Con 35 años en el poder, Romero se presenta como el “cambio"

Gregorio Caro Figueroa
octubre 4 /2013

Romero Senador vitalicio

Si Juan Carlos Romero logra retener su banca en el Senado de la Nación, habrá acumulado 24 años de mandato en la cámara alta y, de este modo, será el salteño que más tiempo permaneció en esas funciones. El único antecedente de tan larga duración es el del senador nacional Luis Linares Usandivaras que tuvo tres mandatos de 9 años cada uno, durante el predominio conservador en el Senado.

Si Romero consigue la banca hasta el 2019 habrá permanecido 34 años en cargos públicos, permanencia casi vitalicia que el propio Romero critica en otros políticos.

De ese total de 27 años en el Senado, Linares ocupó su banca 16 años ya que en 1932, 11 años antes que terminara su tercer mandato, renunció a la misma para desempeñarse como ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en la que cesó en 1944. La carrera política de Linares se extendió durante 51 años, incluyendo su mandato de tres años de gobernador de Salta (1907-1910)

En tanto que Robustiano Patrón Costas fue elegido senador nacional para tres periodos (1916-1925), (1932-1938) (1938-1947). De los 24 años de mandato completó 21 años, pues el tercer periodo que debía concluir en 1947 fue interrumpido por el golpe militar del 4 de junio de 1943. La trayectoria política de Patrón Costas, que incluyó también su mandato de tres años como gobernador de Salta (1910-1916) abarcó 35 años.

Distante en el tiempo de la hegemonía conservadora en el Senado, si es reelecto este año 2013, Romero habrá superado los años de permanencia de dos de los más importantes dirigentes del conservadorismo local, a los que el peronismo siempre atacó por su pertenencia a lo que consideraba “la oligarquía salteña”, red de familias dueña del poder político y económico. Si Romero consigue la banca hasta el 2019 habrá permanecido 34 años en cargos públicos, permanencia casi vitalicia que el propio Romero critica en otros políticos.

A diferencia de Linares y de Patrón Costas, la llegada de Romero a la banca se produce en 1986 cuando todavía la elección de los senadores nacionales no era directa, y se prolonga desde entonces, durante el primer tramo de la transición democrática, con el respaldo del Partido Justicialista. Antes de 1983, ningún senador nacional por Salta elegido por el peronismo permaneció en su banca más de 6 años. De los 6 años de mandato, Carlos Xamena, Dante Lovaglio, Cornejo Linares y Armando Caro sólo cumplieron 3 años por los golpes de Estado.

Conviene recordar que, en una actitud sin precedentes en la historia del Senado de la Nación, en noviembre de 1992, Romero “renunció” a su banca en la que tenía mandato hasta el 9 de diciembre de 1995. Lo hizo para hacerse reelegir de modo de extender su mandato hasta el año 2001. Esta maniobra, ajena a la tradición parlamentaria y reñida con los mínimos éticos, fue respaldada por los argumentos de un jurista del partido de Álvaro Alsogaray. En otra nota (Ver: La senaduría: de representación provincial a patrimonio personal) se reproduce el texto de un artículo que se publicó en la revista “Claves”, en noviembre de 1992. El artículo, firmado con el seudónimo Miguel Ángel Domínguez, es de mi autoría.

Romero-Rodríguez Saa

No parece correcto forzar los parecidos de Romero con aquel antiguo régimen conservador. Pero tampoco corresponde ignorar las afinidades que tiene con ese largo ciclo de predominio político del grupo conservador que controló el poder político, económico, cultural y social a partir de 1810 y lo prolongó buena parte del siglo XX.

El caso de Romero incluye, pero también excede a su persona, el ciclo de casi tres décadas y el espacio local salteño. En el régimen instaurado en Salta en 1983, la política fue y es un instrumento para fortalecer el poder económico de un grupo que subordina el interés general a los intereses privados. El hecho que, además de Romero, desde diciembre de 1983, tres senadores nacionales por Salta hayan sido gerentes de la empresa “Horizonte” es una de las muchas señales de este estilo.

De alguna manera, aquello que se llama, por otros y por sí mismo, “romerismo” tiene –reducidos a la modesta escala local- afinidades políticas, sociales, de mentalidad y de estilo con el régimen de Berlusconi el que, como señaló Umberto Eco, “se metió en la política con la única finalidad de bloquear o desviar los procesos judiciales que podían llevarle a la cárcel” (Umberto Eco, “El ‘régimen’ de Berlusconi” 16 de noviembre de 2003)

Berlusconi instauró la figura del “pedegismo”, del presidente como “director general” (PDG) o jefe absoluto de la empresa. Desde ese puesto de mando tomó decisiones pensadas para favorecer sus intereses privados y no los intereses generales del país.

Este tipo de “gerentes” no actúan como políticos tradicionales ni como los antiguos caudillos que debían enfrentar conflictos de intereses. Estamos frente a un tipo de populismo conservador, pero que no respeta los límites y cuya cabeza se presenta como víctima de una persecución, e insiste en colocarse por encima de la ley. Berlusconi, añade Eco, impuso la idea que “sus intereses personales coinciden con los de la comunidad nacional”.

Estos “gerentes” hacen de la constitución y de las leyes, retazos de telas con los que mandan a sus secuaces a confeccionarle trajes a medida. En septiembre de 2005, Berlusconi mandó a hacer una legislación electoral a su medida. En 2003, una línea de un solo artículo de la Constitución de Salta, fue modificada para habilitar el tercer mandato de Romero. Sin reparar en el daño institucional que se perpetraba, políticos, cámaras empresarias y entidades profesionales, avalaron esa enormidad y crearon un clima artificial de un “operativo clamor”.

Cuando se abusa de presentarse como expresión de los “salteños” y como única garantía para salvar a Salta de su estancamiento, se está recurriendo a ese mismo esquema cuya aplicación ha llevado a la erosión, y en algunos acasos, a la destrucción de las instituciones, de la ética y de la política italianas.

Romero-Menem

El cambio no consiste en sustituir la persona de Romero por otra, sino por desmontar ese régimen, lo que no está ocurriendo con el actual gobierno que administra el mismo aparato, sin modificarlo, con parecidas estrategias y técnicas, y con muchas de las mismas personas que construyeron en los últimos treinta años esa variante nativa de “berlusconismo”.

Proclamar que “este proyecto” debe continuar hasta el 2019 o que en política hay que “ganar por goleada y a cero”, es una de las tantas evidencias de que el actual gobierno pone más energía en el continuismo maquillado del régimen y el estilo “romerista”, que en su efectivo desmontaje democrático. El “ganar por goleada” confiesa la voluntad de hegemonismo y el continuismo hasta 2012, el deseo de clausurar 24 años la alternancia democrática.

Pedir, como acaba de hacerlo el actual gobierno de Salta, "100 años más de Gobierno bajo este modelo”, argumentando que Salta y el Noroeste “necesitan 100 años más de reivindicación”, es reiterar ese desprecio a los límites, no sólo de los mandatos, sino de cualquiera de estos poderes monopólicos. Este tipo de regímenes se alimenta de una mezcla de autocomplacencia y de la descalificación y rechazo de toda crítica. Crítica a la que identifican como “ataque”, “resentimiento”, “agravio personal”, “conjura”, “conspiración”, o “complot”.

Dice Umberto Eco que “toda prevaricación (el delinquir de los funcionarios públicos) debe ser justificada mediante una injusticia contra ti. En definitiva, el victimismo es una de las muchas formas con las que un régimen sostiene la cohesión de su propio frente interior mediante el chovinismo: para exaltarnos es necesario demostrar que hay otros que nos odian y quieren cortarnos las alas”.

  • Gregorio A. Caro Figueroa, periodista e historiador
    gregoriocaro@hotmail.com

(Ver artículo relacionado: La senaduría: de representación provincial a patrimonio personal)