Ineptitud para el diálogo

Gregorio Caro Figueroa
abril 25 /2013

"Duelo a garrotazos" (Goya)

“Algún día, tal vez, componga una historia de los españoles tolerantes, que podría ser, si el autor estuviese a la altura del tema, más edificante que la de los heterodoxos”, escribió Gregorio Marañón en 1938, cuando el dictador Francisco Franco acababa de formar su primer Gobierno, integrado por intelectuales antiliberales en extremo.

“El verdadero diálogo empieza allí donde, por medio de la diserta palabra, se da y se recibe, y se recibe y se da con cierta proporción, pero sin cálculo”. El monólogo es propio del dogmático que da y no recibe".

Marañón, para quien el liberalismo era principalmente una conducta, no escribió esas páginas pero abrió picadas para que otros lo intentaran. Aquel propósito suyo podía ser “más edificante” pero resultó inviable, por el dogmatismo y el fanatismo que, reconcentrados en guerra civil, arrasó con los vestigios de aquella tradición tolerante.

Recuerda Santos Juliá que, cien años antes de la Guerra Civil de 1936, un diputado progresista advirtió sobre la imposibilidad que un conflicto de ese tipo concluyera con una transacción, porque no se trataba de una guerra de sucesión, en la que el arreglo era posible, sino de un enfrentamiento por creencias incompatibles e imposibles de negociar.

El diputado añadió: “Es preciso que la guerra sea a muerte (…) que un partido venza a otro, de suerte que el vencido quede exterminado para siempre”. A lo que el moderado conde de Toreno replicó que, en España, anteriores guerras civiles “siempre habían concluido con una transacción, aún venciendo”.

De este modo, en la Guerra Civil “hubo un vencedor que exterminó al perdedor y no dejó espacio alguno para un tercero que hubiera negociado una paz o hubiera servido de árbitro entre las dos partes”. El conflicto redujo la complejidad de la sociedad “a dos bandos enfrentados a muerte”.

Cada bando encarnó a una de “las dos Españas” en pugna e incompatibles entre sí. Las “dos Españas” encubrían la disputa entre dos elites extremistas. Cada una estaba segura de poseer la verdad, encarnando la esencia de la España auténtica y cumpliendo un mandato histórico que sólo podía realizarse si la Anti España era aniquilada.

Años después (1957), en un escenario geográfico distante y distinto (la Argentina) aún resonaba con fuerza, pero con escaso eco, la misma prédica empeñada en adjudicar los males del país a la conjura de la Anti Patria y el Anti Pueblo agrupado en el “liberalismo antinacional” que había que desalojar para recuperar la esencia del ser nacional.

Aquel año, Atilio García Mellid, argentino admirador de Franco escribió en su libro “Proceso al liberalismo argentino”: “El juicio público abierto a los prevaricadores, llega a su fin; el fallo inapelable tiene la simplicidad de las grandes decisiones: puesto que el país debe sobrevivir, es forzoso que perezcan los liberales. ¡Y que la paz de Dios sea en nuestra tierra!”.

Años después, ese antiliberalismo reaccionario reapareció anunciando una guerra entre intereses e ideologías antagónicas. Lo hizo vestido de retórica revolucionaria e impugnando “las supersticiones democráticas”. La supuesta originalidad de tal progresismo consistió en dar vuelta esa misma vieja tela, teñida de otro color y cortada con otro molde.

Si el uso de la simplificación es una necesidad de la propaganda política, su abuso es condición necesaria para imponer dogmas que justifican dictaduras y regímenes totalitarios. La simplificación suele preceder a la destrucción de las instituciones, y ésta a los grandes crímenes.

En 1932, Hitler dijo: “De mí sé decir que tengo el don de simplificar y reducir los problemas a sus datos esenciales”. Admitió que desconfiaba de “todas esas gentes incapaces de pensar llanamente”, que “no tienen sino ideas complicadas” Se jactó de su “facultad de simplificarlo todo”, lo que le permitía “ponerlo todo en marcha”.

Arthur Koestler, ex comunista a quien, por su autocrítica sin concesiones, sus camaradas consideraron hereje y renegado, reconoció que hasta sus 17 años había vivido en el mundo mental del siglo XIX: “el siglo de las filosofías fáciles y las simplificaciones arrogantes y exageradas”.

Ese mundo se parapetó en la simplificación, y ésta en una disciplinada cerrazón. Sus primeros exponentes en la historia moderna, según Walzer, fueron los practicantes de la “santidad calvinista”, fuente de inspiración de esos “soldados políticos” que fueron los jacobinos y bolcheviques, “agentes auto disciplinados de reconstrucción social y política”.

Cuando se cree estar en posesión de la verdad, ¿se puede dudar de ello? ¿Está permitido tener disposición al diálogo o caer en la tentación de tolerar o acordar? Para esos “soldados políticos”, la duda puede ser germen de divergencia, y la divergencia principio de traición. “La traición no es sino divergencia política”, dice Merlau-Ponty, equiparada a crimen político.

En abril de 1989, la portada de “Todo es Historia”, dedicada a “La Argentina intolerante”, fue ilustrada con “Duelo a garrotazos”, una de las más conocidas Pinturas Negras de Goya, realizada entre 1820 y 1823. Esta obra compendia las guerras civiles españolas.

Al momento de elegir esta imagen, nos pareció que la intolerancia estaba dramática y genialmente representada en esa alegoría de dos hombres que, enterrados hasta las rodillas, enfrentados cuerpo a cuerpo y armados con garrotes, se apaleaban ferozmente “hasta que uno de ellos imponía al otro el silencio de la muerte”.

A esa muerte se llegaba por el intercambio de salvajes gritos de guerra lanzados por rústicos campesinos de Rebollar, pequeña aldea de Extremadura, nombre que parecía predisponer a la violencia. Julio Caro Baroja explicó que esos hombres “como todos los de la montaña, son muy dados a interrumpir el grandioso silencio de sus sierras con ese grito de guerra prehistórico” que allí es un ¡hu…; u…; u…; ju…; ju…!”

Hasta principios del siglo XX, “el hujujear de unos y otros mozos daba lugar a grandes tragedias. En los bosques de día, y en los lugares de ronda de noche, hujujeaba un bando, contestaba el otro”. Sin piedad, descargaban esos terribles garrotes sobre el rival, hasta matarlo. El “hujujeo” era la más brutal negación del diálogo.

Bajo otras formas, de apariencia refinada, esas prácticas fueron recicladas. La ineptitud para el diálogo, impregnó otras capas de la sociedad española, incluyendo a no pocos intelectuales que, enarbolando sus respectivos dogmas, realimentaron antagonismos y se enrolaron en una de las dos Españas.

En 1914, cuarto de siglo antes del estallido de la Guerra Civil, Eugenio D’Ors disertó sobre el diálogo en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Hoy nos reunimos aquí, comenzó D’Ors, “para confesarnos, cara a cara, y en alta voz, nuestras incapacidades, de nuestras debilidades”.

La limitación más grande de los españoles, admitió con dolor, “es la ineptitud para el diálogo” a la que definió como “terrible causa de esterilidad intelectual” y de inferioridad afectiva. Sin diálogo, sin colaboración, sin comunión, el pensamiento no puede nacer.

No se debe confundir el diálogo con monólogo superpuesto. Tampoco con el intercambio de generalidades o de preguntas recíprocas. No se debería tener por diálogo el intercambio de insultos, prueba de incapacidad para dialogar y contundente expresión de su desprecio y negación.

“El verdadero diálogo empieza allí donde, por medio de la diserta palabra, se da y se recibe, y se recibe y se da con cierta proporción, pero sin cálculo”. El monólogo es propio del dogmático que da y no recibe. En la conversación política se interroga al otro y se recibe sin dar nada. Sólo dialoga el que “entrega y recoge, y recoge entregando, y entrega recogiendo”.

Sería un error pensar que el tiempo y la transición española de los años ’70 barrieron esas tendencias. Días atrás, Antonio Muñoz Molina recordó la vigencia de esa dificultad de muchos españoles de admitir opiniones distintas y de tolerar discrepancias que suelen equipararse a traición, percibiendo a su portador como enemigo.

“Vivimos en una sociedad en la que, por falta de tradición democrática, existe una incapacidad de aceptar con naturalidad las opiniones o las informaciones que contradicen la ortodoxia establecida por un grupo”.

Remató: “En España, el debate público es imposible. Todo está lleno de ladridos”. Ladridos que recuerdan el primitivismo de ese “hujujeo”, ayer rudimentario, y hoy sofisticado, con el que ciertas elites suelen azuzar conflictos para imponer creencias que ocultan intereses tangibles.

  • Gregorio A. Caro Figueroa
    gregoriocaro@hotmail.com

(*) Este texto se publica como editorial del reciente número de abril de la revista"Todo es Historia", fundada en mayo de 1967 y dirigida hasta 2009 por Félix Luna.