Actualidad Lunes 2 de agosto de 2010
Por Daniel Tort

El privilegio los cría...

La caradurez los amontona

Se ha cumplido nuevamente el rito oligárquico de la apertura de la exposición anual de la Sociedad Rural Argentina con un discurso del pseudo presidente Hugo Biolcati, plagado de descalificaciones al gobierno nacional, y a la figura presidencial en particular.

Biolcati con una oratoria arcaica y desajustada en términos históricos, aludió al mito del granero del mundo y puso especial énfasis en la corrupción y la pobreza.

Con una oratoria arcaica y desajustada en términos históricos, aludió al mito del granero del mundo, a la Argentina de 1910, y al posterior rumbo de la economía del País, que según el improvisado orador, ha sido decadente.

Y puso especial énfasis en la corrupción y la pobreza. A ese acto tan coqueto y selecto, donde la niñas de la alta sociedad porteña se pelean por tener un lugar, y donde las invitaciones son cuidadosamente seleccionadas en función de los intereses del momento, no estuvo presente ni la Presidenta de los Argentinos, ni funcionario alguno de la primera línea oficial, aunque alguno que otro oportunista se hizo ver, por las dudas, para ir anotándose puntos para el eventual acceso al poder de este sector en el 2011.

En alguna oportunidad el entonces presidente Alfonsín concurrió al evento, y fue sostenida y prolongadamente silbado desde los cuatro costados de las gradas. Al salir, un periodista le preguntó si no le inquietaba esa muestra de desaprobación, y el hombre respondió: “No, al contrario, estaría preocupado si me hubieran aplaudido” Una forma muy galante de tomar distancia de la elite reaccionaria e insensible del País.

Ser el granero del mundo –más allá de la discusión sobre la realidad y la falacia de tal frase- es una directa mención de cuánto extraña ese grupito la época en que se "tiraba manteca al techo"  [1] y se tenía "la vaca atada"  [2].
Ahora hay que pagar impuestos, afrontar retenciones, y hasta hay que aplaudir al ex presidente no electo por nadie, Eduardo Duhalde, presente en el acto como si no le debiera nada a nadie, cuando precisamente fue él quien impuso a comienzos del año 2002, el sistema de la posteriormente tan denostada resolución n° 125.

El orador, fue fervientemente aplaudido cada vez que hablaba de la pobreza, y de los pobladores de las villas de emergencia del gran Buenos Aires, por hombres ataviados con trajes Armani, y mujeres sosteniendo trabajosamente sus carteras Vuitton, mientras forzaban los gestos para disimular, que a ninguno de ellos les importa verdaderamente, ni los unos ni los otros.

Pero el broche de oro lo puso el supuesto representante de los trabajadores del campo, el sindicalista Gerónimo “Momo” Venegas, que se hizo un tiempito para estar en la platea a lado de los terratenientes que explotan sistemáticamente a los peones que el nombrado debería defender. Pero en vez de estar luchando contra el trabajo en negro y el trabajo infantil –que en el sector rural registran los más altos índices en Argentina-, fue allí a recibir los aplausos que la platea le prodigó en abundancia.

Los mismos aplausos que le hubieran producido preocupación a Raúl Alfonsín, a este dirigente ex obrero le produjeron una alta cuota de egolatría. En ese mundillo y con el lugar que se ha ganado entre iguales, nadie le preguntará cómo es que de ser peón rural pasó a tener grandes extensiones de tierra en Necochea, y viajar en taxi aéreo de U/S 4.000.- por cada viaje, para visitar las obras de Médano Blanco que implican una inversión de veinte millones de pesos en un complejo turístico, que por supuesto ningún obrero rural de La Rioja o de Salta llegará a conocer.

Es más, la mayoría de ellos no llegará a enterarse siquiera que existe esa gigantesca obra, cuando ellos son precisamente, con sus aportes, los que lo construyen.

En ese entorno tan particular, también fue aplaudido Mauricio Macri, a quien tampoco nadie osaría preguntarle en ese entorno tan paquete, cuándo saldará la deuda de canon del Correo Argentino que junto con su padre, dejaron pendiente en los años dorados de "La Rata".

En realidad, lo que Biolcati y los de su calaña extrañan, son los viejos tiempos en que un general dictador se hacía llevar en carroza adornada con rositas rococó, hasta el predio de la Rural, mientras corría a bastonazos a los molestos intelectuales en las universidades del País, que tenían la mala costumbre de entrometerse en temas tales como análisis de economía y de política, y generando la intranquilidad de tener que escuchar comentarios sobre la reforma agraria, la distribución de la riqueza, y las convenciones colectivas de trabajo, o la jornada limitada y los beneficios de la seguridad social. ¡Con lo costoso que les resultaban todos esos proyectos a los sufridos propietarios de la Pampa Humeda!.

La Presidenta de los Argentinos, como dijimos, no estuvo en el evento. El hombre del llano, que tal vez no analice ni histórica ni socialmente esa ausencia, intuye sabiamente, que tiene que apoyarla.
No será tal vez un apoyo incondicional, ni tendrá por ello el convencimiento de que por ese lado vendrá la revolución liberadora, pero su instinto le asegura sin error, que todos los presentes en las gradas de la Sociedad Rural, son sus enemigos.

Y al contrario de la opaca clase media, -garante del medio pelo social que sueña con estar en esa tribuna-, cuando tenga que elegir en las urnas, no se cruzará de vereda. Tal vez en esta orilla no tenga lo que quisiera tener, pero sabe que con los de enfrente, siempre estuvo peor.

Por suerte estos personajes tienen también el defecto de pecar de figurones, y al exponerse en los medios para decir las estupideces como las que dijo Biolcati generan anticuerpos sociales. Solo basta mirar el desfile de animales –no en la tribuna, sino en los corrales- para acordarse a quién pertenece la riqueza de los privilegios del campo, y a qué lugar pertenecemos los demás, que solamente la vemos por televisión.

Notas

[1Durante la década de 1920 florecieron en Buenos Aires las patotas de los llamados pitucos o niños bien, hombres jóvenes de la mejor sociedad que mataban su aburrimiento en los cabarets de moda. Al llegar la madrugada, después de haber consumido unas cuantas botellas de champán, la diversión favorita consistía en colocar los pancitos de manteca que habían sobrado de la cena en la punta de algún cubierto, que hacía las veces de catapulta. Desde entonces, "tirar manteca al techo" ha quedado en la conversación corriente como expresión de juerga, de despilfarro un poco loco, de pasarla bien a todo trapo.

[2En nuestro país, donde los animales se crían a campo abierto, resulta incongruente pensar en una vaca "estacionada". En esas condiciones sólo se trabaja cuando el tambero debe ordeñarla. Así quedó asociada la idea de algo, como es el caso de la leche, con las ventajas de contar con los medios y las condiciones para ello. El dicho, que nació en la época de nuestra mayor prosperidad agrícola, guarda también relación con una costumbre que ciertas familias practicaban en aquellos tiempos dorados. En su libro Manucho, el poeta y novelista Oscar Hermes Villordo, se refiere así a ella: "El viaje al Viejo Mundo resultaba obligatorio en la vida de las familias tradicionales, que hasta bien entrado el siglo se trasladaban con sus hijos a Francia (en algunos casos también con sus sirvientes y aun con la vaca para la leche de los chicos)". Esos traslados exigían tener el animal atado durante la travesía. Y, además de asegurar la alimentación infantil, configuraban un símbolo de alto prestigio. La frase ha quedado como signo de omnipotencia. Quien "tiene la vaca atada" está en mejor posición para ordeñar beneficios allí donde se encuentre y en el momento que se le antoje.

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