Cacerolas y sadomasoquismo

Antonio Gutiérrez
septiembre 21 /2012

Con inquietud acabo de ver una muy conocida revista del año 1966, “Panorama”, que en su tapa muestra imágenes de hombres y mujeres de la clase media protestando, en una manifestación, contra el entonces presidente Arturo Illia. El parecido con el cacerolazo del último jueves contra el gobierno kirchnerista es asombroso: damas y caballeros, la mayoría de ellos entrados en años, sosteniendo cartelitos con frases adversas a la investidura presidencial.

En el momento en que sectores humildes de la población empiezan en algunos casos a acceder a cierto consumo y a ser integrados en un universo simbólico, es cuando la clase media, o al menos una parte de ella, reacciona con horror ante la proximidad y la posibilidad de que se pueda producir un achicamiento de las diferencias.

También tuve la suerte de ver un chiste del gran humorista Quino en donde aparece la figura de un poderoso capitalista que sentado en su despacho, vaso de whisky en mano, reflexiona diciendo: “Menos mal que la Opinión Pública no se da cuenta de que opina lo que le ordena la Opinión Privada” Y también pude observar fotos con paredes pintadas con palabras terribles en contra de Eva Perón, festejando su enfermedad.

Esas manifestaciones de la Opinión pública de los años 60, contrarias al Presidente Arturo Illia, motorizadas por los medios masivos de comunicación que caricaturizaban al entonces presidente como una tortuga lenta y parsimoniosa, incapaz de resolver los problemas de los argentinos y garantizar el crecimiento económico, dieron sus frutos, prepararon el terreno propicio para la desestabilización de su gobierno e inmediata destitución.

Curiosamente la clase media no le reprochaba a Illia el haber asumido el gobierno con el peronismo proscrito, sino su supuesta lentitud de gestión. Pero lo que después vino no fue un mayor crecimiento ni una mejor democracia ni un mayor bienestar para los argentinos, sino una cruel dictadura que confiscó las libertades individuales, clausuró la vida política, persiguió y encarceló a las personas, irrumpió brutalmente en las universidades y apaleó a profesores y científicos, muchos de los cuales debieron exiliarse.

Pasado el tiempo, esa clase media de la población, se dio cuenta de que el viejo radical no había sido después de todo tan inoperante ni tan parsimonioso como creía, sino que había realizado algunas cosas que molestaron a los oligarcas y a los intereses imperialistas: el tema del petróleo, la ley de medicamentos, promovida precisamente en beneficio del país y de la clase media.

Pero ya era tarde, la dictadura de Onganía estaba instalada para su perjuicio y calvario, autoritarismo que luego se reedita a partir del 76 con el golpe de estado cívico-militar que, a esa misma clase media, le desaparece a sus hijos y barre la cancha para el advenimiento de los saqueos y las hordas neoliberales de los años 90, que la dejan finalmente sin trabajo y sin ferrocarriles, sin gas, sin petróleo, sin compañía aérea, sin jubilaciones, sin obras sociales, a las puertas mismas de los asentamientos marginales.

Recuerdo un chiste, de finales de los años 90, que mostraba una villa miseria en cuya entrada un pasacalle rezaba: “Bienvenidos los de la clase media”. Sin embargo en esos momentos aciagos de la vida nacional, las señoras de la clase media no salieron con sus cacerolas, salvo cuando De la Rúa y Cavallo les confiscaron los ahorros. Quizá Pier Paolo Pasolini tenga razón cuando dice que: “la burguesía es una enfermedad”.

Pero nuestro querido hombre medio, atrapado en la repetición, no aprende de la historia y nada indica que no vuelva a cometer los mismos errores o que no caiga en las mismas trampas que él mismo contribuye a fabricar en contra de su propio bienestar. Pero creemos que no se trata de debilidad mental ni de taradez congénita, aunque algo pueda haber de todo eso, sino de repetición inconsciente y de identificaciones imaginarias, cuando no de una tendencia autodestructiva y una vuelta del sujeto contra sí mismo.

Hay un texto de Freud: “Los que fracasan al triunfar”, que habla precisamente de esa vuelta del sujeto contra sí mismo, del afán de algunos por estropear sus propios logros, del esmero en arruinar sus conquistas. Recuerdo la obra “Macbeth” de Shakespere, que muestra a Macbeth, el mejor militar del Rey Duncan, ascendido y condecorado por su valentía y coraje, volviéndose luego en contra de sí mismo, asesinando a su benefactor, matando al Rey que lo había beneficiado.

Quizá algo de todo eso hay en el hombre medio argentino, en ese personaje arltiano, usado y espoleado por todas las oligarquías, explotado por los dueños de las empresas, envejecido detrás de los escritorios de un Banco o de una financiera, desgastado por la rutina de una vida previsible y que ve finalmente cómo por una extraña causa sus sueños de prosperidad y de progreso se frustran en el océano de las crisis del país y de las eternas repeticiones.

El encono actual que algún segmento importante de la clase media profesa hacia lo popular quizá sólo pueda entenderse por el lado de las identificaciones imaginarias. Es curioso advertir cómo algunos individuos comienzan a odiar al actual gobierno no cuando les va mal en lo económico, sino paradójicamente cuando empiezan a estar un poco mejor en ese sentido (a pesar de la inflación, del cepo al dólar y de la persistencia de algunas dificultades, es indudable que el país está mejor que en otros tiempos).

Es que muchos sujetos de la clase media se identificaron y se identifican siempre con los de la clase alta, quieren parecerse a ellos, tratan de imitar sus modos de goce, adquirir sus costumbres, consumir sus objetos, ir a los mismos lugares, etc. Y en el momento en que empiezan a estar en una mejor posición económica, es cuando más se identifican con los intereses de los de arriba. Podríamos decir irónicamente: “beneficia a la clase media y te sacará los ojos”.

Dicho de otra manera, la clase media se avergüenza en un punto de su condición, no quiere parecerse a sí misma, se vuelve contra sus propios logros. El auto nuevo, el viajecito al Caribe, la posibilidad de un mayor consumo, les hace a muchos fantasear que ya pertenecen a los sectores pudientes de la sociedad y que por consiguiente tienen la obligación, en función de sus ideales del Yo, de imitar lo fundamental de los ricos en general: el lógico sentimiento de autosuficiencia, el rechazo hacia los sectores humildes de la población, la insensibilidad social, la indiferencia y principalmente la aversión a todo gobierno que tenga algún atisbo de índole popular.

De lo que se trata es que las clases sociales no toleran que otros les usurpen sus modos de goce y quieran en un punto parecérseles, que los de “abajo” pretendan acceder a sus formas de satisfacción. En el momento en que sectores humildes de la población empiezan en algunos casos a acceder a cierto consumo y a ser integrados en un universo simbólico, es cuando la clase media, o al menos una parte de ella, reacciona con horror ante la proximidad y la posibilidad de que se pueda producir un achicamiento de las diferencias.

Es que el odio no es ante lo distinto y disímil, sino más bien ante lo semejante y frente a todo aquel que por estar demasiado próximo pueda devolvernos nuestra propia imagen en el espejo, la parte proyectada de nosotros mismos que no queremos ver reflejada en el otro. Es la tensión agresiva del Yo, la reacción paranoide, el creer que el otro se quiere apropiar o quitarnos lo que nos pertenece, quedarse con lo que es nuestro.

En el cacerolazo del último jueves, seguramente había algunos ricachones que la tienen clara y que lo único que quieren es volver a tener políticamente la sartén de teflón por el mango, pero muchos otros caceroleros, principalmente aquellos que se prenden irreflexivamente en las redes sociales, son integrantes de la mentada clase media que nunca sabe bien para quien trabaja.

Algunos de los temas de las protestas pueden ser inclusive atendibles y coherentes y hay que escucharlos, como los de la re, re-elección presidencial, etc., según el criterio de cada cual, pero el asunto no es la protesta ni las críticas en sí mismas, que son bienvenidas en el sistema democrático, sino las formas cómo éstas se implementan y a quienes de esa forma benefician.

Porque después resulta que generalmente lo que viene no es ni una mejor democracia ni un mayor consenso ni el diálogo, sino, por el contrario, gobiernos títeres de la tiranía de los intereses corporativos y de las mafias de la economía mundial que terminan depredando todo a su paso, aboliendo todos los límites éticos, haciendo grandes negociados, beneficiando a unos pocos y, en definitiva, perjudicando los países.

  • Antonio Gutiérrez
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