La Iglesia de Salta y el golpe que derrocó a Perón en 1955

Gregorio Caro Figueroa
septiembre 15 /2014

Perón se va del Gobierno el 19/9

No se trata de forzar una vinculación entre la procesión del Milagro, aquel jueves 15 de septiembre del año 1955, y la sublevación militar que, pocas horas después, se inició en Córdoba y terminó con el derrocamiento y exilio de Perón.

Retrato de un 15 de setiembre después de la procesión del Milagro

Durand dijo al ministro: “No puedo ir contra la devoción que tiene el pueblo de Salta por el Señor y la Virgen del Milagro. Tampoco contra la mía. Soy católico ferviente, educado en un hogar muy religioso”.

La proximidad de estos acontecimientos va más allá de una coincidencia en el tiempo: hay hilos que vinculan la procesión con el clima político de esos días. Por motivos políticos, por primera vez en 263 años, se dudó que la procesión pudiera realizarse.

Tampoco se trata de confundir recuerdos y afectividad personales con la historia. Una memoria individual puede ser un ingrediente ínfimo de la historia, pero nada la autoriza a hacerla hablar en nombre de la historia. Menos aún, a que esa historia se atribuya la facultad de juzgar, condenar o absolver. El conflicto de Perón con la iglesia católica fue el detonante de ese alzamiento militar que comenzó con la sublevación de la Escuela de Artillería de Córdoba, bajo la jefatura del general Eduardo Lonardi, quien ese 15 de septiembre cumplió 59 años.

En 1955 el gobierno de Perón tambaleó y terminó derribado, en parte, como consecuencia del conflicto que se desató con la jerarquía católica que, en 1946, fue firme apoyo para que Perón llegara al poder. El “Cristo Vence”, santo y seña de grupos católicos opositores a Perón, fue acompañado de la adhesión de oficiales de origen salteño de las tres armas.

Así lo confirmaban nombres de militares salteños, como los del coronel retirado Francisco J. Zerda, del teniente coronel José Octavio Cornejo Saravia, de los capitanes retirados Edgardo García Puló, David Julio Uriburu y, de forma atenuada, Héctor D’Andrea y Enrique Rauch. También la acción de marinos como Guillermo Castellanos Solá, Gastón Clement y Federico Gottling.

Aquel 15 de septiembre era el día cumpleaños de Lonardi, y el de su hija Susana que eligió esa fecha para celebrar su compromiso matrimonial. Ambos acontecimientos familiares “servían de excelente pantalla para nuestra actividad conspiradora”, recordó después Luis Ernesto Lonardi, hijo del general. En la elección de esta fecha influyó, también, la realización la procesión del Milagro, que ese ese año estuvo rodeada de rumores de su prohibición por parte del gobierno nacional.

A lo largo de los nueve años de gobierno de Perón, se fueron profundizando los antagonismos y las posiciones que desembocaron en la fractura del país en dos bandos irreconciliables. Esos sectores no eran simétricos, pues en las elecciones del 24 de abril de 1954 el peronismo había obtenido el 62,5% de los votos y la oposición perseguida consiguió un distante 32,5%. La minoría se sintió no sólo a su marginación política sino a su virtual extinción.

En las últimas elecciones a gobernador de Salta realizadas en noviembre de 1951, el candidato peronista Ricardo Durand logró casi el 75% de los votos. Sin embargo, no será éste el triunfo más contundente del peronismo en Salta pues en las elecciones de 1954, para elegir vicepresidente de la Nación y senadores nacionales, ese porcentaje se aproximó al 79%.

Pero el hecho que más afectó esa relación fue el conflicto con la Iglesia y, dentro de él, la prohibición de realizar procesiones religiosas, establecida por la Ley 14.400, fundada en la necesidad “de reglamentar la difusión de ideas políticas, se negaban los derechos de reunión y de libre expresión protegidos por enunciados terminantes de la Constitución Nacional”.

La fuerte tradición religiosa de Salta, las cualidades personales, las ideas y las vinculaciones del arzobispo, monseñor Roberto J. Tavella que impulsó la creación de las asociaciones obreras y de dirigentes sindicales que adhirieron al peronismo en Salta, moderaron la dureza del conflicto entre el gobierno de Perón y la Iglesia Católica, en el que Tavella intentó mediar sin lograrlo.

El año 1955 comenzó con oscuros nubarrones. Aplicando la ley 14.400, el gobierno de La Rioja utilizó la Policía para impedir la procesión que convocaba a los riojanos desde la época colonial. Los salteños comenzaron a murmurar: la procesión del Señor y de la Virgen del Milagro podía correr la misma suerte que la de San Nicolás de Bari en La Rioja.

La tensión fue en aumento. El gobierno de Perón dobló la apuesta. En marzo, de plumazo y por decreto el gobierno borró cinco importantes celebraciones religiosas, sustituyéndolas por feriados por el “Día del Renunciamiento” y el “Día de la Lealtad”. En enero de 1955, Tavella regresó de Europa desde donde siguió el conflicto. Aún creía que se podía evitar que se radicalizara.

Demoró su regreso a Salta a la espera de poder conversar con Perón, quien le había prometido recibirlo de inmediato. Pasaron los días y, al no tener respuesta, Tavella mandó a decirle “que no se movería de la Casa de Gobierno hasta que lo recibiese”, dice el padre Arsenio Seage. La audiencia llegó el mismo día que, cansado de esperar, Tavella retornó a Salta.

Los fieles colmaron la catedral en la primera misa dominical donde el arzobispo, citando al Papa Pío XII, aludió al conflicto. A la inquietud por la Ley del Divorcio y la supresión de la enseñanza religiosa se añadió la preocupación por la suerte de la procesión del Milagro. La tensión llegó a su punto más alto a partir de los actos de violencia que siguieron a la procesión de Corpus Christi. El más grave y sangriento fue el bombardeo del 16 de junio a la población civil en Plaza de Mayo.

En Salta, mientras grupos adictos al gobierno se aprestaban a defenderlo, laicos y jóvenes católicos se organizaban para proteger algunos templos que consideraban amenazados. “Los panfletos en Salta, gozaron de amplia acogida (...) muchos hogares fueron allanados y prolijamente revisados”, dice Seage. En las esquinas se apostaban “manzaneros” para vigilar a los opositores. El Tedeum del 25 de mayo fue suprimido.

Tavella dispuso una medida excepcional a la que sólo se acudió en caso de sismos: entronizar las imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro antes de las fechas tradicionales. “El arzobispo convocaba a su pueblo a una novena para implorar a Dios la suspirada paz y el triunfo del Evangelio. La novena fue personalmente predicada por él”.

Que Perón no recibiera a Tavella no desmiente que éste mantuviera un puente con prominentes dirigentes peronistas de Salta. En este caso no había sido escuchada la advertencia de Perón cuando dijo que, entre seguir los dictados de “la conciencia” (o la fe) y los de la condición de peronista, un dirigente no podía vacilar en “ser más peronista que ninguna otra cosa”.

A comienzos de septiembre de 1955 el gobernador Durand viajó a Buenos Aires llamado por el ministro del Interior. Las instrucciones del gobierno nacional eran claras: Durand debía prohibir la procesión. Según su esposa, después discutir, Durand dijo al ministro: “No puedo ir contra la devoción que tiene el pueblo de Salta por el Señor y la Virgen del Milagro. Tampoco contra la mía. Soy católico ferviente, educado en un hogar muy religioso”.

El 15 de septiembre de 1955, como sucedía desde 1692, miles de salteños acompañaron la procesión de las imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro. Aunque era demasiado tarde para gestos, es posible que el flamante ministro del Interior, Oscar Albrieu, haya convencido a Perón de la necesidad de enviar señales de distensión y de apertura a un diálogo con la oposición.

Albrieu, hombre que provenía de la UCR Junta Renovadora, habría desplegado sus dotes conciliadoras para evitar tensar aún más la cuerda. En 1985, Albrieu dijo que había aceptado el cargo porque Perón le aseguró que su política de pacificación era auténtica. “Hacia fines de agosto Perón había removido a seis de sus ministros, y alejó a 56 dirigentes gremiales demasiado jugados en el enfrentamiento con la Iglesia y la oposición”, añadió.

Albrieu, amigo de Armando Caro, mi padre, era senador nacional e interventor federal en Santiago del Estero. Ambos habían pertenecido al radicalismo Junta Renovadora. No fue casual que la procesión fuera encabezada por tres políticos salteños que no estuvieron de acuerdo con prohibirla.

“La procesión salió. Fue multitudinaria. En el recorrido Durand fue aplaudido. La gente se daba cuenta que se estaba exponiendo”, relató en 1985 su esposa. Roque López Echenique, que presidió la Corte de Justicia, recordó que el paso de las autoridades fue observado con hostilidad contenida por los opositores. Al mirar los rostros de los “balconeaban” la procesión dijo a Durand: “Ricardo, mirá nos sonríen demasiado. ¿Nos estarán preparando algo?”. Los sucesos del día siguiente confirmaron esta intuición.

  • Gregorio A. Caro Figueroa.
    Periodista e historiador

    gregoriocaro@hotmail.com