Escabrosos detalles de un secuestro

diciembre 7 /2009

Aldo Melitón Bustos

Raúl Federico Bustos ratificó hoy que el coronel retirado Carlos Alberto Arias fue uno de los secuestradores de su padre, el escribano Aldo Melitón Bustos, que permanece desaparecido desde el 2 de febrero de 1978.

Allí vio a Arias, el hombre que lo había encañonado y lo reconoció a pesar de que ya no llevaba bigotes.

Raúl Bustos, que a los 16 años presenció el secuestro de su padre, declaró en la tercera audiencia del juicio oral y público que en el Tribunal Oral en lo Federal Criminal de Salta se sigue contra Arias y el también coronel retirado Luis Angel Gaspar Zírpolo, acusados por privación ilegítima de la libertad y el homicidio de Melitón Bustos.

Se lo llevaron encapuchado

“Está sentado acá a mi derecha”, aseguró Raúl Bustos cuando se le preguntó si reconocía y podía señalar a Arias. El testigo ratificó que el acusado fue quien le apuntó con un arma cuando, junto a otro hombre al que no reconoció, se llevó a su padre, en la madrugada del 2 de febrero de 1978, en Tartagal.

“La noche del 2 de febrero de 1978 sonó el timbre. Bajé a atender, pregunté quién es: ‘Gendarmería’, dijeron y mi padre dijo que abriera.

Abrí y una persona me encañona, me toma de los pelos, hace que me arrodille. Viene mi papá, lo encañonan, lo ponen contra la pared opuesta a donde estaba yo, le hacen levantar las manos, le ponen para atrás las manos y lo atan. Lo encapuchan pero antes dice: ‘Son del Ejército, son del Ejército’, y se lo llevaron en calzoncillos y camiseta malla”, narró el único testigo de la jornada.

Detalló que pudo ver bien a Arias porque se encontró con él al abrir la puerta, y estaba a cara descubierta. Lo describió como un hombre alto, rubio, de bigotes a quien vio por primera vez esa madrugada. Los dos hombres que entraron a la casa estaban de civil, otro esperaba en un automóvil Dodge 1500 amarillo, al que también alcanzó a ver y reconoció como uno de los vehículos que usaban habitualmente los hijos del que hasta hacía poco era jefe del Regimiento de Monte 28 de Tartagal, Héctor Ríos Ereñú.

Temor y persecusión

Raúl Bustos relató que vió que el automóvil dobló por la calle 20 de Febrero, junto a la concubina de su padre, Eva Carrillo, subieron al Torino rural de la familia y siguieron al Dodge a corta distancia, vieron que a la altura de la entrada del Regimiento de Monte 28 aminoró la marcha pero luego siguió de largo, hasta que en el camino entre Mosconi y Cornejo los secuestradores doblaron en u y volvieron hacia los perseguidores. Entonces Raúl Bustos y su madrastra regresaron a Tartagal, Carrillo quedó en la Comisaría y Raúl regresó a la casa, desde donde llamó a su tío, Heraldo Bustos, que residía en Salta capital.

Ese mismo día, 2 de febrero, Raúl Bustos fue buscado por la Policía para que declarara sobre el suceso de la madrugada. En esa primera declaración el muchacho nada dijo sobre la pertenencia de los secuestradores al Ejército; según explicó, lo calló por temor.

Sin embargo, el 6 de febrero, en un habeas corpus presentado en la Justicia Federal, los familiares del escribano ya aclararon que el hijo estaba en condiciones de identificar a uno de los secuestradores.

Notoriamente emocionado durante toda su declaración, Raúl Bustos contó que volvió a ver a Arias horas después del secuestro, la misma mañana del 2 de febrero, cuando acompañó a su tío Heraldo al Regimiento de Monte 28. Allí vio al hombre que lo había encañonado y lo reconoció inmediatamente, a pesar de que había cambiado levemente su fisonomía: ya no llevaba bigotes.

Vivir amenazado

Sin embargo, ese día tampoco conoció la identidad del secuestrador, la que recién supo días después, cuando lo vio en la terminal de ómnibus de Tartagal y su tío le dijo que era el entonces teniente Arias. Raúl Bustos no volvió a cruzarse con el militar sino hasta la iniciación de esta investigación judicial; en 2007, mientras esperaba en los tribunales la presencia de varios militares convocados a declarar, lo vio caminar hacia el Juzgado Federal Nº 2 y lo reconoció inmediatamente.

Sus propias palabras y las preguntas de las partes llevaron a Raúl Bustos a hacer una revisión de su propia actuación durante y luego del secuestro de su padre. “Esa es la parte más difícil de esta historia”, respondió compungido cuando el fiscal Eduardo Villalba le preguntó si había pensado acerca del hecho de que él había abierto la puerta para dejar entrar a los secuestradores.

El testigo memoró que su padre vivía amenazado, le dejaban notas en el parabrisas de su automóvil, recibía llamadas advirtiéndole que lo iban a matar y hasta había sido amenazado en persona por el entonces teniente primero Arnaldo Luis Bruno. Por eso la familia había pensado formas de protección: se había levantado otra puerta en la entrada de la casa; dormían con la ropa lista con el fin de huir por los techos si se presentaba el Ejército, incluso habían acumulado palos y piedras, con la idea de repeler a posibles atacantes.

Raúl Bustos dijo que esa preocupación extrema se terminó cuando su padre fue a hablar con el jefe del Regimiento, Ríos Ereñú, quien le habría dado garantías de seguridad. La tranquilidad lo había llevado a autorizar que Raúl viajara a Bolivia, país al que iba a partir el 2 de febrero.

Cruces

Raúl Bustos tuvo que explicar largamente los motivos por los que no mencionó al Ejército en su primera declaración ante la Policía luego del secuestro de su padre, el mismo 2 de febrero de 1978.

“Aldo Melitón Bustos no estaba criando un hijo bobo. Si yo entro en ese momento a la Comisaría y digo que los que se llevaron a mi padre eran del Ejército y los puedo reconocer, en este momento no estoy sentado aquí, soy el desaparecido 30.001”, afirmó.

Recordó que fue solo a declarar. “Me buscaron y fui. Me metí de nuevo en la boca del lobo”, ejemplificó.

A pesar de estas afirmaciones, y del contexto histórico en el que ocurrieron estos hechos, el presidente del Tribunal, Roberto Frías, insistió más tarde en inquirir nuevamente sobre los motivos por los que no acusó al Ejército en su primera declaración. Como el testigo no era terminante en su respuesta, no decía claramente que había sentido temor, el juez terminó por concluir que “no había por qué desconfiar” de la Policía, dado que se trataba de una fuerza distinta a la del Ejército. También le preguntó por qué no fue a la Gendarmería.

Las afirmaciones del presidente del Tribunal provocaron la reacción del abogado de la querella, David Leiva, que se opuso al interrogatorio recordando que ya se sabe, y es cosa juzgada, en el juicio a las Juntas Militares, que durante la dictadura militar iniciada en 1976 las policías y la Gendarmería dependían del Ejército.

La oposición sacó de quicio al juez, dijo que este tribunal está buscando la verdad y que en ese afán no se siente presionado por ninguna decisión judicial anterior. “Acá estamos para no perder el tiempo”, añadió, y quiso terminar la discusión con un “basta” que no impidió que el querellante ratificara su oposición.

En la misma línea el juez insistió en preguntar al testigo por qué no había pedido ayuda a gritos ante el secuestro de su padre. Raúl Bustos se encontró de esta manera tratando de justificar que un adolescente de 16 años hubiera decidido perseguir a los secuestradores en lugar de alertar a los vecinos (algo que no se hacía en la época por el terror implantado por la dictadura). “Yo reaccioné así, señor, no tengo explicación para darle”, respondió.

Luego, por preguntas de la querella, contó que la casa de su padre había sido allanada “en varias ocasiones” por miembros de la Policía Federal y la Policía de la provincia, una explicación para su afirmación acerca de que había entrado “a la boca del lobo” cuando fue a denunciar el secuestro de su padre.

La audiencia continuará el miércoles, con más testimonios.

Obediencia debida

Durante su paso por el Ejército el coronel (RE) Carlos Alberto Arias “no cuestionaba las órdenes y no permitía que las cuestionen”.

Así se definió el propio acusado cuando declaró, en junio de 2007, ante el juez federal Miguel Medina, que tuvo a su cargo la primera etapa de investigación del secuestro y desaparición de Aldo Melitón Bustos.

En la jornada de hoy se leyeron las declaraciones indagatorias prestadas por los acusados en la instrucción. En junio de 2007 el juez Medina convocó a Arias para una tercera indagatoria, en la que lo confrontó con los dichos de testigos, entre ellos Edgardo Laurenci, quien cumplió el servicio militar en el Regimiento de Infantería de Monte 28 de Tartagal. El testigo recordó que Arias “era muy xenófobo”, discriminaba a los conscriptos, que “le tenían terror” y llegaba a decir que el Ejército no tenía que estar en un lugar como Tartagal.

Arias reconoció entonces que “siempre fue muy severo”, que no se hacía amigo de los “subalternos”, era exigente pero primero era estricto con él mismo, era “muy eficiente” y no cuestionaba las órdenes que recibía ni permitía que las cuestionaran otros, aunque sostuvo que jamás fue acusado de haber incurrido en abuso de poder y “nunca maltrató a ningún subalterno”.

Tanto Arias como el coronel (RE) Luis Angel Gaspar Zírpolo, acusado por estar a cargo del Regimiento de Monte 28 cuando ocurrió el secuestro y homicidio de Aldo Melitón Bustos, negaron participación en este hecho. Arias dijo que la acusación le causaba un perjuicio y se reservó la posibilidad de iniciar acciones judiciales contra quienes lo acusan.

  • Crónica del juicio: Elena Corvalán