El primer canciller de Frondizi

febrero 5 /2010
Dr. Carlos María Romero Sosa

Cuando los medios gráficos y los multimedios exhiben la Biblia y el calefón, de ser posible sexuados, resulta pintoresco que impenitentes entusiastas del golpismo descubran hoy una edad de oro en el gobierno de Arturo Frondizi. El autor de esta nota afirma que no es casual que una figura como la de Carlos Alberto Florit que acompañó la mejor etapa del gobierno desarrollista de Frondizi, fuera ignorada en su muerte por esos mismos medios y multimedios.

El 18 de enero último murió Carlos Alberto Florit en la localidad bonaerense de San Isidro donde residía, próximo a cumplir 81 años.

“El drama de Cuba, íntegramente, con sus aciertos y sus errores tan bien señalados en la magnífica Pastoral del Episcopado cubano del 7 de agosto de 1960, está brindando al continente una enseñanza que el continente no puede desaprovechar. Porque es un hecho clarísimo que las causas del problema de Cuba, con diferencias de matices, se encuentran repetidas a lo largo de toda América Latina”. Estas líneas fueron escritas por el doctor Carlos Alberto Florit, a poco del triunfo de la Revolución y en fecha contemporánea a la fallida invasión a la isla por parte de grupos anticastristas apoyados y entrenados por la CIA que encabezaba desde 1953 Allan Dulles, su primer director civil.

Poco quedaba en el autor de sus iniciales vínculos con el nacionalismo clerical y de las prédicas del ultramontano sacerdote Julio Meinvielle; aunque si bien estaba lejos del reaccionarismo fascistoide, confrontaba igualmente con el gorilismo revanchista vernáculo de los “sui generis” liberales que proscribían a las mayorías populares. Incluso a renglón seguido en el libro “Política exterior nacional”, publicado aquí a poco de conmemorarse el Sesquicentenario de Mayo, reflexionaba filosóficamente que Cuba “nos ha hecho entrar en la historia mundial” y ello al sacar a la América de la extrahistoricidad o prehistoricidad donde la relegara Hegel. Sin embargo lejos de ser Florit un propagandista de Castro, sí era en cambio un analista crítico de la realidad latinoamericana y de las ideologías rígidas en disputa. Su preocupación mayor radicaba en el subdesarrollo estructural de la región, que a su juicio, podría revertirse con el desarrollismo.

Libre de prejuicios y con la suficiente personalidad como para aproximarse al frigerismo cuando no era “bien” (sic) y representaba hasta un riesgo hacerlo, supo extender una visión en perspectiva de la problemática del hemisferio. Abogado por la Universidad de Buenos Aires y profesor universitario de filosofía del derecho, había completado su formación académica con un postgrado en filosofía bajo la dirección de Xavier Zubiri en España; después estudió fenomenología con Biemel y Whaelens en la Universidad Católica de Louvain (Bélgica) y cursó en Bonn filosofía de la historia con Ruffner, Litt y Rothaecker.

Asimismo, desmintiendo la tantas veces verificada imposibilidad para la acción de los “ilustrados”, ideó e impulsó soluciones de cooperación internacional e integración regional desde sus funciones de primer canciller del gobierno del doctor Arturo Frondizi –a los veintinueve años de edad-, cargo que ocupó desde mayo de 1958 hasta mayo de 1959 cuando lo suplantó Diógenes Taboada. Baste con recordar entre los aspectos más salientes de su gestión ministerial la declaración de Los Cerrillos, mediante la cual la Argentina y Chile decidieron encarar los problemas limítrofes pendientes apelando a las soluciones arbitrales.

Ello independientemente a que la fotografía suya que dio la vuelta al mundo es aquella en la que se lo ve en la Costanera porteña junto a Fidel Castro, durante la visita al país que inició el líder cubano el 1ro. de mayo de 1959, cuando también fue a cenar a “La Cabaña”, en la avenida Entre Ríos y Belgrano, en compañía de un funcionario de la Cancillería y después embajador: el escritor y periodista Albino Gómez, exhaustivo relator de los detalles de esa gira.

El 18 de enero último murió Carlos Alberto Florit en la localidad bonaerense de San Isidro donde residía, próximo a cumplir 81 años y luego de una existencia signada desde el comienzo por cierta condición de universalidad y nunca de extranjería: nació en Génova (Italia) mientras su padre, Capitán de Fragata, cumplía una misión oficial. Una vida que al intelectual que había en él y más aún al hombre imbuido de kantiana “buena voluntad”, le deparó participar, destacarse y desengañarse (quizás) de la política activa, un ejercicio que por de pronto abandonó sin renunciar a ningún compromiso cívico y más bien para no tener que resignar ningún principio en aras del pragmatismo oportunista.

Muchos de sus ensayos que revisten a la vez el carácter de verdaderos testimonios -publicados en su momento en la revista “Argentina en marcha”, que orientaba, y en otros medios-, retratan vivamente una época signada por la Guerra Fría y un orden mundial agotado al presente.

Otros, revelan las aspiraciones de quien, por ejemplo, intuyó posibilidades de despegue económico regional a través del accionar del Comité de los 21 que presidió en 1959, aquel marco de cooperación proyectado por el mandatario de Brasil Juscelino Kubitschek, antecedente de la Alianza para el Progreso. Varios escritos destacan su juicio positivo y sobre todo la aspiración de hacer posible la distensión promovida por Kennedy con quien intercambió correspondencia. En tanto que algunas páginas dan cuenta de que se solidarizó con los procesos de descolonización en el Tercer Mundo y que lamentó la entronización de satrapías en muchos nuevos Estados. Efectuó toda esta tarea intelectual al calor de los conflictos, con constructivo espíritu de hallarles vías de solución racional, sin mancillar el principio de la libre determinación de los pueblos. Florit atendió a los desafíos tecnológicos y a su marco jurídico y cuando en los comienzos del gobierno de Raúl Alfonsín no vio modificarse en forma sustancial la política nuclear de los militares que creaba suspicacias de belicismo, auspició desde el diario La Ley (T. 1985-A, sección doctrina) la “pacificación” de la misma haciéndola confiable para la comunidad internacional.

Entre otros aciertos de diagnóstico suyos y no ya sólo en el plano de la política exterior de su especialidad, fue anticipar en 1963 la vecindad de algo así como una “guerra sucia” en el país. Por de pronto en el volumen “Las fuerzas armadas y la guerra psicológica” publicado ese año, infirió de un párrafo del libro “Guerra revolucionaria comunista” del general Osiris Villegas que (el autor) …“no vería del todo mal que hoy, en 1963, se constituyera en la argentina un tribunal de la Inquisición y se movilizara a todos nuestros oficiales a una Cruzada rediviva”. Observaré -continúa- que la noción de “Cruzada” ofrece a los noveles cruzados una seguridad y una certeza en la acción, absolutas.” Faltaba decir “impunidad”, pero habría que haber sido en extremo adivino para ello.

Quede para los actuales solapados defensores de la represión ilegal con el reflotado argumento de los dos demonios, de la pretendida inconstitucionalidad de la anulación legislativa del indulto menemista o de cualquiera otra chicana, la lúcida deducción de Florit: “Agarrar a Mao-Tse-Tung y ponerlo al revés, puede conducir a cualquier cosa, como por ejemplo convertir a la fuerza armada en un ejército de ocupación que se dedica a mantener, a sangre y fuego, una determinada estructura política y social”. Ni que se hubiera representado los crímenes del Proceso cometidos para posibilitar la política económica de endeudamiento, vaciamiento y desindustrialización llevada a cabo por José Alfredo Martínez de Hoz y su equipo de “Chicago Boys”.

Si conviene rastrear las causas de toda situación fáctica y si es evidente que la Argentina, la “región de la aurora” cantada por Rubén Darío para el Centenario, ha ido perdiendo influencia en el contexto mundial, su aislamiento y desprestigio mayor se debieron, precisamente, a las violaciones de los derechos humanos llevados a cabo por el Estado terrorista que por cierto (convirtió) “a la fuerza armada en un ejército de ocupación” y a la Guerra de las Malvinas, conflicto producido por una alocada decisión que criticó Florit sin sumarse a la ola triunfalista del momento. Aunque también resulta incomprensible que pese al largo cuarto de siglo de reconstrucción democrática, no se haya logrado aún devolverle al país la plena consideración que tuvo otrora. Sin embargo décadas atrás -en 1960- resultaba atinada y nada patriotera la siguiente propuesta del ex canciller en sintonía con su prédica, compartida con el presidente Frondizi, sobre que era imperioso evitar el aislamiento de Cuba del sistema interamericano: “Nuestro país debió y debe ser el árbitro natural en el conflicto de Cuba, tanto por su prestigio en Latinoamérica, como por su propia ubicación político-económica, alejada del juego de intereses que se debaten en Centroamérica”.

En 1979, para entender la vertebración de la Argentina moderna que -a su juicio- “con el General Roca y sus amigos del Partido Autonomista Nacional ” culminó “un complejo proceso fundacional de nuestra nacionalidad al ejecutar una estrategia de crecimiento económico y seguridad territorial”, escribió y dio a conocer el libro “El roquismo” original y polémico por cierto; porque frente a los panegiristas del liberalismo económico -y de la resultante adscripción del país a la División Internacional del Trabajo- del dos veces presidente, planteó el autor la duda sobre que ese librecambismo haya representado una de las limitaciones de Roca y hasta que tal vez -aunque reconocía “superflua” o devenida abstracta la mención- la prosperidad exhibida por la Argentina del Centenario se produjo a pesar de aquellas ideologías y no por causa de ellas.

Por tradición familiar -era hijo de un pundonoroso oficial superior de la Armada y sobrino carnal de un general sanmartiniano-, por formación cultural de humanista católico, por bien entendido tomismo capaz de dar fe con Maritain de que la enseñanza del Doctor Angélico “no está ni a derecha ni a izquierda”, y por innegable vocación patriótica, daba Florit prioridad a la Política, ciencia y arte del bien común por encima de la tecnocrática macroeconomía. En consecuencia, el mayor mérito que halló en el roquismo, y esto en desacuerdo con el parecer de los que vemos en aquel régimen la instauración de una oligarquía -más allá de ciertos elementos progresistas innegables- y la consolidación territorial a costa de un genocidio, fue la nacionalización de la política y la concomitante creación de la “estructura de un poder político en función de la Nación”.

Interpretaciones históricas aparte, mal podía pensar en pequeño y subordinar la cuestión nacional a los intereses de los grupos de poder de ayer y de siempre, quien en 1981 renunció al cargo de consejero del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), por considerar que el organismo -escribía entonces a su presidente Carlos Manuel Muñiz- “tiende a convertirse en una plataforma de relaciones publicas para un sector de ex funcionarios de ideología liberal”.

Cuando los medios gráficos y los multimedios exhiben la Biblia y el calefón, de ser posible sexuados, resulta pintoresco que impenitentes entusiastas del golpismo descubran hoy una edad de oro en el gobierno de Arturo Frondizi. Pintoresco e hipócrita porque no suelen caracterizarse por su conversión a la democracia y en el fondo, cabe sospechar que con lo que simpatizan será con el -lamentable- último Frondizi embaucado por carapintadas.

No es casual entonces que una figura como la de Carlos Alberto Florit que acompañó la mejor etapa del gobierno desarrollista y no su Plan Conintes, ni la anulación de los comicios en los que venció el peronista Andrés Framini, fuera ignorada en su muerte por esos mismos medios y multimedios.

Previo al punto final quiero decir que en lo personal me convocan al recuerdo de Carlos Alberto, más que los vínculos de parentesco –éramos primos segundos-, la memoria de nuestros diálogos y hasta las gratitudes que le debo. Entre estas últimas hay una que me brinda también satisfacción espiritual: en alguna carta suya elogió el fondo de “socialismo cristiano” -son sus términos- presente en cierto libro de mi autoría. Toda una definición del politólogo, “con quien tanto quería”.