Anomia, una enfermedad social

Daniel Tort
octubre 2 /2013

El Gobierno de la continuidad

La palabra anomia para la psicología y la sociología, es un estado que surge cuando las reglas sociales se han degradado o directamente se han eliminado y ya no son respetadas por los integrantes de una comunidad. Es la actitud de indiferencia cuando no de desaprensión consciente de no hacer distingos entre lo que debe ser y lo que no debe ser. Todo da igual, y quien incumple no siente pena ni temor a represalia, sino que hasta se enorgullece de su inconducta.

Actitudes de la degradación política

"Nadie se altera porque el gobernador haya empeñado su palabra de no reelegirse y ahora esté hablando a más de dos años todavía de terminar su segundo mandato de aspirar a un tercero, por las dudas que no le de el piné para presidenciable".

Estamos acostumbrados a escuchar frecuentemente en conversaciones cotidianas que la política es sucia, que los que participan en ella son mentirosos y falsos, y que nunca responden a las necesidades colectivas de quienes les votan sino a mandatarios predeterminados generalmente ligados a intereses económicos cercanos a la elite de gobierno, a los que responden cerrando un círculo evidente de corrupción.

En términos generales esto finalmente es cierto y se verifica a diario. Pero el desvío del análisis consiste en creer que solamente quienes participan de los cargos de decisión en el campo de la política son los corruptos, y que todos los que estamos en el llano no lo somos. Es un error objetivo pensar que al llegar a los cargos los ciudadanos ejemplares se transforman automáticamente en corruptos.

Y es un error porque los que se postulan para la actividad partidaria y electoral no son recién llegados de la estratósfera, sino que pertenecen al colectivo social cotidiano, forman parte de la población habitual del lugar, son habitantes de nuestra ciudad, son representantes del grupo, son ni más ni menos integrantes de la sociedad que los elige.

Y como parte de esa misma sociedad se exponen más públicamente al desempeñar cargos políticos, por lo que no media transformación alguna sino mayor evidencia de sus actos. Para medir ese aspecto social basta por ejemplo, con detenerse a observar la forma o falta de formas según se vea, de conducirse por calles y avenidas que tiene los automovilistas en nuestra sociedad.

El que habitualmente pasaba los semáforos en rojo hablando por celular, no respetaba los límites de velocidad, estacionaba en doble fila en la escuela del hijo, y tiraba la lata de gaseosa vacía por la ventanilla, sigue actuando de la misma manera cuando ejerce el cargo. Sigue sin respetar las normas, que son otras distintas a las de tránsito pero las viola con igual desaprensión, porque su anomia habitual permanece. Literalmente el sujeto no cambia por el cargo público, sino que se hace más evidente su comportamiento.

Y como esa costumbre de cuestionar y no cumplir con las reglas de convivencia es generalizada, y las infracciones no son consideradas como tales sino como molestas limitaciones a “mis derechos”, los que van a votar a los candidatos en las próximas elecciones no se alarman de todas las inconductas y avivadas que a diario llevan adelante en su febril carrera electoral.

Así por ejemplo nadie se altera porque el gobernador haya empeñado su palabra de no reelegirse y ahora esté hablando a más de dos años todavía de terminar su segundo mandato de aspirar a un tercero, por las dudas que no le de el piné para presidenciable. Y tampoco causa mayor alarma la adjudicación a dedo de casas construidas con fondos de ayuda social a acomodados parientes y amigos de la gestión, previo pago de un jugoso premio al puntero de turno.

Tampoco pasa nada cuando el hermano del mismo gobernador sin palabra, usa el helicóptero como si fuera el transversal, o que un ex intendente detenido en un prostíbulo se vuelva a postular, o que los que aspiran a los cargos no solamente sean ñoquis añejos sino que ahora hasta tienen licencia paga para ni siquiera tener que ir a firmar la falsa planilla. O que casi la mayoría de los ex funcionarios que han debido salir por la ventana luego de fracasadas gestiones, tengan oportunos cargos políticos con el mismo sueldo de la actividad, vegetando en sus hogares sin remordimiento alguno.

Todo esto que con un mínimo de ética sería escandaloso, ha llegado a parecer normal y se ha consentido que la enfermedad anomia generalizada grosera y obscena invada todos los aspectos de nuestra vida. Es más desde el llano observador la mayoría mira con envidia al que ha logrado llegar a esos niveles, porque seguramente si a él le tocara algo en el reparto haría lo mismo. El por supuesto, no sería ningún gil como para desentonar.

El caso de Salta es más grave todavía, porque durante la gestión romerista esta situación se agudizó y se perfeccionó y el actual mandatario que vendió la ilusión a muchos de que cambiarían los parámetros de conducta, actuó y sigue actuando exactamente igual, cuando no peor. En el fondo no hay dos modelos distintos sino una continuidad engendrada por el anterior y continuada por el sucesor, a la sazón amparado y prohijado por aquél.

En este tren alocado en el que todo vale las contravenciones y los delitos no tienen sanción. Pero lo más grave no es que sean insuficientes o corruptos los estamentos judiciales que amparan al sistema y que en el caso individual al infractor o delincuente no se lo sancione, sino que lo verdaderamente preocupante es que una gran mayoría asienta con su indiferencia o complicidad que el estado de cosas se mantenga.

En este camino es evidente que no habrá cambio alguno en nuestra sociedad, ni con unos, ni con otros. Tenemos una enfermedad grave, social, generalizada, y nadie parece querer tratarla.

  • Daniel Tort, abogado y periodista
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