Arturo Frondizi por Albino Gómez

Frondizi, visto por un testigo privilegiado

junio 28 /2017
Dr. Carlos María Romero Sosa

A la proverbial generosidad del embajador Albino Gómez, debo el honor de ver anunciada mi participación hoy, en este recinto del CARI, en el acto de presentación de su libro sobre los años de gobierno de Arturo Fondizi.

¿Nuestro destino es continuar siendo un país abastecedor de alimentos o tenemos derecho a construir una Nación con industria pesada, energía, comunicaciones, y pan, trabajo, cultura y libertad para todos sus hijos? (Frondizi)

En verdad constituye una segunda oportunidad de manifestar aquí, frente a tan distinguido auditorio, el fraternal cariño y la admiración intelectual que siento desde antiguo por este proteico exponente de la cultura nacional que viene enriqueciendo la actividad literaria, la profesión periodística, la vida política y la vida diplomática argentinas. En efecto: el 7 de agosto de 2014, también fui inmerecidamente convocado por él para referirme a su obra poética reunida bajo el título “Sólo se trató de vivir y amar.”

Sin embargo, en este caso y contra mis más fervientes deseos, me resulta imposible estar presente. “El hombre propone y Dios dispone”, reza el Libro de los Proverbios. Un accidente tonto –ningún accidente es ingenioso- ocurrido en la Feria del Libro devino en una operación de cadera que se complicó con un coágulo en el pulmón, problema al que espero sobrevivir con la ayuda divina y mariana, pese a que además de la mala suerte, tironea de parte de Abbadón, el Exterminador, una onerosa prepaga que no cubre prestaciones imprescindibles para mí en estos momentos.

Hay signos imposibles de anticipar hasta padecerlos en carne propia, característicos de una sociedad que se hizo comerciante vil antes que darse a practicar un capitalismo al estilo del que desarrollaran los viejos puritanos norteamericanos del siglo XIX. Una sociedad –no toda por supuesto- producto y cómplice de un Estado que perdió el rumbo sin duda en 1930, y ningún interés tuvo de reencontrar la senda el 55, el 62, el 66 y menos durante la barbarie del 76-83. Incluso cabe pensar con optimismo que bastante solidaridad ciudadana hay, bastantes gauchadas se ejercitan a diario, después que la negra noche de la dictadura enseñó con la pedagogía de la letra con sangre entra, a encogerse de hombros frente a sus crímenes; declarado “urbi et orbi” el dogma del “por algo habrá sido”. Sin embargo ha habido momentos en nuestra historia reciente –momentos estelares diríamos siguiendo a Stefan Zweig- que intentaron despertar conciencia y revertir ese proceso de decadencia política, económica y moral. Uno de ellos corresponde sin duda a la gestión que llevó a cabo con sus más y sus menos el doctor Arturo Frondizi.

Las más de 330 páginas de la obra de Albino Gómez sobre ese gobierno, salvo un breve y oportuno apéndice documental, corresponden como bien señala el prologuista, doctor Rosendo Fraga, a un diario privado, riguroso y comprometido con los hechos testimoniados con fidelidad, mérito singular en estos tiempos de postverdades y de mendaces autocorrimientos a primeros planos.

Juego a imaginar y me lo permitirá el humorismo del creador del subgénero situado entre la greguería, el aforismo y la cita erudita que es Albinísimas, que alguien ajeno al drama argentino de golpes de Estado sucesivos y a la vez conocedor de la capacidad novelística y creativa de nuestro amigo, podría tomar el libro como una ficción de espionaje a lo Graham Greene que va encaminándose fecha a fecha a un dramático final anunciado. Sólo que los planteos militares aquí descriptos en detalle, los acosos morales al presidente constitucional y los embates de cierta prensa, ocurrieron hace menos de seis décadas y aquí mismo.

En los primeros capítulos, el pulido verbo del autor nos sitúa en un momento histórico inaugural; en una suerte de epifanía donde los proyectos madurados por largo tiempo en los gabinetes de estudio: los reflexivos sueños acariciados por el mandatario y su principal asesor: Rogelio Frigerio y su grupo La Usina al que perteneció el memorialista, aparecen encaminándose a hacerse realidad. Este libro nos hace entonces espectadores privilegiados, por ejemplo, de la batalla del petróleo; de la tesis gubernamental en su hora tan criticada de no aislar a la Cuba revolucionaria; del afanoso intento de desarrollo de la industria pesada, haciendo caso omiso a las críticas incluso de una Iglesia local que sin tomar debida nota de lo que significaba que San Juan XXIII ejerciera la Cátedra de San Pedro y abriera las ventanas del Vaticano a los aires nuevos, era empecinadamente preconciliar. Prueba de ello es que llegó a juzgar riesgosa la industrialización porque crearía proletariado con conciencia de clase y proclive al marxismo, tal como había ocurrido después de la Guerra en la Italia del norte. Algunos jesuitas intransigentes, el padre Julio Meinvielle que tituló un artículo en su revista Presencia con la pregunta: “Puede ser presidente de la República Argentina un agente comunista” y ciertas jerarquías eclesiásticas del tipo de Monseñor Plaza, ignoraban tanto del mundo y de sus cambios, que un día 26 de marzo de 1967 fueron sorprendidos por la encíclica de Paulo VI Populorum progressio con su regla de oro “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.

Para tener una visión totalizadora de Albino Gómez en tanto actor político entonces veinteañero o poco más, bueno sería haber accedido a las confidencias de Frondizi y Frigerio sobre los valores sobresalientes que supieron hallar en él para situarlo en tan importantes situaciones y hacerlo partícipe de momentos decisivos del gobierno desarrollista. (Hago mea culpa por haberme privado de esas revelaciones.)

Porque si al presente resulta fácil dar fe de de su ética sin dobleces, de su intelecto poderoso dirigido al bien común y el servicio de la Patria, de su actitud ante el conocimiento más de sabio que de mero erudito, en la que como al romano nada humano le es indiferente, cuánto habla de la intuición de aquéllos estadistas el hecho de haber advertido e impulsado el lucimiento de Albino Gómez en el gran tablero nacional e internacional; y ello al encomendarle responsabilidades mayúsculas que supo sortear con ingenio, lealtad, habilidad política y entusiasmo por la causa. No es posible soslayar los detalles de su rol jugado en la visita del Che Guevara al presidente.

A.G. llegó al mundo de la diplomacia de la mano de su amigo de juventud: Carlos Alberto Florit, primer ministro de Relaciones Exteriores del doctor Frondizi. Al respecto vuelvo a ser autorreferencial con esta anécdota que conserva patente mi memoria: en vísperas del 1ero. de mayo de 1958, en tanto yo andaba en los juegos propios de un niño de seis años recién cumplidos, mi madre, tía de Carlos Alberto, interrogó a varios vecinos de nuestro edificio si tenían televisión para ver su juramento. Fue en vano, ninguno de los interrogados contaba con un aparato de TV en esa otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires y en ese otro barrio que también se llamaba de Recoleta, por parafrasear a Borges.

En el libro, es de subrayarlo, se le hace justicia al ahora olvidado intelectual de nota que fue Carlos Alberto Florit, orgulloso discípulo en España del filósofo Xavier Zubiri y autor de obras de resonancia en su momento como “Los militares y la guerra psicológica”, “Política exterior nacional” o “El roquismo”. No en vano en la página 147 le lee que “el presidente de Brasil, Janio Cuadros, pronunció en la exposición de pintura en la Casa Argentina en Río, el discurso que le escribió el ex canciller Florit. Fue entregado en español y traducido literalmente al portugués, sin modificar una frase.” De igual modo se realza la acción de otros titulares del Palacio San Martín hasta el golpe de 1962: Adolfo Mugica, Diógenes Taboada y Miguel Ángel Cárcano, así como de muchos otros dirigentes y funcionarios que gravitaron en esos momentos siempre críticos, desde Oscar Camilión, el economista Cecilio Morales o el intelectual Dardo Cúneo a Carlos Ortiz de Rosas, Raúl Quijano, Lucio García del Solar u Horacio Rodríguez Larreta.

Mencioné al comienzo los casi lugares comunes de la decadencia nacional y la pérdida de rumbo de buena parte de nuestra dirigencia. En ese sentido: ¿Es imaginable que un ex ministro –Florit fue a poco designado presidente del Comité de los 21- escriba por estos días discursos para ser leídos, “sin modificar una frase”, por el presidente de algún otro Estado y mucho menos el Brasil?

Otro punto para destacar es que la obra cuyo subtítulo alude a “La vigencia de un proyecto de desarrollo”, antes que un panegírico del gobernante es un historial de su mandato. Como que uno es el Frondizi, nacionalista de fines, que ocupó el sillón de Rivadavia desde 1958 a 1962. Otro distinto el más nacionalista de medios que lo antecedió con “Petroleo y política”. Y otro aun, aquel don Arturo final al que se lo podía ver caminando -apenas seguido por un único custodio- por las proximidades de su domicilio de la calle Beruti frente al Hospital Alemán. Un anciano quizá demasiado visitado por carapintadas y en extremo generoso perdonador de los asesinos de su hermano Silvio, influencias u opciones que hacían añorar a aquel que en los años de plomo suscribía, con valor cívico, solicitadas por los desaparecidos.

Si como afirma con convicción Albino, uno de los objetivos de su gobierno fue la pacificación, cabe lamentar que el contexto de odios y presiones militares hizo que zozobrara a veces tan alta mira. ¿Qué otra cosa sino represión lisa y llana fue el Plan Conintes exigido por ciertos altos mandos ofuscados en su antiperonismo? Pero la República contaba entonces con preclaras reservas morales y el primer acto de Alfredo Palacios al ser electo senador nacional por la Capital en 1961, fue visitar a los presos políticos y gremiales peronistas y a renglón seguido promover una interpelación al ministro del interior Vítolo. Valga aquí traer el recuerdo del prócer de la Justicia Social, los Derechos Humanos, el Reformismo universitario y el Latinoamericanismo. (El sector ghioldista del socialismo, en cambio, atacó a Frondizi por sus rasgos progresistas y coadyuvó al golpe).

El ensayo que no sin atrevimiento comentamos a vuelo de pájaro, como toda historia bien documentada, ha de ser “advertencia de lo porvenir” de acuerdo con la enseñaza impartida por Nuestro Señor Don Quijote. Y en ese sentido, fresca aún la reciente visita oficial del ingeniero Macri a la República Popular China y el interés demostrado allá por nuestros materias primas como la soja, en tanto la superpotencia asiática prepara el viaje a Marte para las próximas décadas, quiero concluir con esta profética inquietud del estadista que fue Arturo Frondizi, manifestada con socrática interrogación: ¿Nuestro destino es continuar siendo un país abastecedor de alimentos o tenemos derecho a construir una Nación con industria pesada, energía, comunicaciones, y pan, trabajo, cultura y libertad para todos sus hijos?

Vuelvo a agradecer al embajador Albino Gómez la invitación, al público la atención dispensada y a la doctora María Cristina Giuntoli, mi mujer, el haber puesto en su voz tan modestas palabras.

  • Carlos María Romero Sosa

Texto leído por la doctora María Cristina Giuntoli en la presentación del libro del embajador Albino Gómez: “Arturo Frondizi El último estadista de la Argentina”, en el acto celebrado el 8 de junio en el CARI (Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales)