Crédito a sus desavenencias con el mundo

agosto 14 /2012
Dr. Carlos María Romero Sosa

Lo mismo que en la prestidigitación, también en la técnica de la poesía, para no aventar su implícita cuota de magia, los trucos -de practicarse- no deben ser advertidos por nadie y en cambio disimulados a toda costa. Al contrario, sí enriquece el poema, le da sentido y sobre todo le dispara horizontes, o sea posibilidad cierta de hallar lectores atentos y no ocasionales, cuando aparte de las metáforas y el encadenamiento de las imágenes, cuando más allá de las aporías y el hermetismo a veces alógico que remite a la sin razón del “mundo roto” ya advertido por Gabriel Marcel, puede intuirse que algo -o que mucho- subyace tras los versos.

"Olivera se interna y se reencuentra consigo en el transcurrir de su tiempo existencial plagado de angustias, de angustias que en función de diapasones dan el tono a las disonancias propiamente dichas".

Porque en todo caso, lo críptico y difícil, puede ser tanto la representación exterior del misterio cuanto la banalización del abismo manipulada con meros juegos de palabras. Para deconstruir antes hay que edificar y todo edificio debe asentarse sobre cimientos.

Precisamente Nidia Olivera en su libro Disonancias (2009), con el que obtuvo el primer premio del género Poesía de Ediciones Ruinas Circulares, poetiza sobre firmes cimientos, como ser el trasfondo de las íntimas historias sufridas: “Hoy es un tiempo raro en el que comienza a salir una/ raíz de invierno en la solapa como una enredadera/ y esa enredadera, asfixia los cabellos” (¿Por qué no?); de las enriquecedoras experiencias de vida con su cuota de ausencias: “siente frío/ siento distancia./ Camus dice:/ Un hombre es más por lo que calla/ que por lo que dice” (En el día de la madre); de los ideales de belleza asumidos y perseguidos con ahínco: “Buscar la luz en la sombra/ del deseo inaugural“ (En el duelo); de la sonrisa del ayer atardeciéndose a la mesa de un bar pueblerino y sobreviviendo en el recuerdo, justo en el ángulo con forma de escuadra escolar del rayo de sol de la ilusión: “El hombre cada vez era más pequeño,/ se empequeñecía para volverse niño y soñar/ que tenía un bar otra vez y que alguien se daba un/ beso y era él y su amor” (En el bar); de las letanías a un paraíso perdido, en impronta barrial propicia para la nostalgia de la niñez, esa única patria del hombre al decir de Rilke: “Era el barrio de todos, que olía a muñecas gastadas/ y a fogata del día de San Juan” (En mi barrio).

Tres partes componen el poemario: Disonancias, En los Jardines y Del Amor, como coronación esta última y síntesis de un proceso dialéctico que fatalmente habrá de llevar en sí otra nota del ciclo cósmico de los eternos opuestos luz y sombra, vida y muerte, amor y desamor. Con un argumento casi lineal, más metafísico que propiamente argumentativo, Nidia Olivera se interna y se reencuentra consigo en el transcurrir de su tiempo existencial plagado de angustias, de angustias que en función de diapasones dan el tono a las disonancias propiamente dichas. Llega entonces a los jardines que no son aquí los de los simbolistas franceses decimonónicos, ni los rubendarianos “llenos de góndolas y cisnes vagos” y ni siquiera “Los jardines solos” para el ascetismo de Arturo Capdevila, sino los laberínticos de Borges con sombras implacables que hacen ver u oír o callar “distorsionada la palabra” (En el duelo).

Con el viaje casi de iniciación que representa este libro, la autora, capaz de suscitar tantas esperanzas con el anterior y primer poemario publicado: Amaterasu (2005), asimismo una inmersión bautismal en las verdades líricas de Oriente, renueva ahora su personal apuesta creadora. Esta poeta, que cultivó la amistad humana e intelectual del escritor Augusto Zorreguieta, tan vinculado con Salta y aquerenciado como ella en la bonaerense localidad de Temperley, sabe y asume sin escepticismo quietista -quizá por eso reescribe a Federico García Lorca, a Leonidas Lamborghini, a Alejandra Pizarnik-, que no se llega nunca a destino porque quedan metas sin cumplir y posibilidades sin agotar del “logos” primordial; pero que sí hay espíritus destinados a inventarlas y a intentar darles nuevas significaciones. Y que en la formulación de tales objetivos suele llevarse las palmas la Poesía.

  • Carlos María Romero Sosa es abogado y escritor.
    Su último libro es “Fanales Opacados” (2010).
    Blog: http: //poeta-entredossiglos.blogspot.com