Gobierno improponible

febrero 20 /2009
Dr. Carlos H. Saravia

Romero, Isa y Urtubey

Los trece meses del gobierno de Juan Manuel Urtubey no pueden calificarse sino de ineficientes. Nada indica que este año el rótulo vaya a cambiar, considerando que a la falta de luces hay que sumarle una reducción considerable de los recursos financieros que otrora se utilizaban para la compraventa de dirigentes con principios flexibles.

La realidad indica que el supuesto idilio del urtubeysmo con el Gobierno Nacional no se plasmó en beneficios concretos.

No existe área del gobierno que no se encuentre en crisis, ni periodista que pueda disimular la mediocridad del gabinete.

Demasiados funcionarios de alto rango se superponen en cada cartera ministerial y son pocas las poleas que les permiten traducir en hechos las iniciativas. La obra pública es el área más castigada por este esquema que propone cúpulas superpobladas y con alta remuneración en desmedro de funcionarios de campo que padecen la ralea.

La cuestión salarial se anuncia como el punto de conflicto que caracterizará un año difícil. Un rechazo transversal al anunciado incremento del 12% de los sueldos de la administración pública se tradujo en la huelga policial, la negativa a iniciar el período lectivo de este año y posibles paros en el sector de los trabajadores de la
salud y judiciales.

Caciques sindicales que gustan de mantener buenas relaciones con cualquier oficialismo -como Eduardo Abel Ramos y Virgilio Choque- han comenzado a agitar sus bases para evitar que los sectores más combativos medren sus feudos.

Los trece días del paro de la fuerza de seguridad mostraron a un gobierno autista, sin reflejos y con un ministro y una cúpula policial amordazados por un mandatario al que gobernaron las emociones. Se evidenció alta propensión a la represalia, el agravio personal y el falseamiento de información al ciudadano común. Debe quedar en
claro que fueron el desastre del norte provincial y la impropia estrategia de cortar una ruta los que obligaron a los huelguistas a desistir y no las amenazas.

Será el hermetismo el método que se aplicará a todos los sectores que transitarán por el reclamo salarial? Acaso a la diatriba se sumará el sofocamiento violento utilizando una fuerza mal paga? El oficialismo debe analizar detenidamente las causas que condujeron a los policías a ganar las calles lastimando sensiblemente su imagen y proponer nuevos métodos de solución a los conflictos. Los docentes ya
probaron que son un sector duro que no se arredra con la intimidación y que es perseverante en sus posturas reivindicatorias.

A comienzos de diciembre Urtubey anunció la reducción del gasto público y todavía se desconoce cuáles son las medidas que pretenden traducirlo en algo tangible. La parca postura frente a los pedidos de aumento de sueldos se deslegitima de solo pensar en los excesos.

Basta con visitar el aeropuerto cada mañana para advertir la cantidad
de funcionarios que peregrinan sin agenda concreta por Buenos Aires aprovechando un inexplicable cupo garantizado por el Estado Provincial a Andes Líneas Aéreas.

También repugna que sean casi mil los “asesores” sin cargo fijo en el Poder Ejecutivo, muchos de los cuales perciben sumas impúdicas sin que se les exija contraprestación. Acaso el ex ministro Nicolás Juárez Campos puede justificar su elevado sueldo cuando fue defenestrado por notorias negligencias en el anterior conflicto policial?

No son las únicas malas nuevas. Las esquirlas de Tartagal no solamente alcanzan a un gobierno nacional que cumplió a medias sus compromisos de asistencia económica para una zona recientemente castigada por las lluvias, sino a parientes y funcionarios del gobernador ligados a empresas agropecuarias que han talado miles de hectáreas de bosques y ahora son acusadas de contribuir a la catástrofe. Cuántos son los muertos que guarda en su placard este gobierno?

La realidad indica que el supuesto idilio del urtubeysmo con el Gobierno Nacional no se plasmó en beneficios concretos. La voracidad kirchnerista por el presupuesto involucra una sustracción importante de recursos provinciales –en el año 2008 alcanzaron los 400 millones de pesos- que no son reclamados por un mandatario temeroso de entorpecer sus relaciones político-partidarias. Exagerado especulador de su derrotero personal busca instalarse como presidenciable para el 2015 y descuenta
que será reelecto en el 2011. Por ello, sacrifica jirones del federalismo que declamó en octubre de 2007.

Mientras Juan Carlos Romero esperó dos mandatos para proyectarse al espectro nacional, nuestro gobernador se muestra más ambicioso y quiere beber todo el poder de un solo trago. Es este el motivo por el que destruyó en apenas tres meses la alianza que lo condujo al triunfo y se recuesta sin pudor en el peronismo con el que
contrastó en los últimos comicios. Marginó a Andrés Zottos de las decisiones y ahora busca acotar el poder creciente del intendente capitalino Miguel Isa, que ya anunció disputará la más alta magistratura.

Al margen del ímpetu que le imprime a sus pasos, este gobierno carga con un pecado original que conspira contra esta inercia. La herencia romerista fue aceptada sin beneficio de inventario y eso comprende la continuidad de un sistema republicano devaluado y de funcionarios con alto perfil corrupto que compatibilizaron admirablemente con familiares y allegados de Urtubey.

Sin perjuicio de las elucubraciones individuales, pareciera una verdad de Perogrullo que ningún mandatario provincial puede proponerse como piloto de tormentas de la Argentina, que insiste en ser compleja, si no acierta en su tarea local. Es en este punto del análisis que su gestión no sólo se advierte magra sino, también, improponible en el futuro.