Dos históricos 30 de marzo en treinta y cinco años

abril 1ro /2017
Dr. Carlos María Romero Sosa

Está lejana ya la fecha. Y lo peor es que separada de la actualidad por el cúmulo de acontecimientos sucedidos en el país y el mundo, capaces de marcar a fuego cuerpos y espíritus de varias generaciones.

Perdedores por siempre, llevamos no obstante aprendido entre tropiezos que el progreso social requiere no de iluminados sino de tomas de conciencia colectivas y de voluntad común de realización.

Por eso no es fácil recordar, aun para quienes la vivimos dramáticamente, si el 30 de marzo de 1982: jornada de la huelga y la marcha convocadas, tras el lema “Paz, Pan y Trabajo”, por la entonces llamada CGT de la calle Brasil encabezada por Saúl Ubaldini contra el proceso cívico-militar que presidía Galtieri, era ya un día propiamente otoñal o si, como en este su treintavo quinto aniversario, el verano se resistió a cumplir con la inexorabilidad de las estaciones.

Como fuere, bien caldeado estaba aquí el ambiente. Además del desquicio económico y social promovido por las políticas antinacionales y antipopulares que sólo cerraban con 30.000 desaparecidos y millares de exiliados y presos, eran las vísperas de la alocada guerra de Malvinas.

En ese contexto la medida de fuerza activa lanzada por el sindicalismo peronista y que acompañó la izquierda, sería la de mayor respuesta popular y repercusión en el exterior de entre las varias declaradas casi en la clandestinidad desde 1979 contra la dictadura. Basta releer los periódicos de la época para tomar conciencia de la crisis terminal que vivía la Argentina en el 82´.

En tanto documentos y libros de investigación cuentan lo suyo, de manera más anecdótica cabe dar fe sobre que el aire del centro porteño estaba enrarecido esa tarde por obra de los gases lacrimógenos policiales, disparados contra los manifestantes tratando de silenciar el repudio contra el Proceso y sus personeros.

Quizá constituyan un límite a la inexistencia o la fugacidad del tiempo los veinte años que según la letra del tango de Alfredo Le Pera no son nada; por lo que ningún gardeliano pondrá reparos en caso de que alguien afirme cuánto pesan en vez tres décadas y media.

Justamente las que median entre aquella fecha histórica para el movimiento obrero argentino y este 30 de marzo de 2017, testigo de nuevas frustraciones populares y de otra multitudinaria movilización a la Plaza de Mayo. Sólo que los líderes de las dos CTA, Pablo Micheli y Hugo Yasky, aparte del sentido conmemorativo de la jornada, la convocaron para exigir respuestas a los impostergables y generalizados reclamos contra los despidos, la inflación, la caída del consumo, la apertura indiscriminada a los productos importados o la suba irracional de las tarifas.

Cuando los ajustes, llámense “sinceramientos tarifarios”, “sintonía fina” o como se los quiera disimular con eufemismos, parecen ser las únicas coordenadas seguras de los gobiernos, me pregunto qué deberíamos sentir los que por no haber quedado en el camino o no reconvertirnos con los cantos de sirena del “fin de la historia” en un momento y el “cambio” ahora, tuvimos la oportunidad militante de participar en sendas manifestaciones.

Qué sentimiento sino una conjunción de rabia y de hastío frente a la película repetida invadirá a los que siendo jóvenes hace tanto, hoy con más de sesenta otoños a cuestas enfrentamos la versión siglo XXI del neoliberalismo en una suerte de eterno retorno. Se dirá que sin palos ni despliegues de armas a la vista porque para hablar sin tapujos, la cárcel de Milagro Sala y sus compañeras de la organización Tupac Amaru se halla en la provincia de Jujuy, lejana e invisibilizada por nuestro declamatorio federalismo.

“Todo cambia” sigue entonando Mercedes Sosa… O todo tiene su desarrollo y los “Chicago Boys” de los setenta y ochenta crecieron, se multiplicaron, se maquillaron con colores de desarrollismo o bien devinieron en Ceos eficientistas más pragmáticos que estudiosos de Friedman y Harberger.

La historia, esa “advertencia de lo porvenir” que dice Don Quijote, da cuenta de que si los sucesos no se repiten pueden parecerse tanto hasta confundirlos. Queda a cargo de sus padecientes espectadores disponerse a la práctica del juego de las diferencias, descubriéndolas del mismo modo que se lo hacía con los dibujos que desde la última página del diario La Razón de hace media centuria desafiaban la capacidad de observación. Y se advertirá entonces, entre las luces y sombras del panorama sociopolítico actual, por de pronto que no es poco vivir en esta democracia recobrada en 1983.

Así nadie debió correr ayer de ninguna represión como el primer 30 de marzo; y piénsese que Ubaldini, el metalúrgico Lorenzo Miguel, el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, varias Madres y miles de manifestantes más terminaron presos, que una bala policial acabó con la vida del obrero Ramón Flores frente al Cabildo de Buenos Aires y otra asesinó al trabajador José Benedicto Ortiz en Mendoza, donde lo mismo que en otras ciudades del interior se replicó el paro.

En vez, en la última fecha –“decir la verdad es siempre revolucionario”, enseña Gramsci-, fuimos testigos de que la policía desviaba el tránsito para facilitar el paso de la concurrencia. Una pues a favor del presente para argumentar contra los conservadores incluso de lo malo, que no todo tiempo pasado fue mejor.

Eso sí, con militares y civiles en el poder hay personajes que se reiteran en la escena pública: políticos inmunes a la jubilación, empresarios sempiternos merodeadores de los despachos oficiales y sindicalistas envilecidos en sus tratos con los mandamases de turno.

Personajes en general con descendencia: en el Banco Central es miembro del directorio un nieto del ministro de trabajo de Videla y del interior de Viola, general Horacio Tomás Liendo. Y asimismo habrá que esforzarse para distinguir entre cierta tradición familiar que corre de padre a hijo dado que los vincula, además de la sangre y el nombre, la ideología. En 1982, el fallecido Jorge Triaca -burócrata de una oficialista CGT conocida en la época como de Azopardo, y más tarde ministro de trabajo de Menem-, era de los sindicalistas que no le hacían huelgas a la dictadura confrontando con los gremialistas de la CGT de la calle Brasil: “Siga el baile, siga el baile/ al compás del tamboril,/ CGT hay una sola:/ la de la calle Brasil”, era el estribillo obligado en esos momentos.

Fiel a la herencia capitalista o Procapitalista, el actual ministro Triaca, responsable del área laboral del gobierno del ingeniero Macri, promueve juicios políticos a los camaristas que convalidaron la paritaria de los bancarios, se debe regodear con los descuentos a los maestros en huelga dispuestos por la gobernadora Vidal y a su pedido intenta sanciones contra los gremios docentes en huelga y sus dirigentes.

Por supuesto que la ciudadanía eligió este gobierno de derecha y el presidente tiene indiscutibles atribuciones para designar los colaboradores que le plazca. Pero aquellos que quedamos del otro lado, en algún caso los mismos que corrimos de las bombas lacrimógenas ese 30 de marzo de 1982 y que caminamos de nuevo ayer hasta Plaza de Mayo tras iguales afanes de justicia social y de soberanía frente a la deuda externa que la llamada “apertura al mundo” macrista que reinstaló el crédito usurario internacional, ha multiplicado.

Perdedores por siempre, llevamos no obstante aprendido entre tropiezos que el progreso social requiere no de iluminados sino de tomas de conciencia colectivas y de voluntad común de realización. Algo distinto a esperar que el tiempo, una dimensión sin valores agregados, se lleve por delante las generaciones.

  • Carlos María Romero Sosa, abogado y escritor
    camaroso2002@yahoo.com.ar