El 8N, la Unión Democrática, el pasado y el presente

Daniel Tort
noviembre 10 /2012

Y pasó el denominado 8N, sigla que alude al día 8 de noviembre de 2012 en que fuera convocada una movilización ciudadana en varias partes de la Argentina y del exterior, merced a las ventajas de las redes sociales informáticas. Escribo intencionalmente que ese movimiento fue convocado porque nadie podría afirmar ahora que ese evento ha sido una cuestión espontánea, como neciamente se empeñan en afirmar muchos de sus participantes y/u organizadores.

Es hora de unir no de dividir; es tiempo de construir consenso y no imponer autoritarismos.

Durante semanas y a partir del llamado 13-S –que alude a la anterior convocatoria del pasado 13 de septiembre- una serie no determinada de operadores en red se ocuparon con un gran trabajo logístico, con recursos, publicidad en los grandes medios masivos de comunicación y una tan insistente como profusa campaña de difusión sobre lo que finalmente se definió como el “mapa del 8N”, que señalaba en todos los portales virtuales una Argentina dibujada y marcada con precisión en todos y cada uno de los puntos de encuentro.

En paralelo y varias horas antes del comienzo del acto en el País, se comenzó a transmitir desde Australia, Alemania y así sucesivamente en cada huso horario. La movilización en las grandes ciudades –Buenos Aires, Rosario, Córdoba- mostraba pancartas de impresión gráfica muy prolijas y costosas con diversas leyendas cuyo texto indicaba casi con precisión quién o quiénes eran los interesados en difundirla, como por ejemplo esa en que se leía “Press Freedom”. No hace falta ser un iluminado para deducir quién pagaba las mismas.

Pero también es cierto y objetivo que muchas personas concurrieron a las marchas con carteles improvisados, caseros, que contemplaban los más diversos temas de queja, desde la seguridad hasta una oposición a la ley de discapacidad (¿). Lo cierto y contundente es que el número de concurrentes fue muy importante, y que la organización fue muy prolija. Pero una vez finalizado ese acto, comenzó la inevitable ronda de interpretaciones que resultaron tan variadas como sectores interesados en hacerlas hay en el medio.

Y así se pudo escuchar la voz de los necios, como el dirigente Luis Ángel D’elía que afirmaba sin hesitar que fueron solamente cincuenta mil manifestantes, sentado frente a una pantalla de televisión que lo contradecía sin remedio. También opinó el inefable Mauricio Macri, quién dijo sentirse emocionado de ver la marcha, sentimiento que viniendo de quien viene genera muchas dudas de ser verificable. Previamente otorgó asueto administrativo a los trabajadores del municipio para que pudieran ir al Obelisco. Un verdadero caradura.

También entre otros tuvo cámaras a su disposición el rabino devenido en legislador de la Ciudad de Buenos Aires, Sergio Bergman, que ante el espanto del entrevistador opositor reconocía que había mediado un gran aparato logístico. Un gran desubicado habrá pensado la producción del evento que insiste hasta hoy que la marcha no la convocó nadie y la convocaron todos, como quiera que esto se pueda llegar a entender.

Fue lógico acordarse en estos días de aquella muletilla no muy lejana de la vergüenza nacional que machacaba hasta el cansancio que “el campo éramos todos”, hasta que lograron la derogación de la famosa Resolución 125 con voto no positivo de Cleto Cobos, momento en el que cada uno de los finqueros y exportadores volvieron inmediatamente a sus tierras para seguir juntándola con pala, totalmente olvidados de todos los zonzos que habían ido a sus marchas sin haber conocido otra cosa que el asfalto. En esta oportunidad se repetirá inevitablemente el mismo esquema: en el momento que los grupos de presión logren mantener sus privilegios, nadie organizará ninguna otra marcha.

Y así desfilaron ante las cámaras de televisión personajes como Patricia Bullrich que adhería fervorosamente al reclamo de devolución del 82% para jubilados y pensionados, totalmente olvidada que ella como Ministra del Trabajo y la Seguridad Social de Fernando de la Rúa en connivencia con el traidor serial Domingo Cavallo, decidieron mediante la firma del Decreto 926/2001 quitarle el 13% a más de quinientos mil de los mismos jubilados que ahora apoya, con la excusa de que era para equilibrar el déficit fiscal.

Y finalmente también opinó la Presidenta Cristina Fernández, ironizando de que todos los que se convocaron para esa marcha no tienen quién los represente, con aire de triunfalismo cuando ese triste panorama se trata en realidad de una situación más que preocupante, porque revela que nuestra Argentina no ha superado las dicotomías del pasado. En el año 1946 el naciente peronismo predicaba la necesidad del movimiento popular, y la Unión Democrática conformada por el arco opositor de conservadores a comunistas, marchaba atrás del rechoncho embajador Spruille Braden sin siquiera sonrojarse.

El 8 de noviembre se repitió una escena casi idéntica de quejosos por no poder comprar dólares, pasando por nostálgicos golpistas, integrantes de la izquierda desorientada y hasta el odontólogo Ricardo Alberto Barreda, que caminaba entusiasmado entre las pancartas que reclamaban contra la inseguridad. Y en el mismo barro “todos manoseaos”, indiferentes a las insalvables casualidades –¿o causalidades?- de la jornada, que coincidía con el cumpleaños número sesenta y uno del asesino Alfredo Astiz, y el segundo aniversario de la muerte del genocida Emilio Massera.

En un contexto como el actual, sería bueno que los gobernantes de este momento se remonten a aquellos tiempos para no reiterar los mismos errores, época en la que el empecinamiento del oficialismo en no convocar a todos los argentinos sino solamente a los peronistas, llevó a una crisis social por todos conocida. Años más tarde -muy tarde se podría decir- un envejecido Juan Domingo Perón trocaría la frase de que “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” por la de “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino” De esa lección debería aprender nuestra Presidenta, en vez de ahondar las diferencias con ironías absurdas.

Es hora de unir no de dividir; es tiempo de construir consenso y no imponer autoritarismos. Y fundamentalmente es tiempo de definir modelos en vez de predicarlos. Porque de tanto repetir la muletilla de que hay que defender “el modelo” parecen haberse olvidado de los contenidos del esquema que se predicaba desde el partido al cual dice pertenecer la Mandataria, como Justicia Social, Soberanía Política, e Independencia Económica, ya que con acuerdos mineros, pago de deuda fraudulenta, protección de la especulación bancaria, concesiones petroleras, acuerdos con la burguesía sojera para asociarse en los beneficios de las altas cotizaciones de los commodities ampliando la frontera agropecuaria para esos negocios, desplazando a los pueblos originarios y afectando el ambiente de todos mientras se cierran acuerdos de inversión con los envenenadores que fabrican los plaguicidas e imponiendo la partida de defunción a la soberanía alimentaria, no se camina precisamente hacia esos postulados, sino todo lo contrario.

  • Daniel Tort, abogado y periodista
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