Equilibrio

agosto 16 /2010
Nélson Francisco Muloni

Jueces cuestionados

La noción de “equilibrio”, en términos físicos, está perfectamente definida y comprobada. Hay también conceptos económicos (de los que nos ahítan los poderosos con sus “equilibrios financieros”) y hasta emocionales y/o psíquicos, cuya escasez va afectando cada vez con mayor acrecencia a una sociedad que, como la argentina, anda más en el balanceo de la conveniencia propia o, lisa y llanamente, en el descuajeringue total.

La supuesta ley más benigna a favor del acusado, se transformó, para el periodista Acho, en una crucifixión económica.

Pero existe otro equilibrio (y su consecuente estado reactivo, el “desequilibrio”) que tiene que ver con los modos y la moral de cada persona lo que lleva a conformar un “equilibrio social” que, cuando está ausente, deviene en una forma que cada vez más, tiene la tangencia de lo cotidiano: la “injusticia”.

Porque, en estos términos, lo equilibrado es lo “justo”, que no debe ser confundido con la palabra “igual” que, socialmente, tiene otra significación. Lo justo, a veces, no es lo “igualitario” sino lo “equilibrado”. Siempre sostuve, y lo reitero, que la Justicia, entonces, es el primer factor de equilibrio social.

El periodista José Acho, editor del sitio Salta Libre, (Ver: La Corte revocó un fallo propio y volvió a condenar a un periodista) ha vuelto a ser víctima de la misma injusticia, condenado dos veces por el mismo (supuesto) delito. Es decir, la Justicia ha dejado de cumplir su papel de factor de equilibrio para convertirse en otro de desequilibrada justificación de la más pedestre excusa: la equivocación.

Nélson Francisco Muloni

No se subsana un error con otro error, como ha hecho la Corte de Justicia de Salta, al “corregir” un fallo errado que ratificaba una condena del juez Marcelo Torres Gálvez al periodista por supuestas “calumnias e injurias” contra el cantor “Chaqueño” Palavecino. Ese error de la Corte se cometió cuando ya se habían despenalizado los delitos por calumnias e injurias para casos de interés público. Es decir, los magistrados debieron haber aplicado ese principio y no ratificar el fallo del juez Torres Gálvez, hecho antes de la despenalización de tales delitos.

Reconociendo ese “error”, la Corte decidió revocar su propio fallo y, en lugar de beneficiar a quién fue objeto del desequilibrio corporativo judicial, volvió a condenar al periodista Acho aunque sólo con una multa de 12 mil pesos y no con la prisión en suspenso que cargaba el trabajador. La supuesta ley más benigna a favor del acusado, se transformó, para Acho, en una crucifixión económica.

Este ejemplo, me pareció el más adecuado para exponer como un hecho de perversión institucional determinada situación en la que los poderosos (“Chaqueño” Palavecino) vuelven a romper el equilibrio con la aquiescencia judicial que, precisamente, deja de ser aquel “primer factor de equilibrio social” que mencioné.

Días pasados, el titular de la Federación de Magistrados, Abel Fleming, se refirió a los efectos de las demoras que la Justicia imprime, sobre todo, a los hechos sociales. Para Fleming, “los hechos que aparecen flagrantes, que son interceptados por la Policía y que son la mayoría de estos casos, está claro quiénes son los culpables.

En los momentos posteriores a cometer los hechos, lo que tenemos que hacer son procedimientos diferenciados de fácil comprobación, no importa la gravedad que tenga, porque en una salidera bancaria donde la Policía detiene a los delincuentes no puede suceder que la sentencia se dicte tres años después del episodio. En 10 días la sociedad tendría que ver respuestas. Si eso ocurriera, la gente tendría mayor tolerancia”.

Y agrega: “Cuando hay flagrancia, la sociedad debe recibir la respuesta de la Justicia de manera inmediata. Entiendo la reacción de la sociedad por el miedo, pero no debemos paralizarnos, ni tampoco encarcelemos a todos el mundo o liberemos a todo el mundo irresponsablemente”. Esto es pretender, al menos, el equilibrio.

El caso por el secuestro y desaparición del ex gobernador Miguel Ragone, supone otra magnificación de la perversión judicial: nadie, en su sano juicio, podría imaginar que un caso, por escabroso que fuere, pueda demorar el tiempo que lleva éste, anegado en los despachos de jueces y defensores buscando que el meandro de esa causa sea aún mayor para deslegitimar el sentido mismo de la Justicia.

Pero, miles son los casos y las causas que crecen entre los intersticios de la Justicia que, además de inservible, está llena de especímenes más propensos a resguardarse de los intereses políticos de turno antes que de dar un algún ejemplo magnífico de equilibrio social cuando los pobres, que son pobres en serio en Salta, aguardan con los ojos expectantes de tristeza, al menos la mitigación del dolor a través del fallo justo que casi siempre, terminará demorando tanto como la profundidad de ese sufrimiento, acrecentado por el escarnio, la indignidad y la humillación de los procedimientos judiciales y los pedorreos abogadiles.

El equilibrio, no es que los jueces pongan sus traseros en las poltronas de sus despachos, pretendiendo el “igualitarismo” (todos se joroban por igual en la balanza judicial) sino en la afirmación de la sensatez y, fundamentalmente, en la convicción de que la Justicia, es, precisamente, eso: puro equilibrio.