La batalla cultural

junio 25 /2011
Antonio Gutiérrez

El silencio impuesto a partir de 1976 por las fuerzas represivas del terrorismo de estado no finalizó en 1983 con la caída del régimen de facto precisamente, sino que se prolongó (ya sea por inercia o por persistencia del miedo), bajo las formas de la indiferencia y la abulia, durante mucho tiempo más en la Argentina. Ese silencio y desinterés se continuaron inclusive en los años 90, favorecidos por el adormecimiento mental y la hipnosis que provocaba la fiesta neoliberal y la ideología del libre mercado.

La intención de reestablecer plenamente la tiranía de la ideología de mercado se hace hoy en nombre de la democracia y de los consensos.

Hoy en cambio, después de treinta y cinco años de oscuridad, se ha logrado reestablecer en el país alguna capacidad de debate y un cierto espíritu crítico que abren una nueva luz de esperanza. Luego del “que se vayan todos” del 2001, muchos jóvenes han recobrado el interés por la política como un medio para la transformación de la realidad y se han reinstalado en alguna medida la participación y la discusión de las ideas. La ideología neoliberal había querido hacernos creer a todos que ya no era posible la intervención humana en el rumbo de las cosas y que el mundo, a partir de la caída de la Unión soviética, se cambiaba a sí mismo, declarando de este modo la impotencia del discurso político.

Por ejemplo, en los libros “El Crimen Perfecto”, “La guerra del Golfo no existió”, etc., el filósofo Jean Baudrillard opinaba que la realidad circundante ya no existía más que como una realidad virtual y que los sujetos humanos, inmersos en un fatalismo de lo simbólico, no constituían ahora sino una especie de clones de sí mismos, incapaces de modificar la suerte de las cosas o de cambiar el destino del mundo. Una nueva providencia, esta vez representada por la fase actual del capitalismo y la economía neoliberal de mercado en articulación con el discurso de la ciencia, nos transportaba por un rodeo a la impotencia de la acción humana.

Pero era la misma modernidad la que por un recorrido circular nos llevaba de vuelta a los territorios premodernos. Es lo que se conoció con el nombre de postmodernidad. La tesis de Francis Fukuyama de “El fin de la historia”, la promocionada “caída de los grandes relatos”, la declaración del “fin de las ideologías”, la creencia de la impotencia del discurso político, etc. pretendían señalar que el único destino a la vista era la economía del libre mercado que como un dios absoluto sería capaz de colocar cada cosa en su justo sitio y dar a cada cual lo que se merecía en función de su esfuerzo y competencia.

En este contexto de los años 90 los funcionarios políticos pasaron a ser simples gerentes que trabajaban en contra de las funciones del Estado y de los intereses de sus propios países, meros gestores o intermediarios de los negociados de la economía concentrada y de la especulación financiera, cuando no mediocres empleados a sueldo de los grandes bancos y grupos económicos.

A partir de los primeros años década del 2000 algo de todo eso comienza a cambiar y surgen en Latinoamérica algunos gobernantes mucho más carismáticos (y con mayor capacidad de intervención política) que se oponen a los mandatos neoliberales y que vienen a desdecir de mil maneras aquello de la impotencia del discurso político o de la imposibilidad de la participación de la voluntad humana en la determinación de un rumbo de las cosas. Es precisamente esa mayor presencia política lo que molesta y perturba a los representantes de la ideología neoliberal y a quienes pretenden hoy retrotraer el rumbo de la realidad y volver raudamente a las recetas del libre mercado, movidos por sus intereses y apetencias particulares. La intención de reestablecer plenamente la tiranía de la ideología de mercado se hace hoy en nombre de la democracia y de los consensos. Se acusa entonces de dictatorial y antidemocrático a todo aquel gobernante que intente poner un límite o un dique de contención al desborde de las tempestuosas aguas capitalistas.

Lo cierto es que hoy muchas de las hipótesis neoliberales como la “teoría del derrame”, la “economía sana”, la “autorregulación de la economía”, etc. fueron derrumbadas por la cruda realidad. Los yuppies, azotados por los huracanes de las crisis financieras mundiales, cayeron prontamente en descrédito. Lo que surgió en la Argentina a partir del 2003 fue una restitución del valor de la política y de la intervención del Estado en la administración de los intereses del conjunto de los ciudadanos del país. Se ha desdibujado por consiguiente la creencia fatalista de que ya no había posibilidad de anhelar un mundo más justo y un poco más habitable.

Pero hoy a diferencia de los años 60 y 70, la batalla se da no sólo en el terreno de la militancia partidaria directa, en la discusión política o en la labor de las organizaciones sociales, sino fundamentalmente en el campo de los debates culturales a través de las redes de Internet y los medios de comunicación. Podríamos decir, ironizando un poco, que escribir, debatir, hacer arte, hacer música, es la forma actual de entrar en combate sin tener que pasar a la clandestinidad.

La batalla cultural, que recién empieza, es, más allá de los personalismos políticos y de las identificaciones partidarias, una batalla por un modelo de país diferente a las propuestas neoliberales y un combate contra la exclusión. Debe consistir en una actividad permanente con el propósito de desocultar de la realidad. Queda por realizar una verdadera revolución educativa en todos los planos de la vida nacional.

Antonio Gutiérrez
Integrante de Carta Abierta Salta