El discreto encanto de las redes sociales

julio 20 /2015
Antonio Gutiérrez

Podríamos decir parafraseando con ironía una hipótesis de Freud: el facebook realiza aquello que las interrelaciones personales directas reprimen. La sustracción del cuerpo del otro, la ausencia de la voz y la mirada, o, a lo sumo, la transposición del cuerpo y la mirada del semejante al plano de una imagen en una pantalla, pareciera liberar a los sujetos de las ataduras y ceñimientos de la auto-observación y la autocensura, permitiéndoles un despliegue que muchos no tienen en sus intercambios directos con sus congéneres.

No es igual, por ejemplo, ser borrado por un “amigo” en la red social que terminar una relación amorosa de carne y hueso en la vida concreta. Dicho de otro modo; nadie inicia un tratamiento psicológico por haber sido “bloqueado” en el Facebook.

Lo que muchas veces no se manifiesta en el contacto directo con los otros, se expresa en las relaciones establecidas por la tecnología a través de las redes sociales. La pérdida de la mediación propia del lenguaje y de los ordenamientos simbólicos intenta ser subsanada por la mediatización tecnológica. Hay individuos que logran, en los intercambios cibernéticos, la socialización y la extroversión que no poseen en la real realidad cotidiana.

El lazo social resquebrajado en la vida diaria, se “reconstituye” a nivel de las interacciones virtuales. El ensimismamiento y el encierro dan paso a la locuacidad en las redes. Hay quienes tienen en facebook centenares de “amigos”, al mismo tiempo que en la ciudad apenas si le quedan dos o tres como mucho.

Pero esas “amistades” no son lo mismo en uno y otro plano ni conllevan las mismas condiciones: los contactos virtuales, desexualizados, demasiado mediatizados por la ciencia, alejan, a diferencia de las relaciones fuera de la pantalla, el riesgo que implica la relación con el Otro. De Internet no se sale mayormente dañado ni herido; los malentendidos, los equívocos, las discusiones, peleas y andanadas de insultos en la red no hacen demasiada mella ni conducen a alguien a confinarse en la angustia.

No es lo mismo que nos “bloqueen” en facebook a que nos quiten el saludo en la calle o la oficina. No es igual, por ejemplo, ser borrado por un “amigo” en la red social que terminar una relación amorosa de carne y hueso en la vida concreta.

Dicho de otro modo; nadie inicia un tratamiento psicológico por haber sido “bloqueado” en el facebook. Esa mayor mediatización y distancia que implican las relaciones cibernéticas, la prescindencia del cuerpo, la ausencia de esos componentes pulsionales que son la voz y la mirada, implican un cierto levantamiento de las barreras represivas y hacen que, como en los sueños, se desnude lo que en la vida despierta se censura.

Interactuar en las redes de Internet es un poco, como en los sueños, dar rienda suelta a un mayor desplazamiento metonímico. Aparecen así “in presentia”, sobre la mesa, según los casos, las expresiones del narcisismo manifiesto, la egolatría, las opiniones más disparatadas, la agresividad liberada, la procacidad, la abolición de los parámetros y de las referencias simbólicas, etc.

Por supuesto que no todos utilizan la red del mismo modo, es decir, hay felizmente diferentes usos, pero lo cierto es que en las redes sociales se hace patente, quizá más que en cualquier otra parte, la no coincidencia del enunciado con la enunciación.

El facebook no deja de ser en cierta forma la “vía regia” que muestra esa no coincidencia en los sujetos, sus divisiones subjetivas y sus imposturas éticas expuestas. Podríamos decir, ironizando y exagerando un poco, que para conocer las verdaderas posiciones de algunos frente a sí mismos, frente a la llamada realidad, a la vida, a las cosas, al mundo que los rodea, etc., (posiciones que están no en lo que creen que dicen sino a nivel de la enunciación que los divide), deberíamos fijarnos un momento en sus intervenciones y comentarios en la red. Lo que está a nivel de la enunciación no es otra cosa que el inconsciente.

Esa no coincidencia del enunciado con la enunciación, que se vuelve más patente en las redes sociales, hace, por ejemplo, que las quejas contra algunos males se formulen desde las mismas posiciones subjetivas que los generan o facilitan; que las protestas contra supuestos autoritarismos se realicen desde posiciones subjetivas autoritarias e intolerantes en sí mismas, rayanas con el odio; que se repudie la violencia desde posturas mentales esencialmente violentas, que no se diferencian de la violencia que se pretende repudiar, o, que los reclamos contra una supuesta falta de libertad de prensa se efectúen vociferando a los cuatro vientos esos reclamos, inclusive con feroces insultos, desdiciendo de este modo, en la misma enunciación, aquello que los enunciados profieren.

Y hay algunos “amigos”, los más cándidos y paradojales de todos, que directamente transcriben en la red, en tiempos reales, buena parte de su vida cotidiana y dicen, por ejemplo: "ahora estoy en tal o cual parte, observo el transcurrir de la vida por la ventana, veo pasar a la gente, ahora abro la página del diario, estoy leyendo las noticias, me dirijo en este instante a comprar cigarrillos" etc., pero que no dicen que en realidad están frente a la computadora escribiendo y subiendo esas ocurrencias (como lo hacen la mayor parte de su tiempo) y que entonces no es seguro que estén viendo efectivamente por la ventana o leyendo el diario o yendo en ese momento a comprar cigarrillos o, que si lo hacen, todo eso ya está muy marcado por la tecnología y además, al hacerlo, computadora en mano, se torna mucho más procaz el asunto.

Son los que trasladan el devenir cotidiano a una virtualidad donde lo vivido y lo subido a la red coinciden; dejaron las calles y se instalaron en el ordenador donde el mundo deviene en una imagen virtual y la conciencia del sujeto en una selfie. Ya el filósofo francés Jean Baudrillard, en su libro “El crimen perfecto”, publicado hace algunos años, sostiene, exagerando un poco, que hoy la realidad ha sido sustituida y que los seres humanos no serían más que especies de clones de sí mismos. Es decir: el crimen perfecto.

Y decir todo esto no es una crítica a quienes utilizan las grandes ventajas de las redes sociales, sino un intento de describir las condiciones de lo simbólico de nuestro tiempo y las transformaciones de lo real.

Creo que el personaje Antoine Roquentín, de “La Náusea”, de Sartre, es quien dice, si no me traiciona la memoria, que para que una historia trivial se convierta en aventura, sólo es necesario contarla. Como todos los seres humanos, algunos habitantes de las redes sociales son “novelistas” (todos tenemos al menos nuestra propia "novela familiar del neurótico", como decía Freud), pero, a diferencia de los novelistas, estos entrañables “amigos” del facebook, confunden, en su vida cibernética, el autor real con el autor personaje.

Es de esperar, que no vayan, en tiempos reales, subiendo a la red lo que ven en la calle mientras manejan su automóvil, escribiendo en la computadora, por ejemplo: “ahora el semáforo detiene mi marcha, en este momento veo cruzar a un cieguito por la senda peatonal, se pone la luz verde, saco el pie de embrague y aprieto el acelerador de mi auto, casi atropello a un peatón, alguien me grita: dónde aprendiste a manejar…, etc.”.

  • Antonio R. Gutiérrez
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