Cultura Jueves 22 de noviembre de 2007

El día que Romero superó a Güemes

La historia escrita Vs. el culto al héroe gaucho
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Güemes

"Hay un cierto tipo de culto a Güemes que, antes que enaltecerlo, lo empequeñece. Hay una cierta forma de reivindicar su proyección nacional que reduce a escala local su figura y el sentido de su lucha.

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Romero

No se puede confundir historia escrita con culto ni reducir este a folclorismo. También hay intentos de comparar a Martín Miguel de Güemes con actuales gobernantes que resultan grotescos y que revelan, además de obsecuencia, una ignorancia histórica profunda”, dijo Gregorio Caro Figueroa en un acto académico en el Club del Progreso en Buenos Aires.

La actitud y estilo de vida de Güemes fueron opuestos a ese afán por el consumo suntuario en una provincia donde la mitad de sus habitantes son pobres o indigentes.

El ensayista salteño hizo estos comentarios a propósito de su intervención en el Club del Progreso en la presentación de “Martín Güemes. Baluarte de la Independencia”, escrito por Lucía Gálvez, donde habló el diplomático y escritor Abel Posse. “Además de un agravio a la memoria de Güemes y de un ejemplo de extrema obsecuencia, la comparación que hizo su secretario personal Angel Torres, equiparando a Juan Carlos Romero con Güemes, revela una profunda ignorancia de nuestra historia. Como decían nuestras abuelas salteñas la ignorancia es atrevida”, dijo Caro Figueroa.

En octubre pasado, en una entrevista de la radio FM Pacífico, Torres afirmó que “Romero se resume en tres expresiones: el salteño más talentoso, uno de los mejores gobernadores de la Argentina, un hombre que entró en la historia grande de esta provincia. Una provincia que tiene una historia propia y un hombre como Güemes, figura tutelar desde el aspecto cultural e histórico”.

Para Torres, Romero no sólo se compara a Güemes sino que en algunos aspectos es superior a él: “porque gobernó más años que Güemes”. Mientras el gobierno de Güemes, en los peores años de la guerra de la independencia, duró seis años, el de Romero, en tiempos de bonanza, se prolongó durante doce años.

Mientras el actual gobernador Romero puso cuidado en ostentar boato y cuidar los detalles de una suntuosa residencia oficial en Las Costas, pagada con fondos del Estado provincial, la actitud y estilo de vida de Güemes fueron opuestos a ese afán por el consumo suntuario en una provincia donde la mitad de sus habitantes son pobres o indigentes.

Hace cincuenta años el historiador Ricardo Picirrilli describió el modo de vida de Güemes: “atiende todo lo que debe hacer, come asado cuando puede procurárselo, anda medio desnudo, sin un peso para comprar vino, pan o aguardiante, rara vez duerme bajo techo y deja a la calumnia inventar cuantas historias se le antoje” (Ricardo Piccirilli “San Martín y la política de los pueblos”)

El siguiente es el texto íntegro de Gregorio Caro Figueroa, leído en el acto de presentación del nuevo libro de Lucía Gálvez.

“Dotados de una natural propensión a volver sobre los pasos de otros, los historiadores también tienden a volver sobre lo suyos propios. En el caso de Lucía Gálvez, ahora no sólo regresa a un aspecto importante de lo que fue su trabajo inicial sobre la formación de la sociedad estamental en el Tucumán del siglo XVI, sino que lo hace en este Club del Progreso en el que, hace ahora veinte años, comenzó a exponer avances de aquella investigación.

Creo que en aquellas 223 páginas mecanografiadas del borrador de su tesis, que conservo corregido de su puño y letra, estaba el germen de este “Martín Güemes. Baluarte de la Independencia”, décimo cuarto libro que edita Lucía. En aquella primera aproximación, rompía moldes y tópicos sobre el Tucumán colonial introduciendo el concepto de estamento donde antes estaba instalado el de gente decente versus plebe, o su reverso de interpretación clasista. Allí está esbozado el escenario geográfico y social donde, dos siglos después, cabalgará Güemes.

Sin incurrir en la impertinencia y el delirio de adjudicar intenciones a los muertos, podríamos conjeturar que, al estudiar y retratar de modo riguroso y a la vez muy humano a Güemes, en Lucía Gálvez asoma la herencia de su abuelo don Manuel Gálvez, uno de nuestros mejores, prolíficos y más leídos autores de autobiografías. Quizás a Manuel Gálvez le habría gustado incluir a Güemes en esa galería de retratos, a la que un día tendremos que volver para redescubrir y valorar con otros ojos.

En épocas donde se suele abusar del pasado utilizándolo como materia prima para el sensacionalismo retrospectivo, esta aproximación a Güemes no apela a golpes de efecto destinados a impresionar al lector a costa de sacrificar el rigor. Pero también hay que decir este rigor no aparece recubierto de esos estilos de mortaja con los que se suele identificar y confundir las producciones académicas, confinadas al territorio de los especialistas y condenadas al autoconsumo.

El texto de Lucía está construido para ser leído. Los materiales y el estilo empleados en esta obra no confunden lo que debe ser legítima empresa de la divulgación histórica, con abaratamiento y estandarización del producto. En ningún sitio está escrito que la divulgación histórica deba confundirse con textos históricos de segunda selección. La claridad de la prosa no brota aquí de la superficialidad: aparece como resultado de una trabajosa investigación y de una compleja elaboración.

Este “Güemes” de Lucía Gálvez se sitúa en una cruce de caminos donde la utilización de documentos, el amplio conocimiento de la bibliografía sobre el tema y el rigor académico se combinan y complementan con fuentes literarias, desde el cancionero popular a prosistas y poetas que retrataron al Güemes humano. Lucía Gálvez ha logrado humanizar a Güemes sin trivializarlo. Lo ha colocado ante la mirada del país, sin desarraigarlo de su terruño, y lo ha “nacionalizado” manteniendo su pertenencia local.

Este aporte de Lucía Gálvez contribuye, además, a comenzar a cerrar una polémica que me parece anacrónica y estéril. Es explicable que nuestro amor propio provinciano se empeñe en enaltecer a su principal arquetipo. Lo que parece menos justificable es que esta legítima aspiración se manifieste como orgullo herido en cuya cicatriz asoma la antigua rivalidad entre provincianos y porteños.

Que Güemes ha sido considerado una figura nacional no sólo lo demuestran las referencias que la prensa porteña de la época hacía de él, como lo prueba Lucía Gálvez al utilizar como fuente, entre otras, “La Gaceta de Buenos Aires”, que llamó a Güemes “digno jefe de la Provincia de Salta”, empeñado “en dar pruebas de su patriotismo y decisión por el orden y es torpe la injusticia con que se empeña la maledicencia en suscitar sospechas contra su conducta”.

No sólo por eso, sino también por el temprano interés de los historiadores porteños en Güemes, demostrado por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, y el manifestado asimismo por ensayistas provincianos como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento y Dalmacio Vélez Sársfield.

Es cierto que polemizaron entre ellos. Al internarse en la historia o al hacerlo en la explicación de una primera visión sociológica, esos autores estaban buscando el país. Más allá de sus polémicas, por momentos intensas y hasta crispadas, aquellos hombres terminaron por reconocer la importancia nacional del aporte de Güemes a la construcción del país.

En 1858 Sarmiento rectificó el apresurado juicio que sobre Güemes hiciera en su “Facundo” y le llamó “caudillo patriota”, “reconocido por Buenos Aires” y amigo de Belgrano. La impugnación en bloque a la llamada historia académica olvida que fue esa institución la que no sólo incorporó a historiadores de provincias a sus sitiales sino que, al hacerlo, se abrió a una perspectiva nacional integradora del pasado.

Uno de nuestros mejores historiadores, Atilio Cornejo, recordó este espíritu en su discurso de incorporación como miembro de número de la Academia Nacional de la Historia, en mayo de 1958. La Academia y su entonces presidente, Ricardo Levene, afirmaron que la historia de la Nación argentina es la historia de las provincias y que la historia de éstas es también la de la Nación. Varios libros y decenas de trabajos sobre Güemes fueron editados por esa Academia, lo que desmiente esa supuesta indiferencia y hasta hostilidad hacia Güemes.

En su bibliografía sobre Güemes, editada en 1971, Atilio Cornejo incluye 264 obras sobre el general salteño, o referidas a los episodios donde actuó. Sobre ese total, 169 corresponden a autores no salteños y 95 a salteños o personas vinculadas a Salta. La mayor parte de las ediciones de estos textos se hicieron en Buenos Aires. Todos los salteños que pertenecieron tanto a la Junta de Historia y Numismática, como Bernardo Frías, como a la Academia Nacional de la Historia, dedicaron parte de sus obras a Güemes.

Cuando Lucía Gálvez, con generosidad que destaco, me pidió escribiera estas palabras para el acto de esta tarde en el Club del Progreso, recordé aquel primer trabajo suyo cuya primera parte aflora en este libro sobre Güemes. Pero también recordé y asocié su libro y al Club del Progreso con una conferencia que, sobre el tema “Martín Güemes y los porteños” leyó don Manuel Alba en el Jockey Club de Buenos Aires el 7 de julio de 1949.

Alba, autor de “Güemes, el señor Gaucho”, comenzó confesando su “admiración sin límites” por Güemes. “Para el tema de hoy, dijo, tenemos que reparar injusticias, en que debemos confesar nuestros pecados porteños frente a la generosa actitud del héroe de Salta, es menester que hayamos dejado correr los años, que mucho más de un siglo del supremo silencio haya alejado de la vida del general Güemes”.

Ustedes permitirán que incluya otro párrafo de aquella conferencia de Manuel Alba cuando señaló que en Salta “Güemes parecía un porteño. Pensaba como los hombres de la ciudad del Sur. Traía, ahora él, ese airecillo liberal y criollo, que tanta inquina daba a los viejos señores de Salta. Y cuando alguien hablaba mal de Buenos Aires, que era cosa frecuente en tierra adentro y en gente conservadora, Güemes le salía al paso, con toda su dialéctica modernista y audaz, a defender la patria de su liberalismo”.

Podemos comprender que nuestro amor propio local confunda la historia de Güemes con la leyenda sobre Güemes tratando de elevar a ésta al rango de historia escrita. Podemos comprender, incluso, que equipare el reconocimiento y las “buenas” historias de Güemes a una visión tradicional y laudatoria. Pero nos cuesta más admitir que, para elevar los pedestales de Güemes, se reduzca su proyección nacional a escala local. Hay cierto un cierto tipo de culto a Güemes que en vez de enaltecerlo lo empequeñece.

El carácter nacional de su lucha y la proyección argentina de su figura no son materia de leyes ni decretos. En esta obra de Lucía Gálvez hay un equilibrado reconocimiento a Güemes y también gratitud a sus historiadores salteños: Bernardo Frías, Atilio Cornejo y a la monumental recopilación del doctor Luis Güemes.

Concluyo donde concluye Lucía Gálvez su libro. Cito sus palabras: “Más allá de sus errores y aciertos, la vida de Martín Güemes fue un paradigma de patriotismo y tenacidad. Nunca se dejó llevar por el desaliento a pesar de los obstáculos y de las dificultades constantes que se le presentaron y que, según sus propias palabras, tanto gravitaron sobre él y sobre las decisiones que debió tomar.

Sus objetivos eran claros: asegurar la Independencia de nuestras Provincias Unidas, defender la dignidad de su gobierno y los sagrados derechos de la Patria. Hacia ellos fue sin dudarlo, pese a la incomprensión que tantas veces encontró entre sus compatriotas.

En estos tiempos de valores morales tergiversados, es bueno recordar que los héroes existieron: fueron aquellos que, como San Martín, Belgrano y Güemes tuvieron claros sus ideales y se arriesgaron por ellos hasta el sacrificio. Merecen ser recordados”.

En este trabajo, dice su autora, intenté “un acercamiento respetuoso y objetivo hacia la persona de Martín Güemes y sus circunstancias. Espero haberlo conseguido”. Quienes leímos su libro, más allá de los condicionamientos de la amistad, que no deberían admitirse en el oficio de la crítica, podemos decir que Lucía Gálvez lo logró.

En junio del 2005, en un trabajo que leí en Salta en las Jornadas sobre Güemes concluí advirtiendo: “Quizás lo que esté haciendo falta es que una historia rigurosa, crítica y exigente aporte una mejor comprensión del personaje y de la época en que actuó”. Este aporte de Lucía Gálvez reúne estas cualidades que debemos valorar, y ahora también agradecer. Muchas gracias”.

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