El imperativo neoliberal del consenso

octubre 12 /2010
Antonio Gutiérrez

Hay gente que acusa al gobierno de Cristina Kirchner de autoritario y “crispado”, de no querer realizar acuerdos ni consensos. En realidad quienes más reclaman consenso son a veces los que menos dispuestos están a consensuar algo y, quienes más acusan de “crispación” a los otros, suelen ser los que más “crispación” (horrible palabra) evidencian. Reclaman democracia pero, llegada la hora, no tienen reparo alguno en atentar contra ella. Por lo general sus acciones contradicen radicalmente sus dichos.

Son aquellos mismos sectores de derecha que piden más democracia, los mismos que no tienen pudor alguno, no bien se les presenta la oportunidad, en atentar contra esa misma democracia que falsamente pregonan.

Utilizan la palabra consenso, reclaman acuerdos y, por otra parte, no están dispuestos a ceder ni a acordar nada, sino más bien a debilitar el poder del otro, a impotentizarlo para, cuando esté de alas caídas, clavarle el colmillo sediento, doblegarlo por medio de los recursos destituyentes de la hora.

Ya lo confesaba más o menos así un directivo de un monopólico grupo empresario: “nosotros primero ponemos los gobiernos, durante el primer tiempo le sacamos todo lo que podemos y después, cuando está debilitado, lo derrocamos”.

Dicho de otro modo, el “consenso” es, en esta época de imposición planetaria de la absolutización de mercado y de guerra de intereses corporativos, la forma cómo, a través de un disfraz “democrático”, se prosiguen imponiendo, de manera quizá más disimulada e indolora, los irrenunciables privilegios de los sectores dominantes de la economía y de los sectores oligárquicos de la vida nacional. La verdad es que cuando existe un solo amo a la vista, el mercado, no hay nada que consensuar.

De lo que tendría que tratarse más bien es de debatir acerca de qué modelo político y económico creemos conveniente para el bienestar de la nación y la totalidad de sus habitantes. Porque sino, se pide consenso y acuerdos siempre y cuando ese consenso y esos acuerdos impliquen la prosecución indefinida de una visión oligárquica del mundo y de las cosas, posición que ha provocado en el planeta los más vastos estragos civilizatorios y ha perpetuado los privilegios de una pequeña minoría en desmedro de los sectores populares.

Además, es evidente que a la mayoría de los políticos (como a una parte de la población) no les interesa mayormente el bienestar del país sino los espacios de poder y sus propias suertes y apetencias personales. Muchos de ellos no son más que gerentes o gestores de los negocios de los grandes grupos monopólicos, meros empleados de los intereses corporativos de la economía concentrada, razón por la cual tendrían éticamente que abstenerse de pedir algún consenso y acuerdo, de reclamar precisamente aquello que ellos mismos de ningún modo pueden dar.

Es que esos representantes de los intereses oligárquicos están dispuestos a consensuar sólo en la medida en que los arreglos y acuerdos los beneficien en sus carreras políticas y contribuyan a mantener en el sometimiento y la marginalidad a los más vastos sectores de la población. Es decir, si de algo se caracteriza el neoliberalismo es precisamente de no consensuar ni ceder un milímetro en su voracidad sin fondo, en su insaciabilidad infinita.

Pero la falta de un límite y de un punto de detenimiento, es estructural al sistema neoliberal y a las condiciones actuales del capitalismo que, al igual que el superyó freudiano, cuando más se le obedece y cuanto más se cede a sus reclamos, más feroz y más severo se torna.

El ejemplo son los organismos de crédito internacional, el Fondo Monetario, etc: aprietan con mayor fuerza el cuello de quienes más se les someten y más les obedecen, en definitiva, de aquellos países que más reformas laborales realizan y mayores saqueos al patrimonio y a los recursos naturales permiten. Es decir, hoy la tiranía de mercado y el autoritarismo se imponen democráticamente, acusan a viva voz, a quienes intentan ponerle algún límite, de ser autoritarios.

La “democracia” es de este modo el nombre que adopta hoy la imposición irrestricta de la ideología neoliberal, el caballo de Troya para la instalación de las más variadas prácticas antidemocráticas. Dicho de otro modo, el discurso “democrático” les sirve, a los representantes de los intereses de la economía concentrada, para que, cuando las cosas estén dadas, puedan terminar con la democracia. Y decir esto no implica un repudio a la Democracia, sino alertar para que ésta sea más participativa y no quede reducida a lo formal y a un simple acto eleccionario que contradiga su espíritu.

En síntesis, no hay consenso posible cuando de lo que se trata es de un mundo actualmente signado por la tiranía del mercado como amo absoluto, incapaz de ceder, por estructura, ante los reclamos de una inserción subjetiva y de una mejor distribución de la riqueza. El implacable amo actual, el imperio del mercado, se parece, si es válida la extrapolación, a la instancia superyoica. Freud señalaba que cuando el sujeto más obedece los mandatos superyoicos, cuanto más renuncia a la satisfacción pulsional, el superyó más severo se torna y nuevos renunciamientos y sacrificios exige.

La historia reciente del país nos ha dejado algunas enseñanzas al respecto. El ex-presidente Raúl Alfonsín, es un ejemplo de ello, siguió democráticamente la vía del consenso, de los pactos y acuerdos, cedió de alguna manera, hizo arreglos, quizá creyó que si se satisfacían, aunque fuera en parte, los reclamos de los grupos de poder de la economía, esos mamíferos alados se iban a calmar y le iban a permitir la “gobernabilidad”, llegar al final de su mandato.

“La casa está en orden”, “felices pascuas”, etc. fueron algunas de las frases desdichadas que intentaban calmar la voracidad pantagruélica de los intereses opositores y llegar a acuerdos. Ocurrió todo lo contrario, cuanto más otorgó más le demandaron y nuevos sacrificios y renunciamientos le exigieron, de manera tal que cuando estuvo debilitado por tanto consenso democrático y por tanto pacto de Olivos, le asestaron el preciso golpe de gracia, la desestabilización económica, la hiperinflación y tuvo que abandonar con anticipación el gobierno.

Carlos Menen, mero gestor de las políticas neoliberales, directamente abrió de par en par la puerta, se puso a las órdenes (para lo que manden) de quienes quisieran saquear la casa y llevarse todo de una buena vez. Vendió por la nada las mentadas joyas de la abuela y cuando ya no quedaban ni la paredes en pie, aquellos mismos que durante años lo pusieron de ejemplo de una economía sana, le soltaron la mano. Ni que hablar de Fernando de la Rúa, continuador del modelo neoliberal, queriendo navegar en el encrespado océano, llamando para arreglar la tempestad a aquellos mismos que con sus tridentes la habían provocado, convocando paradójicamente al mismísimo Poseidón para calmar las aguas económicas y sociales y al final saliendo por los techos en helicóptero en medio de un mar de desocupación y muertos.

En síntesis, son aquellos mismos sectores de derecha que piden más democracia, los mismos que no tienen pudor alguno, no bien se les presenta la oportunidad, en atentar contra esa misma democracia que falsamente pregonan.

Anoticiados de todo esto, asesorados por la experiencia, los Kirchner saben muy bien que no hay que ceder y que no hay, por estructura, posibilidad de mayores acuerdos con los representantes de los intereses neoliberales y oligárquicos, sino decisión política y voluntad de poder, es decir, que si hay que caer, es mejor que acontezca ahora, tal como lo expresó recientemente el presidente de Ecuador, Rubén Correa, al decirles en la cara a las fuerzas policiales golpistas que lo tenían secuestrado: “Si quieren mátenme, saldré de este hospital como presidente o como cadáver”, o como lo expresa aquel poema de Borges: “Si he de entrar en el desierto/ ya estoy en el desierto/ si la sed ha de abrasarme/ que ya me abrase”

Y no les haya ido hasta ahora mal después de todo.

  • Antonio Gutiérrez
    Escritor – Psicoanalista.