Día del Periodista: por la libertad y la verdad

Gregorio Caro Figueroa
junio 7 /2012

En 1938, el Primer Congreso Nacional de Periodistas, reunido en Córdoba, acordó establecer el 7 de junio como Día del Periodista. En esa fecha de 1810 apareció el primer número de la Gazeta de Buenos Aires, periódico editado para difundir las medidas del gobierno patrio. Ocho días después del pronunciamiento del 25 de mayo, la Junta decidió publicar esta hoja considerando que “el pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes”.

La perspectiva de ratificar el compromiso con la libertad

“Para la Prensa, como para el hombre, la libertad sólo ofrece una posibilidad de ser mejor; el servilismo no es más que la certidumbre de ser peor” (Albert Camus, 1946).

El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Para logro de tan justos deseos ha resulto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal con el título de Gazeta de Buenos Aires”, añadió.

Ese primer número incluyó un pensamiento de Tácito: "Tiempos de rara felicidad, aquellos en los cuales se puede sentir lo que se desea y es lícito decir lo que se piensa". En su editorial, Mariano Moreno advirtió que la sociedad permanecerá “en el embrutecimiento más vergonzoso, si no se da una absoluta franquicia y libertad para hablar en todo asunto”. Esa libertad era parcial: no se podía cuestionar la religión y tampoco criticar las medidas del gobierno.

Sin libertad para opinar y para expresar públicamente por escrito esas opiniones, “los pueblos correrán de error en error, y de preocupación en preocupación, y harán la desdicha de su existencia presente y sucesiva. No se adelantarán las artes, ni los conocimientos útiles, porque no teniendo libertad el pensamiento, se seguirán respetando los absurdos que han consagrado nuestros padres, y han autorizado el tiempo y la costumbre”.

La Gazeta llamó a cuestionar “envejecidas opiniones”, dando acceso a la verdad “y a la introducción de las luces y de la ilustración”. “La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo: si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria”.

La conmemoración de la aparición de este primer periódico en los inicios de la emancipación, y la celebración del Día del Periodista, suelen ser una mezcla de evocaciones históricas adornadas con anécdotas o cargadas de ideología y de alusiones a la situación actual del periodismo y de los periodistas. En ambos casos, la reflexión sobre la libertad, y la libertad de expresión en particular, parecen marginadas a un segundo plano o están ausentes de nuestras preocupaciones.

En una celebración como la de hoy los periodistas deberíamos preguntarnos si, por el correr tras las urgencias del día, no estamos perdiendo la perspectiva de nuestra profesión, y si no estamos cultivando un desapego a la libertad. “La peor amenaza para la libertad no es que nos la dejemos tomar –pues el que se la ha dejado robar siempre puede reconquistarla- sino que se desaprenda a amarla o que ya no se la comprenda”, escribió George Bernanos.

Desde hace décadas, en la Argentina el concepto y la práctica de la libertad han sido arrinconados y lapidados por la demonización del “liberalismo” a cargo de los autoritarismos de derecha y de izquierda. A esa escalada de ataques, en los últimos años, se añade el uso y abuso del prefijo “neo”, adjudicando un significado negativo a la libertad y al liberalismo: hoy la palabra “neoliberal” es un arma arrojadiza de probada eficacia para clausurar controversias y descalificar disidentes. Este manejo de las palabras no es inocente: se usa como una pala mecánica para arrancar la idea de libertad hasta las raíces, dejando la tierra abonada para cualquier experimento autoritario.

En 1939, cuando Francia afrontaba la amenaza de la invasión alemana y gran parte de sus dirigentes y periodistas claudicaba ante el nazismo, Albert Camus escribió en Argel un artículo para “Le Soir républicaine”. Como en Francia regía la censura, ese artículo no se publicó porque Camus defendía allí la libertad de prensa. Camus sostuvo el derecho de cada ciudadano a elevarse sobre el colectivo para construir su propia libertad. Definió también los cuatro mandamientos del periodismo libre: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación.

Este texto de Camus permaneció inédito hasta comienzos de este año 2012. “Es difícil evocar hoy la libertad de prensa sin ser tachado de extravagancia”, dice Camus en la primera línea de su artículo. Para él la libertad de prensa “es solo una cara más de la libertad”, y la “obstinación en defenderla” obedece a que, sin ella, “no habrá forma de ganar realmente la guerra”.

La libertad de prensa, añadió, no puede depender de la competencia ni del humor de un hombre”, sea gobernante o empresario. “La cuestión en Francia no es hoy saber cómo preservar la libertad de prensa. Es la de buscar cómo, ante la supresión de esas libertades, un periodista puede mantenerse libre. El problema no concierne a la colectividad. Concierne al individuo”.

Los medios y condiciones para que un periodista independiente no pierda su libertad son: lucidez, rechazo, ironía y obstinación. La lucidez, porque “supone la resistencia a los mecanismos del odio, de la ira y el culto a la fatalidad”. Según Camus, “un periodista, en 1939, no se desespera y lucha por lo que cree verdadero como si su acción pudiera influir en el curso de los acontecimientos. No publica nada que pueda excitar el odio o provocar desesperanza. Todo eso está en su poder”.

“Frente a la creciente marea de la estupidez, es necesario también oponer alguna desobediencia”, continua. “Todas las presiones del mundo no harán que un espíritu un poco limpio acepte ser deshonesto”, decía. “Es fácil comprobar la autenticidad de una noticia. Y un periodista libre debe poner toda su atención en ello. Porque, si no puede decir todo lo que piensa, puede no decir lo que no piensa o lo que cree que es falso. Esta libertad negativa es, de lejos, la más importante de todas”, ya que permite “servir a la verdad en la medida humana de sus fuerzas”, o “al menos rechazar lo que ninguna fuerza le podría hacer aceptar: servir a la mentira”.

La tercera condición para ser libres es la ironía: “No vemos a Hitler, por poner un ejemplo entre otros posibles, utilizar la ironía socrática”, escribe Camus. “La ironía es un arma sin precedentes contra los demasiado poderosos. Completa a la rebeldía en el sentido de que permite no solo rechazar lo que es falso, sino decir a menudo lo que es cierto”. Para cumplir lo anterior, la cuarta regla indispensable es “un mínimo de obstinación para superar los obstáculos que más desaniman”, a saber: “La constancia en la tontería, la abulia organizada, la estupidez agresiva”.

Con un optimismo que el tiempo desmintió, a mediados del siglo XIX John Stuart Mill, creyó que ya había pasado el tiempo, “por lo menos así lo esperamos, en que era necesaria una defensa de la libertad de prensa, como una de las garantías contra los gobiernos corruptos o tiránicos”. Ciento cincuenta años después de escrito ese texto, las amenazas a la libertad de prensa y su defensa no resultan ahora un disparatado anacronismo. Lo que Todorov llama “enemigos íntimos de la democracia”, al reinstalar las amenazas a la libertad, hacen que su defensa esté adquiriendo creciente importancia.

“En un régimen totalitario la prensa es un elemento de ese régimen y una fuerza al servicio del régimen. Es por eso que la prensa italiana entera es fascista”, dijo Mussolini en 1928. “Nosotros no tenemos libertad de prensa para la burguesía, para los mencheviques y para los socialistas. Nosotros no nos hemos comprometido nunca a dar libertad de prensa a todas las clases”, anotó Stalin en 1927.

“En nuestro Estado no hay ni puede haber naturalmente ningún lugar para la libertad de expresión y de prensa, por parte de los enemigos del comunismo”, admitió en 1936 Andrei Vishisky, fiscal en los Procesos de Moscú. La pregunta que tenemos que hacernos es si este juicio sobre la libertad de prensa quedó sepultado junto a esos feroces mentores o, si por el contrario, reaparecen enmascarados en formas disimuladas, aunque letales para la libertad.

Los brindis por nuestro oficio y profesión deben incluir una ratificación del compromiso con la libertad, sin la cual el periodismo queda en manos de la arbitrariedad de los poderosos. Si la verdad nos hace libres, la libertad nos ayuda a buscarla y mostrarla.

  • Gregorio Caro Figueroa
    Periodista e historiador