Había una vez ...

agosto 1ro /2011
Daniel Tort

“Cuenta la historia que en aquel pasado Tiempo en que sucedieron tantas cosas Reales, imaginarias y dudosas…” (Fragmento del poema “La Luna” de J. L. Borges). Había una vez un país en el que sus habitantes soñaban con cambiar el mundo. Y a pesar de lo arduo y utópico de esa quimera se lanzaron entusiastas y sonrientes a la empresa. Plenos de ingenuidad, ebrios de juventud y carentes de patrimonio alguno empezaron a organizarse, teniendo como principal reducto los ambientes de las universidades.

Los niños desnutridos de aquellos comienzos eran ahora adultos desnutridos y sus padres desempleados eran ahora jubilados sin jubileo.

Se formaron con dedicación y esmero, se fueron forjando como hombres de ciencias, estudiaron e investigaron y sobresalieron en todas partes del mismo mundo que querían cambiar.

Una revolución gestada por un compatriota en una isla lejana inspiraba a muchos de ellos y lo tuvieron por guía teórico y después práctico de lo que había que cambiar.

Nunca más habría niños desnutridos, ni hombres sin trabajo en ese País.

Ya verían los incrédulos de lo que eran capaces.

En una noche muy fría de invierno, por decisión de un dictador con enorme bigote y pequeñísima cantidad de neuronas, fueron desalojados con golpes de largos bastones policiales.

Fueron presos, maltratados, humillados y exiliados.

Fue la primera caída en esa empresa y decidieron esperar mejores tiempos para recomenzar.

Muchos de ellos nunca volvieron, y todavía se los extraña.

Un año después, en una escuelita rural de un pequeño país limítrofe asesinaron a quien los inspiraba, pero, lejos de amilanarse, ese hecho los marcó para siempre.

Y los improvisados que pensaron que el certero uso de unas pocas balas les serviría para acabar con el problema, rápidamente comprendieron que con su muerte le habían dado una nueva vida más plena, más nueva, más íntegra y sobre todo más perdurable que la anterior.

Otro año más tarde los ecos de un mayo revolucionario lejano en el que otros soñadores reclamaban con realismo lo imposible, les dieron nuevas fuerzas para volver a comenzar.

Se sintieron parte de una nueva historia, con muchos aciertos y muchos errores.

Y desde la romántica clandestinidad, en total inferioridad de condiciones, se armaron para llevar a un crudo escenario su nuevo intento de cambio.

Y de nuevo aparecieron las cabezas aneuronadas que sirviendo complacientemente a otras economías y otros imperios los secuestraron y desaparecieron durante años a ellos y a todos los que tuvieran contacto con ellos.

Por las dudas.

Comenzaba otro proceso.

Vinieron años de incertidumbre, de pobreza, de escasez, de silencio, de brutalidad, de ignorancia, de torneos mundiales de fútbol, de intrigas, de ejemplos para olvidar y de aprendizajes de la realidad que no fue derecha ni humana.

Ese reino del terror finalmente terminó, pero dejando un costo enorme de treinta mil ausencias.

Y nuevamente a los que quedaron el ciclo de la historia les dio renovada vitalidad para creer, para confiar, para emprender, para abrazar la nueva esperanza de cambio que les ofrecía un nuevo sistema presentado como civilizado, casi perfecto.

Muy occidental y muy cristiano.

Se lanzaron tras los nuevos ídolos de la oratoria, llevando adelante cada tantos años un curioso ritual donde elegían candidatos que otros ya habían previamente seleccionado.

Los cambios progresivos que se les habían prometido, a pesar de la pregonada participación y de haberles hecho creer que cada uno de ellos eran protagonistas y no meros espectadores, no aparecían.

Y así pasaron años tras años y pudieron comprobar que los que a fuerza de fusil y censura habían implementado la inequidad como paradigma, todavía estaban presentes en la realidad.

Esa realidad impensada, sin cambios, sin esperanzas, sin futuro, sin utopías, plena de mediocridad y bajezas.

Los niños desnutridos de aquellos comienzos eran ahora adultos desnutridos y sus padres desempleados eran ahora jubilados sin jubileo.

Había pasado tanto tiempo y ningún tiempo.

Había una vez en un país una generación de hombres y mujeres que advirtieron que debían retomar las fuentes, desandar el camino del engaño, en definitiva, comprendieron que tenían que volver a empezar.

Con los mismos anhelos, las mismas ganas, los mismos sueños y enteramente dispuestos a enfrentar otros bastones, otras balas, otros miedos.

Y se lanzaron sin reparos a esa empresa, volando sobre treinta mil ejemplos, construyendo y riéndose de quienes creen que ha sido en vano el destino de los que partieron antes.

Continuará…

  • Daniel Tort
    Abogado y periodista.