De Varguitas y otros demonios

Antonio Gutiérrez
abril 25 /2011

El escritor peruano en ArgentinaVargas Llosa dice que vino a la Feria del Libro a hablar de literatura, pero en realidad no hizo otra cosa, durante todos estos días que estuvo en la Argentina, que hablar de política, criticar abiertamente al gobierno, reunirse con sectores de la oposición, defender las posiciones ideológicas neoliberales, adherir a una cumbre que reúne a la más rancia esencia de la ultraderecha mundial y cosas por el estilo, a tal punto que ya no se sabe muy bien si anda por el mundo como escritor o como simple embajador a sueldo de los intereses del neoliberalismo.

Visita política y muy poco literaria

A Vargas Llosa no hay que censurarlo sino desenmascararlo.

Pero, vivimos en un país democrático y Vargas Llosa está en todo su derecho de opinar de política y criticar a los gobiernos todas las veces que quiera, aunque los otros están también en su pleno derecho de responderle y criticarlo.

Es curioso, cuando él defenestra al gobierno nacional, cree que lo hace, no como alguien que toma partido por una idea política, sino como un escritor consagrado, impune para decir lo que se le ocurra, y cuando los otros le responden o lo critican, inmediatamente se victimiza y considera que quieren censurarlo y politizar su presencia en el país. Es como el murciélago de la fábula de La Fontaine que cuando lo buscan como murciélago se presenta como ratón y cuando lo buscan como ratón dice que es un murciélago. Cuando lo buscan como escritor sale como político y cuando lo critican como opinador político se ampara en el escritor. Además su proceder se parece al de los niños pequeños que pegan a otro niño y salen llorando y diciendo que el otro les pegó (la propia agresividad es proyectada y les retorna desde el espejo del otro). En definitiva, a pesar de que se presenta con las cartas de un escritor al que sólo le interesa la literatura, su visita no deja de ser una visita con una marcada intencionalidad política y muy poco literaria.

Basta escuchar con atención sus alocuciones; tratan menos de la creación literaria que de lo que él considera la “falta actual de libertad de prensa en el país”, el “autoritarismo”, los “populismos”, la “necesidad de reestablecer el libre comercio”, la supuesta “decadencia argentina”, etc. Pareciera ser que Vargas Llosa considera que el único autorizado para ejercer los derechos democráticos y hablar de política, criticar al gobierno, etc. fuera él, como si el hecho de ser escritor lo legitimara para decir lo que se le cante de los adversarios políticos, meterse en las disputas internas de la nación argentina, al mismo tiempo que invalida a quienes intentan responderle políticamente y criticarlo. Opina que en la Argentina hoy no hay libertad de prensa, pero mientras tanto se pasa hablando pestes del gobierno por todos los medios televisivos, la prensa escrita, etc. desdiciendo con ello rotundamente esa aseveración. A Varguitas el enunciado no le coincide con la enunciación. Además confunde crítica (la de los otros) con censura.

Es que los neoliberales creen que cuando ellos hablan son objetivos y justos, que los preceptos neoliberales son leyes irrefutables de la naturaleza no sujetas a discusión ni a debate político y que cuando otros opinan lo contrario, son subjetivos y obran por mera ideología. Es el engaño propio de la tesis de Francis Fukuyama de que las ideologías han muerto y de que en el lugar dejado vacante por los grandes relatos sólo cabe una verdad natural y objetiva: el libre ejercicio del mercado, la desaparición del Estado, la suerte del mundo en manos de las empresas privadas, como si todo eso no fuera ya de por sí una ideología, inclusive mucho más extendida y potente que todas las otras juntas.

Muchos se preguntan ¿cómo puede ser que un escritor que fue bandera del progresismo de los años 60 y parte de los 70, hoy se encolumne detrás de las estrategias antipopulares y reaccionarias?, ¿Cómo es que alguien que escribió la novela La ciudad y los perros y que estuvo de algún modo próximo a los movimientos emancipadores latinoamericanos, que fue varias veces jurado del premio Casa de las Américas, de Cuba, luego se coloque en una posición claramente favorable al neoliberalismo? El asunto no se explica, como muchos creen, por una conversión ideológica ni por un simple abandono de los ideales de la juventud ni por una traición a sus convicciones anteriores, sino por una división que suele ser propia del arte y la literatura: el autor no es lo mismo que la persona del escritor. Una cosa es escribir y otra muy distinta hablar. Podríamos aseverar que Vargas Llosa como sujeto siempre fue más o menos el mismo individuo, lo que cambió fueron las épocas y sus conveniencias personales. Si un escritor es liberal y vive en los años 60, es lógico y esperable que, precisamente por esa misma ideología liberal, adhiera a la subjetividad redituable en la literatura de ese tiempo, es decir, que se presente como siendo de izquierda. Pero ya Mario Benedetti había advertido que “a Varguitas hay que leerlo, no escucharlo”. Podríamos agregar: a Vargas Llosa no hay que censurarlo sino desenmascararlo.

Cuando un escritor escribe, en realidad no escribe él, sino más bien los otros, escriben las influencias, las lecturas que tuvo, la larga literatura universal, en síntesis, los fantasmas de todos. En este sentido sólo es un médium, dice aquello de lo cual los otros, ya sea por angustia, por comodidad o temor, nada quieren saber; intenta decir ese punto de indecible de la condición humana. Dicho de otro modo, el escritor escribe aquello que podrían haber escrito los otros, tiene en algún momento la sensación de que esos otros escriben a través de su escritura. O sea, escriben los fantasmas. Borges decía que no era él el que escribía, sino sus mayores, su padre, sus abuelos, el general Isidoro Suárez que volvió a la Plaza de Mayo luego de guerrear en el continente. También decía, lo dice en un prólogo, que la literatura es un acto por demás misterioso y que nadie sabe lo que le está dado escribir.

Recordemos el caso de Balzac, burgués pro-monárquico, fiel admirador de la aristocracia, cuya gran obra, La Comedia Humana, no deja de constituir, paradójicamente, una crítica a la monarquía y a la sociedad burguesa. Recordemos a Dostoievski que era zarista, clerical, admirador de la monarquía, cuyas obras, Los Hermanos Karamasov, Crimen y Castigo, Los endemoniados, etc. terminan representando una clara crítica a la injusta sociedad rusa de la época. Podríamos pensar que en el mismo Jorge Luis Borges no hay una absoluta coincidencia entre el escritor y el hablante; mientras que la persona de Borges admira, por ejemplo, a Inglaterra y es acusada por algunos de “extranjerizante”, su obra rescata, mejor de lo que lo haría cualquier nacionalista, mucho de aquello que constituye el fantasma de la singularidad argentina: el arrabal, los compadritos, el tango, el gaucho, los caudillos, las orillas, todo lo que representa mediante la idea del Sur. Basta recordar los cuentos Juan Muraña, El sur, Hombre de la esquina rosada, el libro de poemas Para las seis cuerdas, etc. Quizá esas dos posiciones no sean después de todo antagónicas. Deberíamos volver a leer ese texto que se titula Borges y yo.

En cambio cuando alguien habla, está en cuerpo y alma en lo que dice, su discurso revela su posición subjetiva, sus ideales e identificaciones, sus deseos y prejuicios, aun cuando intente esconder por algún motivo sus verdaderos pensamientos. Como se afirma en el dicho popular: el pez por la boca muere. Mientras la gente escribe o pinta o hace cine, no obstante asumir una posición ética y un riesgo, se sustrae de aparecer en su singularidad, en su división subjetiva, pero cuando sale a hablar le va la vida en lo que dice y es también su inconsciente el que habla. Esa otra división que aquí nos interesa, la que se produce entre el artista y el hablante ¿no es acaso la misma división que vemos en Pino Solanas y en tantos otros artistas y escritores?

En conclusión; que admiremos a alguien como escritor, como cineasta o cantor de tangos no significa que debamos necesariamente admirarlo o idealizarlo como persona o como político. Mucho menos que debamos votarlo (con v corta, por supuesto).

.*Antonio Gutiérrez
Integrante de Carta Abierta Salta.