Hidalguía y coherencia de un parlamentario prócer

abril 24 /2017
Dr. Carlos María Romero Sosa

El 20 de abril último se cumplieron 52 años de la muerte de Alfredo Palacios cuya figura agiganta el tiempo; tanto más comparada con la general medianía de la dirigencia política actual.

Del mismo modo que la vida humana y la dignidad de los trabajadores explotados, Palacios defendió la libertad y las garantías individuales.

Si bien a los integrantes de ella, en tanto constituir el genio un don avaro de la naturaleza, sería absurdo exigirles la prodigiosa inteligencia que poseyó el primer diputado socialista de América, adelantado y tratadista del Nuevo Derecho y autor de las inaugurales leyes obreras del país, sí debieran ofrecer estos políticos de hoy a la ciudadanía, a cambio del sufragio que le reclaman, honestidad en grado de escrupulosidad, coherencia ideológica y un mínimo de pericia para la función pública. Pero así venimos de lejos y así estamos chapoteando en la decadencia.

Palacios representa un lujo quizá inmerecido para esta Argentina de la que son distintivos, aun más que el dulce de leche y los colectivos, Maradona y Messi, la viveza criolla, la transfuguiada partidaria, la corrupción administrativa, las promesas electorales a sabiendas de su imposible cumplimiento y las ideas sostenidas con fingido apasionamiento por los candidatos, hasta que deja de ser políticamente correcta su formulación o hasta que, de tanto banalizarlas, se convierten en aquellos “significantes vacíos” de que habla Ernesto Laclau.

Tarea edificante para la ciudadanía será entonces detenerse a leer entre tanta frivolidad que sale al paso, los debates parlamentarios del líder socialista, presentes entre otros volúmenes suyos en “La Justicia Social” (1954) entablados con contrincantes en muchos casos de gran nivel como Matías Sánchez Sorondo o el salteño Carlos Serrey. Se comprobará que resultan verdaderas lecciones de hidalguía, en lo que hace al trato con los colegas de banca que sostenían posiciones opuestas a las suyas; a más de ser ejemplos de reflexión, de severa argumentación y de sustancia ajena en el mejor de los casos a la retórica sofística y en el peor al palabrerío comiteril.

Humanista y humanitario, defensor de la elevación social y la igualación laboral y política de la mujer, sempiterno denunciante de la tortura y las policías bravas, se opuso a la pena de muerte y en su obra “El socialismo argentino y las reformas penales”, se trascribe una memorable intervención suya en el Senado de la Nación -en 1933- donde patentiza su coherencia intelectual y ética ajena por lo demás al dogmatismo.

Así, al tratarse en el recinto la reinstauración de la pena de muerte según un proyecto enviado por el Poder Ejecutivo, expresó su oposición fundándola prioritariamente en su íntima creencia en la inviolabilidad de la vida humana, visión tan afín con la del cristianismo en que abrevó en su niñez y juventud, cuando participó en los Círculos Católicos de Obreros fundados por el sacerdote redentorista alemán Federico Grote, antes de abrazar con romántica convicción el socialismo sin que hacerlo haya sido nunca obstáculo para venerar en su casa alquilada de la calle Charcas 4741, un cuadro de Jesús y trabar fraternos vínculos con los religiosos Amancio González Paz y Monseñor Miguel de Andrea, el “Obispo Rojo”, así tildado en su hora por sectores de la oligarquía.

En el mencionado debate reclamó para sí con justificado orgullo: “En 1906 presenté mi primer proyecto de ley aboliendo la pena de muerte. En 1913 formé parte de la Comisión Reformadora del Código Militar que se nombró a mi iniciativa y que integraban los doctores Manuel Gonnet y Vicente C. Gallo En 1914 reproduje el proyecto de 1906.”

Del mismo modo que la vida humana y la dignidad de los trabajadores explotados, Palacios defendió la libertad y las garantías individuales –en la década del treinta actuó junto a Lisandro de la Torre en la recién fundada Liga por los Derechos del Hombre- y es conocido el hecho que al ser electo Senador por la Capital en 1961 y así llegar por segunda vez de la Cámara Alta en su extensa trayectoria parlamentaria, iniciada como diputado por la Boca del Riachuelo en 1904 cuando la barriada demostró “tener dientes” en expresión de Florencio Sánchez, su inicial acto fue ir a visitar a los sindicalistas peronistas en prisión víctimas del Plan Conintes impuesto por el gobierno de Frondizi.

El docente reformista antiguo decano de la Facultad de Derecho de la UBA y presidente de la Universidad Nacional de La Plata y figura de gran predicamento en los círculos universitarios e intelectuales del Continente, el amigo de los poetas como Carlos Guido Spano, de sus correligionarios Mario Bravo y Manuel Ugarte, del anarquista Alberto Ghiraldo en cuya revista rebelde El Sol colaboró con encendidos artículos en favor de la libertad de su director encarcelado (comenta Ana Lía Rey en su estudio sobre periodismo y cultura anarquista a comienzos del siglo XX), o de Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas, Arturo Capdevila –una confraternidad que ha evocado su secretario privado durante ocho años, el escritor y abogado Pedro Vives Heredia en “Alfredo Palacios en la intimidad” (2013)-, Alfonsina Storni y la chilena Gabriela Mistral con la que asimismo polemizó sobre temas educativos en 1925, imbuido de fe antiimperialista y en consonancia con su americanismo repudió la invasión norteamericana a Guatemala y la caída del presidente Jacobo Arbenz en 1954 y en todo momento se solidarizó con los movimientos de liberación surgidos en los países hermanos. Entre ellos el que encabezó en Nicaragua Augusto Sandino y más tarde, en Puerto Rico, Pedro Albizu Campos. Sin olvidar la adhesión en 1959 a la Revolución Cubana, que lo llevó a visitar la Isla a poco de su triunfo, aunque criticó después su identificación con el bloque soviético.

Su nacionalismo económico fue claro. En 1946 publicó la obra “Soberanía y socialización de industrias. Monopolios, latifundios y privilegios del capital extranjero”. Escribió allí: “En nuestro país sería absurdo que asistiéramos impasibles al desenvolvimiento de una industria expoliadora y al privilegio del capital extranjero, pues las actividades económicas deben transformarse en un sentido favorable a la clase trabajadora y a los intereses de la Nación” . Son palabras que bien valen para el presente tan contaminado por multinacionales mineras exceptuadas de pagar retenciones o por empresas de servicios públicos a las que se les perdonan deudas millonarias.

Tampoco puede soslayarse su lucha por la reivindicación de nuestras Islas Malvinas, testimoniada en su libro “Nuestras Malvinas” de 1939; en su actuación en la primera Junta de Recuperación de las Malvinas junto a Carlos Obligado y Antonio Gómez Langenheim y en su iniciativa de 1937 para que todos los mapas del territorio patrio contengan el archipiélago irredento.

Ajeno a cualquier sectarismo, quien había sido víctima del justicialismo en el poder y su autoritarismo, llegó al cabo a comprender algo de la significación histórica de ese movimiento tan lleno de contradicciones, pero también de aciertos en la tradición de los liderazgos populares que rastreó en nuestra historia y en cierto modo reivindicó, sin deponer su admiración por Rivadavia y su enfiteusis y por Echeverría y su Dogma, en el libro “Masas y élites en Iberoamérica” (1954). Como contrapartida de aquello un gran número de peronistas lo eligieron senador en 1961 al sufragar por él.

Una foto junto a un sindicalista gráfico, el católico y peronista Raimundo Ongaro, documentando la presencia de don Alfredo Palacios poco antes de su muerte en un acto en la Cooperativa Obrera Gráfica Talleres Argentinos Limitada (COGTAL), entraña todo un significado y un desafío para los tiempos actuales. Porque siempre hay posibilidades de unidad tras grandes banderas redentoras, sobre todo cuando se trata de la Justicia Social, los Derechos Humanos, la Liberación Nacional y la solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo.

  • Carlos Maria Romero Sosa, abogado y escritor
    camaroso2002@yahoo.com.ar