La Salta visible y la invisible

marzo 21 /2017
Daniel Tort

Cada mañana de cada día en nuestra ciudad, al comenzar nuestras actividades mientras nos informamos apresuradamente de las novedades que los distintos medios nos aportan, nos preparamos para enfrentar nuestra cotidianeidad.

Y los que no lograron entrar en el cuadro de inclusión? Se han vuelto invisibles? No los vemos? O hacemos de no verlos?

«“Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario". (Ernesto Che Guevara).»

Las perspectivas del clima, los accidentes en cadena en las congestionadas avenidas de tránsito rápido desde la periferia hacia el centro, la lectura de los titulares de los medios, y otras banalidades por el estilo, cubren la casi totalidad del tiempo.

El viaje hacia nuestros destinos de estudio o de trabajo se matizan con la visión de carteles de publicidad que prometen rebajas importantes en supermercados, y hasta el mágico encuentro de la felicidad si destapamos una botella de gaseosa.

Recorremos así en la rutina de cada mañana las mismas calles, los mismos escenarios, vemos los mismos edificios, los bellos cerros de nuestro valle y en general el panorama ciudadano al que estamos acostumbrados.

La Salta visible y estática que crece, se organiza para una nueva jornada que llevaremos adelante cada uno de nosotros en nuestros trabajos o estudios, y que por nuestra propia elección nos cobija hasta la terminación del rito, que al día siguiente se repetirá.

Las secuencias comunes y habituales de cada rutina personal conforman el universo de cada individuo, y con más o menos suerte recorremos nuestra vida en sociedad, compartiendo comodidades e incomodidades y tratando de sortear las peripecias de cada actividad.

Esa es la Salta visible de cada cuadra, de cada oficina, de cada comercio, de cada fábrica, de cada lugar donde quienes hemos conseguido formar parte en mayor o en menor medida del escenario de la inclusión, transitamos nuestras vidas.

Pero qué hay de los que no lograron entrar en ese cuadro de inclusión? Se han vuelto invisibles? No los vemos? O hacemos de no verlos?

Una familia –así, una familia anónima- duerme desde hace semanas en la puerta de una obra sin terminar en calle Lerma al 600. No la vemos?

Una cantidad considerable de niños y niñas de muy corta edad, venden o intentan vender entre las mesas de los bares medias, estampitas, pañuelos o postales. No los vemos?

Improvisados lavavidrios de autos se agolpan con la luz roja de los semáforos para intentar fingir en treinta segundos un servicio innecesario que busca una moneda forzada. No los vemos?

En la vereda de una repartición provincial de calle Bolívar al cien, duerme, come, habita y transita su abandono una persona desde hace meses. Ni siquiera sabemos si es hombre o mujer. No lo vemos?

Los niños de miradas extraviadas, ajenos a la escolaridad estadística oficial, transitan sobre los carros tirados por también extraviados caballos en busca de cartones y desechos, invisibles a los ojos de proteccionistas de animales que sólo ven a los equinos.

Las bolsas de basura de los canastos metálicos en los portales de las viviendas, reciben a diario la visita del último escalón de la miseria que genera la exclusión, y totalmente visible pero ajeno a nuestra indiferencia, un hombre busca antes de la llegada del camión un posible alivio a su desesperación. Tampoco lo vemos?

Recurrentemente los diarios locales dan cuenta de que hallaron sin vida una persona que era conocida –es decir que sí la veíamos- como un indigente, y entonces el Estado ausente durante la vida de esa persona, se hace presente para rápidamente hacerlo más invisible todavía, pero recién ante la muerte, no antes.

Y mientras este panorama perverso de gentes invisibles recorre cada día las calles de mi ciudad, las estructuras burocráticas del Estado se multiplican para salvar las apariencias y tapar con estadísticas que nadie cree y con índices inciertos, lo que no se quiere hacer visible.

Para esta situación insostenible, ya no alcanza con el comentario lastimoso de ¡pobre gente! O con la mirada silenciosa y culposa de nuestra posición cómoda de incluidos. No alcanza con colectas anuales en iglesias y parroquias; no alcanza con prédicas periodísticas opositoras; no alcanza con elecciones, no alcanza con la limosna, sustituto inservible de la cobardía de no animarnos al cambio real y necesario.

Todos sabemos cuál es el único camino que debemos seguir para que la pasividad que mata y destruye, no alcance nuestras conciencias dormidas de comodidad e indiferencia.

  • Daniel Tort
    tdaniel@arnet.com.ar