De sojero a revolucionario

noviembre 7 /2009
José Aguero Molina

Alfredo Olmedo

El aspecto que más me asusta del senador Alfredo Olmedo es esa especie de mesianismo moral que enarbola y que tanto me recuerda a las peores épocas de nuestra historia, cuando ciertos iluminados se creían la reserva moral de la Nación. Su extrema reiteración del orden me atemoriza, pues bien sabemos los argentinos lo que ha sido el orden de los cementerios, sobre todo cuando es vista desde arriba hacia abajo.

“Es el mejor de los buenos/ quién sabe que en esta vida/ todo es cuestión de medida/ un poco más, un poco menos...”

Debiera saber que la delincuencia puede nacer en cualquier ámbito, pero el senador sólo la encuentra mirando abajo, donde moran los marginados del sistema que él mismo representa.

Como asiduo lector de diarios, he prestado atención al reportaje realizado en Internet al senador Olmedo, cuya simplificación de conceptos me ha dejado perplejo. El reduccionismo con que explica ciertos tópicos –como que la fortuna familiar se debe a trabajar desde las 6 de la mañana, cuando todos sabemos que el 99.99% de la gente trabaja la misma cantidad de tiempo y apenas gana para comer- me lleva a pensar que no es muy dado a profundizar las ideas, defecto trágico en un legislador que se precie.

Por lo que pude leer, Olmedo cabalga sobre frases hechas y aunque admiro el voluntarismo con que proclama sus verdades personales, cualquiera sabe ya que el desarrollo de una gran empresa no tiene nada que ver con el desarrollo de la gente que vive cerca.

La soja –ya que planta soja el senador- no es polo de desarrollo más que para el dueño del campo, siendo sabido que con ella son muchos más los puestos de trabajo que se pierden, que los que se ganan. Por lo demás, a esta altura del siglo resulta bizarro que un mega productor sojero hable de revolución y pueblo, citándose a sí mismo en tercera persona y contradiciéndose al decir que con “este régimen, el pueblo cada vez va a ser mas esclavo del gobierno que con una dádiva lo lleve a votar”.

¿Olvida que él mismo llevó a la gente al DELMI con la dádiva de cuatro autos? Si de verdad le interesaran tanto la familia y la educación, en vez de rifar autos hubiera entregado becas de estudio. De hecho, si según sus propias palabras, no se puede hablar sin conocer, en el mismo reportaje reconoce no saber nada de los tópicos de los que dicta cátedra, pues “desde muy chico hice deportes, bicicleta, tenis, motocross, biciclos, corrí en lancha o en moto de agua, corrí en automovilismo”, lo que mucho tiempo para aprender cómo funciona el mundo no le debe haber dejado.

Sin embargo, el aspecto que más me asusta del señor Olmedo es esa especie de mesianismo moral que enarbola y que tanto me recuerda a las peores épocas de nuestra historia, cuando ciertos iluminados se creían la reserva moral de la Nación.

Su extrema reiteración del orden me atemoriza, pues bien sabemos los argentinos lo que ha sido el orden de los cementerios, sobre todo cuando es vista desde arriba hacia abajo. El senador Olmedo debiera saber que la delincuencia es inherente a la esencia del hombre, tanto como el altruismo. Es decir, puede nacer en cualquier ámbito, pero el senador Olmedo sólo la encuentra mirando abajo, donde moran los marginados del sistema que él representa.

En este contexto, el señor Olmedo se declara ferviente admirador del servicio militar, el que asegura debe ser obligatorio ¿por qué debería? Lo responde él mismo: porque lo está haciendo Venezuela ¿Chávez, el lunático, es su modelo a seguir?

Dios nos libre. Debiera ser motivo de alarma que en un país en el que cuesta tanto dignificar la figura del maestro, nuestros legisladores opten por glorificar al militar, engordando presupuestos cuarteleros mientras muchas escuelas de la provincia siguen en la Edad Media: mucha tiza y algunos libros, sí, pero nada de ordenadores y multi información.

¿Es este el Estado del Bienestar que sueña el diputado electo? En la Argentina actual, casi 1/5 de los niños que ingresan a la primaria vienen de familias cuyos padres nunca trabajaron, en virtud del clientelismo desarrollado por una política ruin. No es falta de recursos, ni de áreas sembradas, sino carencia de moral.

En tal contexto, resulta de un reduccionismo ridículo asociar servicio militar con seguridad, pues una cosa no tiene nada que ver con la otra. Un estudio realizado en la Washington University (St. Louis, EE. UU.), en conjunto con las universidades de San Andrés y Torcuato Di Tella, probó lo contrario: hacer el servicio militar en la Argentina incrementó las probabilidades de desarrollar una actividad delictiva, particularmente en delitos ligados al uso de armas.

“Aunque la conscripción evita la comisión de delitos manteniendo a los jóvenes fuera de las calles y potencialmente les enseña obediencia y disciplina, hay mecanismos operando en la dirección opuesta que aumentan las probabilidades de desarrollar un historial criminal”, señalan los autores.

Los delitos relacionados con armas sugieren que el servicio militar reduce los “costos” de entrar al crimen, debido a la instrucción que se recibe en el uso de armas de fuego, además de afectar las oportunidades de los jóvenes de entrar al mercado laboral.

Ricardo Righi, presidente de las asociaciones de Ex Conscriptos de La Matanza y de la Provincia de Buenos Aires, rechaza enérgicamente el Servicio Militar Obligatorio, tras repasar en Newsweek las “numerosas secuelas que arrastran” los conscriptos, por las continuas violaciones a los derechos humanos sufridas en el servicio, estima que tener a los delincuentes en cuarteles o cárceles “no va a quitar la inseguridad en las calles, porque va a haber otros”.

Se pregunta qué hacer con las mujeres, que también son víctimas del paco y otras drogas. Y deja planteado un interrogante: “Yo le preguntaría a quien pide la vuelta de la colimba, si mandaría a su hijo a hacerla”. ¿Enviaría el senador a sus hijos a vivir el SMO como cualquier chico común, sin las prerrogativas del millonario?

Por lo demás, en todo el mundo está probado que el SMO no reduce la tasa de criminalidad, más bien la aumenta desde que enseña el uso de las armas a las clases más pobres, justamente, a las que no consiguen trabajo ni futuro en esta Argentina dominada por la peor de las políticas.

El senador Olmedo debiera saber que los países más militarizados del mundo –aquellos donde el SMO es casi una religión- son los de peor nivel de vida, pero es de notar que también lo ignora. Por lo demás ¿Quién ha dicho que los militares están en condiciones de enseñar la decencia y el amor a la patria, a la familia y al trabajo?

No digo que no lo estén, sólo pregunto quién dijo que están. Al respecto, un venezolano opositor a la implementación del SMO en su país, dijo lo siguiente: “Es triste, pero esto demuestra la estúpida intención de creer que la aplicación del derecho es tan fácil como conocer y perorar sobre la la enseñanza de leyes y reglamentos, por personas desconocedoras de los principios del derecho y la necesidad del constitucionalismo como norma legal.

El actual requerimiento evidencia una clara ignorancia en la interpretación jurídica y constitucional del tema y una falta en la aplicación de la hermenéutica jurídica, pues el Art. 134 de la Constitución dice que “Nadie puede ser sometido a reclutamiento forzoso”.

Claro que, por gestión del senador Olmedo, podríamos retroceder al país al año 1858, cuando se sancionó una ley que decía que “los vagos y mal entretenidos, los que en día de labor se encuentran habitualmente en casas de juego o en tabernas, los que usen cuchillos o arma blanca en la capital y pueblos de campaña, los que cometan hurtos simples o los que infieran heridas leves, serán destinados al servicio de las armas por un término que no baje de dos años ni exceda e cuatro”. Ya que el país no evoluciona, bien podría involucionar.

Para el Cnel. Pablo Richieri, ministro de Guerra del presidente Roca, el SMO estaba llamado a convertirse en “un poderoso instrumento de moralización pública”, magnífica idea que concluyó en la violación, el secuestro de niños y el asesinato de miles de personas. En un país que necesita con urgencia repensar su destino, las viejas razones geopolíticas que sostuvieron al SMO ya no pisan con el mismo pie, salvo que el senador Olmedo conozca hipótesis de conflicto que los demás ignoramos.

Tampoco, por cierto, es posible esgrimir hoy las razones económicas de antaño, cuando se hablaba de las industrias que generaba y de la cualificación laboral de las próximas generaciones.

En el mundo global, el concepto es ridículo y si no lo cree el senador, basta ver el ejemplo de Bélgica, que no necesita un SMO para tener una gran industria de guerra. ¿Qué otra razón se puede dar? ¿La moral? El Estado tiene los medios legislativos destinados a tal efecto, pero hasta ahora no se vio que los políticos tengan demasiado interés en que las leyes se cumplan; más bien, uno tiene una visión contraria al respecto. La solución, si es que usted desea darme una razón de orden social, no pasa por encerrar a los jóvenes en un cuartel, sino por educarlos, algo que la clase política nacional no parece ver con buenos ojos.

Un sociólogo español, polemizando sobre el tema en su país, dijo hace poco que “el mayor obstáculo para que España disfrute de una defensa razonable y eficaz es el mantenimiento del SMO. Dos son, al menos, las razones: cuando se fuerza a una persona a hacer algo, es poco razonable esperar que lo haga con entusiasmo y en eso, el servicio militar no es diferente.

La recluta forzosa choca con el sentir de la mayoría de los jóvenes, quienes ven en "la mili" una pérdida de tiempo y un absurdo sacrificio personal. Además, el servicio durante unos pocos meses, lo que impide el grado de preparación psicológica, entrenamiento físico, adiestramiento técnico y especialización, vitales para los ejércitos del mañana. El servicio militar obligatorio contribuye a la falta de especialistas y merma las posibilidades de fuerzas reducidas pero tecnificadas, flexibles y altamente móviles.

La propaganda electoral o los consejos de una tía trasnochada no deben ser los ámbitos mejores para tratar el futuro de un país, pues, aún en el caso de que se diera una nueva ley de SMO, ¿quién garantizaría una mejora de la calidad de vida de los jóvenes durante la milicia? Ni hablar de los programas de formación y adiestramiento de la tropa, del incremento de la operatividad de las unidades y de la modernización del material. ¿De dónde saldrá el dinero para comprar armas para los soldaditos?

Según los especialistas, un presupuesto inferior al 2 % del PBI es lo mismo que nada. ¿Puede la Argentina darse el lujo de gastar ese dinero? Uno de los autores de la ley de SMO española, dice que “El servicio militar tiene que juzgarse siempre en conexión con el modelo de fuerzas armadas que un país está dispuesto a poseer. Pues de nada vale retener a la fuerza a un individuo si con ello sólo se logra que el recluta cumpla mal con sus tareas y, tras licenciarse, aborrezca de los ejércitos”.

En verdad, no deseo ser el abogado del diablo de este senador que ni siquiera conozco y al que no me une enemistad alguna. Pero, es sabido que la historia y la estrategia suelen premiar al pesimista. El servicio militar obligatorio, tan alegremente esgrimido por un predicador novato, no puede ser un trámite en el que unos fingen que sirven y otros aceptan el engaño porque más vale eso que nada.

Desear hacer con un soldadito a la fuerza lo mismo que con un voluntario y en 9 meses en lugar de 8 años es, simplemente, estúpido. La única vía pasa por la abolición definitiva del SMO y su reemplazo por una fuerza de voluntarios altamente entrenada, motivada y mejor armada.

Lo otro, bueno, no es más que cháchara de trasnochados. Quizás, el remedio para esta clase de propuestas fuera emular a la Roma que fundó nuestras leyes y elegir nuestros representantes entre los hombres y mujeres maduros, cuya trayectoria de vida les permita mirar con la perspectiva correcta al mundo que vendrá.

  • José Agüero Molina
    Periodista y Escritor
    DNI 12.790.561