan Carles Fogo Vila, con buen gusto, no cayó en la herejía de segmentar la humanidad de Rafael Alberti con mirada parcial de especialista.

Tanto más que si como en el caso de la de Rafael Alberti, se la testimonia con mucho de pictórico en la subjetividad de su poesía y su prosa; logrando dibujar un mundo interior con integradas perspectivas de abrigo o intemperie, marcos referenciales en los que hay coloridos que se niegan a desvanecerse y cobran brillo con la evocación.

Así por ejemplo, se destaca un haz de tonalidades entre los tupidos ramajes de su ensayo autobiográfico “La arboleda perdida”; justamente porque si aquella memoria vegetal quedó perenne en el tiempo -en ese tiempo humano irreparable que dijera Virgilio-, permanece de igual modo a salvo de tijeras podadoras en el rescate detallado de las cosas y los lugares entramados por la intencionada magia de la emoción.

Y es que ello precisamente, la universalización espiritualizada de la territorialidad, reproduciéndola como tercera dimensión de la palabra, como equilibrio logrado entre la correspondencia visual y musical del idioma en el frente y perfil de la letra escrita, tal cual puede rastrearse también en García Lorca, en Aleixandre, en Cernuda o en Salinas, fue una de las características de la Generación del 27.

Y lo fue por los climas de elevación metafísica que redefinen el paisaje exterior en vez de reconocerlo para asumirlo en grado más bien de conciencia territorial y en ejercicio de responsabilidad patriótica, según en su momento lo hicieran Unamuno, Azorín y otros exponentes de la Generación del 98, en actitudes que se extremaron luego de las pérdidas coloniales de Cuba y Filipinas.

En “Los espacios habitados de Rafael Alberti” (Fundación Rafael Alberti, España, 2009), un libro de casi trescientas páginas de Joan Carles Fogo Vila, arquitecto y doctor en arquitectura nacido en Buenos Aires en 1955 y residente desde su infancia en Barcelona donde se graduó en la Universidad Politécnica de Cataluña, se asoma el autor con singular originalidad, documenta con erudición y resuelve con intuición el tema de las azarosas geografías del poeta. De tal modo revive el alma de regiones ya campesinas o ciudadanas, ya españolas o del destierro, ya con abiertos horizontes a la vista o detallando la descripción de los variados estilos arquitectónicos de los edificios que encerraron o preservaron su habitar trashumante.

El del artista integral, sin gestos rupturistas, que no en vano tituló uno de sus libros “Cal y canto” y al hacerlo, exaltó tanto el elemento blanqueador de los frentes e interiores de las casas con ventanales asomados al mar de Cádiz, cuanto el pedregullo que pone su cuota de solidez para elevar y sostener muros capaces de albergar ilusiones hogareñas o de sitiar y detener impulsos aventureros.

Sin perder detalle se cuenta sobre sus domicilios a menudo transitorios que alquiló en Europa y América; refugios valorizados por vivencias y casi nunca posesiones en sentido estricto, por estar más enraizadas en el espíritu del habitante que inscriptas a su nombre en los registros de propiedad inmobiliaria correspondientes.

Fogo Vila va a rastrear la presencia y el latir de esos espacios vitales en todas y cada una de las obras de Alberti, para trazar de ese modo una biografía espacial en un “collage” con distancias, proximidades y “afinidades electivas” del gaditano universal, venido al mundo en 1902 en la calle Palacios Nro. 46 de El Puerto de Santa María. Anota así en el primer capítulo una confidencia del artista extraída de “La arboleda perdida”: la revelación de haber nacido en los blancos “de la cal, que tanto recorta las aristas y contrasta con sus sombras azules, que van desde los más pálidos a los más violentos. Los balcones y las ventanas, los altos barandales pintados de verde y aun de negro, ponen la cal como un fondo de pentagramas musicales, páginas en partituras para ser cantadas por el viento.”

En sucesivos capítulos se estudian luego otras relaciones espacio-temporales que marcaron a fuego a Alberti y a su amigo García Lorca, como cuando se asomaron ambos a la ciudad de Nueva York, aunque cada uno por su lado y con pocos años de diferencia al tiempo en que la visitó el arquitecto franco suizo Charles Edouard Jeanneret, más conocido por Le Corbusier. Sabido es que allí, la desolación ante la “arquitectura extrahumana” –la adjetiva así el escritor del volumen en cuestión-, dictó al granadino los versos de “Poeta en Nueva York”, en tanto el gaditano, que viajó en los años 30 a los Estados Unidos en compañía de su esposa María Teresa León, compuso su libro antiimperialista “13 bandas y 48 estrellas” donde hay versos tan combativos como los que expresan: “Nueva York, Wall Street, banca de sangre,/ áureo pulmón, comido de gangrena,/ araña de tentáculos que hilan/ fríamente la muerte de otros pueblos.”

Más adelante se arriba a los testimonios de la “arquitectura de la destrucción”, de las ruinas y los escombros provocados por la Guerra Civil Española. Cuadra bien entonces la descripción hecha de la madrileña Casa de las Flores en el barrio de Argüelles, obra del arquitecto Secundino Zuazo; un edificio en el que a sugerencia del propio Alberti, quien habitaba en sus inmediaciones, ocupó un piso Pablo Neruda cuando era cónsul de Chile en Madrid.

Continúa el periplo estético-biográfico a través del análisis de la “arquitectura del exilio”, primero la del muy señorial París y luego la de los diferentes ambientes argentinos. Parecen verse las galerías provincianas de la cordobesa localidad de Totoral, allí donde Alberti concluyó su libro “Entre el clavel y la espada”. Y se reconocen rejuvenecidos los majestuosos más que funcionales edificios del Buenos Aires de los años cuarenta del siglo XX, la metrópolis cuya arquitectura, a juicio de Borges, “atenuó lo español y tendió a lo italiano” (porque) “diferir de los padres es tal vez una fatalidad de los hijos”.

En concreto vienen a referencia datos sobre las viviendas porteñas de Alberti, establecido primero en la Avenida Las Heras número 3873 y finalmente en el sexto piso del edificio de departamentos de Avenida Pueyrredón número 2471, frente a la Plaza Francia. Allí el matrimonio de Rafael y María Teresa León contó entre sus vecinos a otro “transterrado”, el madrileño Luis Jiménez de Azúa, jurista, político y presidente –en el exilio- de la República Española, y a Vittorio Mussolini, hijo del Dictador.

En extenso se detiene a continuación Fogo Vila en la que denomina “arquitectura de la amistad”, o de la distensión vacacional, simbolizada en La Gallarda de Punta del Este, en la costa uruguaya; una vivienda de veraneo de estilo racional “implantada en un apretado bosque” y que proyectó Antoni Bonet, el urbanista homenajeado por el mismo Alberti en el soneto que comienza diciendo: “A ti, arquitecto de la luz, tocado/ del soplo de la mar grecolatina”. Por sus habitaciones espaciosas correteaba Aitana, la hija de Rafael y María Teresa nacida en Buenos Aires en 1941. En tanto, pasaban por la casa siempre de puertas abiertas para la confraternidad, los amigos argentinos Oliverio Girondo, Luis Saslavsky, el pintor brasileño residente en Montevideo por motivos políticos Cándido Portinari o el pintor y poeta andaluz, íntimo de Picasso, Manolo Ángeles Ortiz.

Sin perder el hilo cronológico, se destaca después el período del exilio italiano del poeta que trascurrió entre 1963 y 1977. Se sigue o persigue el andar de sus pasos peregrinos que le inspiraron los libros “Roma, peligro para caminantes” y “Sonetos romanos”: “Dejé por ti todo lo que era mío./ Dame Tú, Roma, a cambio de mis penas,/ Tanto como dejé para tenerte.”

Fogo Vila repara con mirada profesional en las fachadas e ingresa con recogimiento dentro de la intimidad de sus residencias romanas de Monserrato, número 20, y de Vía Garibaldi, número 88, en el Barrio del Trastévere, donde lo visitaba Pier Paolo Pasolini hasta su asesinato en noviembre de 1975.

Buen dibujante de líneas, sin fallarle nunca el pulso, la imaginación y las certezas, el autor cierra el círculo vital de Alberti registrando la arquitectura testigo de sus años finales, ya reinstalado en la España de la recuperación democrática tras la muerte de Franco, deteniéndose en el pequeño apartamento de Princesa, número 3, cerca de la Plaza de España. “Este no es el Madrid que yo dejé”, se había lamentado o quizá no tanto al regreso, frente a los adelantos edilicios de la Villa y Corte y sin duda al ambiente de “destape” reinante que enterró las hipócritas mojigaterías de los casi cuarenta años de represión política, artística y sexual.

Al cabo, viene a darse punto final a la obra ante la casa gaditana Ora Marítima, de la calle Albarizas, número 7, en la urbanización Las Viñas, de El Puerto de Santa María, cedida por el Ayuntamiento al poeta. Allí murió Rafael en la noche del 27 de octubre de 1999 mientras el viento pondría bautismales brisas salinas en la frente del “Marinero en tierra”. Brisas ciertamente capaces de signar “in aeternum” su nueva y definitiva identidad cósmica.

Qué mejor elogio para Joan Carles Fogo Vila que el poder decir al cabo de la lectura de su libro, que con acabada demostración de buen gusto no cayó en la herejía de segmentar la humanidad de Rafael Alberti con mirada parcial de especialista. Y que lejos de pretender encerrar y acallar bajo la letra impresa los ecos de su vida, con entusiasmo de epígono, ha sabido darle, ahora, otro sostén en un abrazo intergeneracional.

  • Carlos María Romero Sosa es escritor, periodista y abogado. Su último libro, recién aparecido, es “Fanales opacados”.