El vuelo de la falta de límites sin escalas

Antonio Gutiérrez
julio 6 /2015

El psicoanalista Jacques Lacan hablaba del discurso capitalista como un discurso circular sin pérdida, capaz de reabsorber sus propias miserias y transformarlas en ganancias, en una operación de reciclaje donde todo se reintroduce en el circuito y transforma en mercancía, aun la escoria y las calamidades. Hoy la relación estructural del discurso capitalista con el discurso de la ciencia, y el desarrollo de la tecnología, hacen patente esa condición.

La histeria decidida no reparó en hacer perder el empleo y la reputación a dos incautos e irresponsables pilotos aéreos que pisaron el palito y se dejaron subyugar por los encantos físicos femeninos.

Un ejemplo paradigmático de esa circularidad, de ese recorrido que se plantea sin falta, es el reciente episodio en el avión de la compañía Austral: un suceso repudiable se convierte en una fuente lucrativa, la irresponsabilidad y la violación de las normas devienen en un plus de ganancia, el hecho filmado por un teléfono celular es luego difundido por todos los canales televisivos como un producto informativo que genera el interés y consumo de millones de espectadores e instala, a quienes “delinquen”, en cotizadas figuras mediáticas.

Como en una banda de Moebius no hay anverso ni reverso. El mal deviene en un bien, el defecto en virtud, lo repudiable en deseable y viceversa. Meses atrás la filmación de un robo, donde un “motochorro” encañona con un arma y roba a un turista extranjero, se convirtió, para el ladrón, en una fuente inesperada de ganancia: fue invitado a diversos canales televisivos, su imagen fue promovida y hubo gente que hasta le pedió autógrafos a la salida de las emisoras. No habrán faltado quizá quienes le propusieran editar un libro sobre su vida. En síntesis, lo que antes se ocultaba, lo repudiado, lo que iba a parar al altillo, hoy se desnuda y ocupa en centro de la escena, se transforma en negocio. La civilización, por un moviendo circular, nos reenvía a aquello mismo de lo que prometía sacarnos.

En el caso del avión hay un plus de ganancia no sólo para quien filma la escena y entrega el video o para las empresas mediáticas que aumentan el ranking, sino también para los abogados patrocinadores de los pasajeros de un vuelo sin límites que ven en la filmación la oportunidad del redituable negocio de las indemnizaciones por daño moral, en un tiempo en que la moral retrocede definitivamente frente al dinero.

El episodio en el avión de Austral es una cabal muestra de ese reciclamiento de la basura donde desaparecen los límites y se instala la desproporción y la desmesura de la época: un obrar irresponsable e individualista, que puso en serio riesgo al conjunto de los pasajeros de un avión por una parte y, la instrumentación del escándalo como beneficio por otra, la acción de lucrar a cualquier precio, inclusive arruinando las vidas y carreras profesionales de otros. La histeria decidida no reparó en hacer perder el empleo y la reputación a dos incautos e irresponsables pilotos aéreos que pisaron el palito y se dejaron subyugar por los encantos físicos femeninos.

Es posible que quienes supuestamente idearon el episodio, supieran que iban a arruinar la carrera de dos personas, pero no le importó en ese caso, con tal de lucrar de una u otra forma con el video. La culpabilidad indiscutible de unos no quita la ausencia absoluta de ética de otros. No hay inocencia en la operación, sino intencionalidad de ir siempre más allá y causar escándalos mayores, que para ser hoy lucrativos necesitan (dado que el escándalo ha fracasado y ya nadie se escandaliza de nada) adentrarse en terrenos cada vez más peligrosos como es poner en riesgo la seguridad de un viaje aéreo.

En el mejor de los casos la realización de este tipo de fechorías tiene como propósito la promoción y la instalación de alguien en la totalidad del espacio mediático a los fines de que luego le lluevan las ofertas de contratos laborales de la farándula, invitaciones a canales televisivos, etc. Pero también cabe la posibilidad de que sea parte de una operación orquestada para la desestabilización política contra funcionarios, gobiernos o empresas.

Lo cierto en todo esto es que hoy, en el mundo, quienes triunfan y se enriquecen no son precisamente los justos, los serios, etc., sino aquellos otros individuos que hacen alarde de su falta de límites, de la desproporción y ausencia de ética. Un claro mensaje de estos tiempos.

  • Antonio Gutiérrez, Psicólogo y periodista
    antoniogutierrezalbelo@gmail.com