Doble identidad

septiembre 7 /2009
Andrés Gauffín

Vaqueros "City"

¿De dónde ha salido toda esta gente que va y viene sobre el asfalto en ebullición, que conversa, mastica, bebe, compra, vende, pasea, se divierte, y también se persigna al paso del santo de la espiga?

Vaqueros tiene otra efímera identidad, el último domingo de agosto de cada año.

Hasta los años 70 Vaqueros era solo una parada para comprar sandías de aquellos que en verano iban a refrescarse al río Caldera o se aventuraban a Jujuy por la cornisa. Qué había a los costados de la ruta, a pocos interesaba: algunas hectáreas de tabaco con sus estufas de adobe, un puñado de huertas, ranchos, un par de salas viejas, y algún arroyo que bajaba de la serranía.

Cuarenta años después Vaqueros tiene, en ciertas zonas, más aspecto de barrio residencial que de paraje campestre, aunque por momentos el amante de la flanerie se encuentre con un derruido criadero de gallinas, o una estufa que ya no quema, vestigios de un pasado bucólico del que no queda memoria.

Convertido en símbolo del utópico regreso a la naturaleza, hogaño abundan en el pueblo las casas quintas de geólogos, músicos, artistas de todo pelaje, periodistas, biólogos, antropólogos y también de mi peluquero.

La tradición urbana aún transmite que hace pocos años un grupo de familias fundó una comunidad inspirada en las enseñanzas del profeta anti occidental y anticapitalista Lanza del Vasto en la que todo se tenía en común.

No obstante, actualmente cada residente de las casas quintas de Vaqueros tiene su propia cuatro por cuatro y su propia tarjeta de crédito, aunque a veces hacen causa común para vacacionar en las playas de Brasil.

Vaqueros, sin embargo, tiene otra, aunque efímera, identidad. El último domingo de agosto de cada año, ritualmente, agentes de tránsito cortan el puente y obligan a los automovilistas a cruzar el río por medio del cauce seco. Entonces desembarcan sobre la banquina de la ruta los feriantes. Van a hacer su agosto o, por lo menos, a terminar de pasar agosto.

Uno ha comprado cuatro kilos de milanesa, dos de tomate y tres plantas de lechuga, y los ofrece en sandwich al viandante como un manjar exquisito. Otro rescata su viejo arco de hierro, lo adorna con una red y desafía a los chicos a derribar, con un tiro penal, cinco latas apiladas en forma de pirámide: el que acierta gana dos pesos. Tres mocosos y sus padres hacen fila y piensan que serán Palermo, ignorando que una vez el boquense erró tres penales contra Brasil.

Al lado, una mujer ofrece en vano buñuelos recién cocidos en aceite, bajo un sol de 35 grados y con el aroma de la bosta de los caballos que acaban de pasar. Mientras, un gaucho recién estrenado y con piercing en la oreja lee, durante minutos, el sobre metálico y cerrado en vacío que un vendedor ofrece en su mesita: está escrito en chino o en japonés, vaya uno a saber, y ha de guardar algún polvo inefable para combatir las hemorroides, la artritis o la impotencia.

¿De dónde ha salido toda esta gente que va y viene sobre el asfalto en ebullición, que conversa, mastica, bebe, compra, vende, pasea, se divierte, y también se persigna al paso del santo de la espiga?

Arriba, en la iglesia circular de los curas azules, San Cayetano – el patrono del pan y del trabajo- los mira y tal vez piense que sus devotos no pretenden volver a ningún pasado bucólico, ni sueñen con una utopía. Sólo quieren sobrevivir al día.