Turismo Sábado 25 de febrero de 2012
Por Andrés Gauffín

Amor en Yavi

Turismo, bohemia y snobismo

Del lado de Villazón, la cola alcanza hasta dos cuadras, cualquier día de febrero de 2012. Vienen de regreso de Machu Picchu y en la calle República Argentina, mientras esperan su turno en migraciones, gastan sus últimos bolivianos antes de volver a cruzar la frontera. Sentados al lado de los fardos de coca, las vendedoras le recitan el precio de los aguayos, los sombreros, las camperas de lana de oveja.

Muchos se han vestido multicolores, desde las medias hasta el gorro, como cerro de Purmamarca.

En perfecta tonada porteña, algunos mochileros regatean el precio, una de las costumbres andinas que más han practicado estos días. Por puro prejuicio, uno adivina entre ellos a una joven veinteañera de Barrio Norte o un joven de San Isidro que en octubre se sacó una foto de rigor en el cerro Catedral, con sus compañeros de quinto.

Muchos se han vestido multicolores, desde las medias hasta el gorro, como cerro de Purmamarca. El clima espiritual de la peregrinación al Cuzco se condensa en un muchacho de no más de veinticinco que camina por las calles de Villazón con mochila de lana, anchos pantalones de tonalidades ocres, chaqueta al tono. Todo coronado por una cabellera rubia, hecha rastas. Barba rala y mirada azul como un destello del cielo andino.

Es verlo nada más y sentir uno la tentación de pedirle un mantra. Porque podía ser tomado también como un maestro oriental. Algunos vuelven con un charango o un sicu colgando de la mochila, con la esperanza de que la música que guardan allí pueda con el estruendo caótico de la gran ciudad. Pero el regreso puede no ser tan espiritual, ni tan sereno.

Una pareja practicaba, una de estas noches, el amor en el atrio de la iglesia de Yavi –a pocos kilómetros de Villazón-, en ese mismo templo donde el marqués -no el de Sade sino el de Yavi,- escuchaba misa todos los días, hace nada más que dos siglos.

Las derivas del amor –como tal vez haya pensado el marqués, no de Yavi sino el de Sade-, son impredecibles. Tras los gemidos, algunos vecinos del pueblito alcanzaron a escuchar una riña que terminó en súplica masculina, dirigida no al Altísimo, sino a su compañera. “¡Volvé nena, volvé ! ¡Por lo menos dejame algunos mangos para pagarme la vuelta!”.

  • Andrés Gauffin
    Periodista

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