La clase media contra sí misma

noviembre 7 /2010
Antonio Gutiérrez

Las mafias económicas

¿Cómo se explica que un sector de la clase media salga a festejar la muerte de Néstor Kirchner? una clase media que fue precisamente beneficiada por los dos gobiernos kirchneristas. A aquellos que defenestran al kirchnerismo, uno podría recordarles lo que era el país en el 2001: la pérdida de las fuentes de trabajo, la desocupación del 25%, la confiscación del ahorro, la falta de crédito para la gente, el corralito, el corralón, los saqueos a los supermercados, el default, la precarización del empleo, las coimas en el Senado de la Nación, la aniquilación de la industria nacional, las colas en las embajadas para irse del país.

La clase media y la pequeño burguesa, idealizó siempre a la clase alta e hizo hasta lo imposible por parecerse a ella.

Uno podría recordarles la angustia de esos días, el “que se vayan todos”, la dependencia respecto de los organismos financieros internacionales, los saqueos a los supermercados, las amenazas de desintegración de la Argentina, los peligros de una secesión, el desastre institucional, los cacerolazos, la huida del presidente Fernando de la Rúa por los techos en medio de un mar de muertos y de desocupados.

Podríamos recordarles además lo que fue el período menemista, el imperio absoluto del neoliberalismo, el saqueo a los recursos del país, la liquidación de las empresas públicas, la destrucción de la pequeña y mediana industria, la desaparición de los ferrocarriles, la enajenación del petróleo, el ingreso de la timba financiera, las mafias económicas, la tragedia educativa, el deterioro poblacional, la fenómeno de la exclusión, el empobrecimiento de la clase media, el enriquecimiento económico de unos pocos en desmedro de las mayorías.

Y uno podría recordarles lo que fue la dictadura militar, el terrorismo de Estado, los treinta mil desaparecidos, la aniquilación de casi toda una generación de argentinos con el fin de barrer la cancha para el ingreso del modelo neoliberal, la total falta de garantías institucionales, la persecución, el miedo, la tortura, el asesinato, el rapto de recién nacidos, el dolor inmenso de esos días aciagos, la noche más negra de la historia argentina.

Y uno podría recordarles también todas las transformaciones y todos los logros del gobierno kichnerista: el cambio de modelo, la estabilidad económica, el crecimiento del país, la reducción de las tasas de desocupación, la creación de empleo, el desarrollo de la pequeña y mediana industria, anulación de las leyes de obediencia debida y punto final, la política en Derechos Humanos, la independencia de la corte de justicia, el pago de la deuda al Fondo Monetario, el gran crecimiento de las reservas del Banco Central, la inserción en Latinoamérica, la ley de matrimonio igualitario, el subsidio universal por hijo, la derogación de la ley federal de educación, la promulgación de la nueva ley de medios audiovisuales, la reestablecimiento del sistema jubilatorio solidario, la anulación de las AFJP, el aumento a los jubilados, la inmensa obra pública de todos estos años y fundamentalmente la revalorización de las funciones del Estado, el freno a las políticas neoliberales y a la especulación financiera que casi destruyeron el país, la recuperación de un sentido y de una significación para la política y la vida nacional.

Y uno podría decirles que si bien falta todavía mucho por hacer, hubo avances importantes y que el kirchnerismo no está finiquitado como creían y que si al sepelio de Néstor Kirchner concurrieron millones de personas, eso debe ser tenido en cuenta: la congoja, el llanto de los ancianos, las lágrimas en los ojos de los jóvenes, las expresiones de agradecimiento, la presencia de varios presidentes latinoamericanos, el hecho de que el presidente de Brasil Lula Da Silva haya faltado al cierre de la campaña en su país para venir a despedirlo. Se les podría decir que la congoja, el llanto, las lágrimas, el dolor por la muerte de Néstor Kirchner no son cosas que puedan ser acarreadas mediante un choripán y una coca cola en colectivos fletados.

Pero toda esta enumeración es inútil para convencer a aquellos que detestan al actual gobierno y evaden de uno u otro modo el debate. Ellos dirán que hay corrupción, que este gobierno ha dividido a los argentinos, que es autoritario, que no consensúa, que no realiza acuerdos, etc. Cabría decirles que siempre que un gobierno realiza transformaciones y toma medidas en favor de las clases populares hay división, malestar de los sectores oligárquicos que defienden sus privilegios e intereses de clase, que no quieren que se distribuya la riqueza.

Esa aversión irresponsable y paradójica de un sector de la clase media al actual gobierno, que en definitiva la benefició, sólo pueden ser entendida en relación con la pulsión de muerte y con una lógica de las identificaciones imaginarias (la propensión hacia figuras ideales ofrecidas como modelos, mediante las cuales se trata de reconstruir el Yo y armar una imagen de sí). Precisamente es aquella gente, perteneciente a una parte de la clase media, que se benefició de algún modo con las políticas kirshneristas, la que sale a vociferar y a hacerse eco de las operaciones golpistas de los grupos monopólicos de la información y de los sectores de la alta burguesía que, no bien asuman el poder, irán seguramente por su cabeza y la dejaran maltrecha.

Cabe recordar que fue la clase media la que, en su mayoría, no repudió ni insultó al gobierno menemista cuando éste se dedicó a devastar el país y a promover los negociados, la especulación financiera y la entrega del patrimonio nacional, en perjuicio principalmente de esa misma clase media, que quedó tecleando. Recordemos que en esos tiempos hasta las historietas de los diarios hacían humor con la caída de los sectores medios de la población en la pobreza o la indigencia. Una de esas caricaturas, de un diario importante, mostraba una villa miseria en cuya entrada un pasacalle decía: “bienvenidos los de la clase media”.

Pero creemos que no se trata de debilidad mental ni de taradez congénita, aunque algo pueda haber de todo eso, sino de repetición inconsciente y de identificaciones imaginarias, cuando no de una tendencia autodestructiva y una vuelta del sujeto contra sí mismo. Hay algunos artículos de Freud: “Los que fracasan al triunfar”, “Los delincuentes por sentimiento de culpabilidad”, que hablan precisamente de esa vuelta del sujeto contra sí mismo, del afán de algunos por estropear sus propios logros, del esmero en arruinar sus conquistas. Recordemos en Shakespeare, el paradigmático caso de Macbeth, quien a causa de su coraje, valentía y fidelidad al rey Duncan, logra la gloria y el reconocimiento de su benefactor y la admiración de todo el reino, pero que luego de obtenido ese triunfo, es invadido por la idea de asesinar al rey Duncan, es decir, a quien lo había beneficiado. El crimen finalmente es descubierto y Macbeth cae en desgracia, la repetición inconsciente hace que él mismo desarme aquello que con esfuerzo había logrado.

Algo de todo eso hay en el hombre medio argentino, en ese personaje arltiano, espoleado por todas las oligarquías, explotado por los dueños de las empresas, envejecido detrás de los escritorios de un Banco o de una financiera, desgastado por la rutina de una vida previsible y que ve finalmente cómo por alguna extraña causa sus sueños de prosperidad y de progreso se frustran en el océano de las crisis del país y de las eternas repeticiones.

Recordemos el comportamiento de ese hombre medio durante el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, su irracional adherencia a una movida oligárquica que derrocó precisamente al único gobierno que en realidad lo había beneficiado, con las leyes laborales, con la dignificación de los trabajadores. Ni que hablar de su inexplicable conducta durante la gestión presidencial del viejo Illia, de su fácil adhesión como integrante de la clase media a las difamaciones y a la campaña de desestabilización ejercida arteramente por los diarios que caricaturizaban en ese momento al presidente como una tortuga, lenta e inoperante. Curiosamente no se le reprochaba a Illia el haber asumido el gobierno con el Peronismo proscrito, sino su supuesta lentitud y parsimonia (que caricaturizaban los diarios y revistas).

Pasado el tiempo ese hombre medio se dio cuenta de que el viejo radical no había sido después de todo tan inoperante ni tan parsimonioso, sino que había realizado algunas cosas que molestaron a los oligarcas y a los intereses imperialistas; el tema del petróleo, la ley de medicamentos, etc. promovida precisamente en beneficio del país y de la clase media. Pero ya era tarde, la dictadura estaba instalada para su perjuicio y calvario, la misma dictadura que después, a partir del 76, le desapareció a sus mejores hijos y barrió la cancha para el advenimiento de los saqueos y de las hordas neoliberales que lo dejaron al final en la pampa y la vía, sin trabajo y sin ferrocarriles, sin gas ni petróleo, sin compañía aérea, sin jubilaciones, sin obra social, a las puertas mismas de los asentamientos. “Bienvenidos los de la clase media”, rezaba el cartel de la tira cómica.

Pero nuestro querido hombre medio, atrapado en la repetición, no aprende de la historia y nada indicaría que no vuelva a cometer los mismos errores o que no caiga en las mismas trampas que él mismo contribuye a fabricar en contra de su propio bienestar.

Existe un mecanismo psíquico descrito por el Psicoanálisis, que explica quizá tanta paradoja e infortunio: la identificación con el agresor, que muestra cómo algunos individuos se identifican y adquieren los modales, el vocabulario y las costumbres propias de sus agresores. Es el ejemplo de algunos capataces de estancia, que maltratados y humillados por sus patrones, aplican luego los mismos epítetos, el mismo léxico y hasta el mismo maltrato en relación con los peones a su cargo. Se ponen del lado de quienes los agreden y maltratan a sus pares. Se defienden así de la humillación sufrida. No quieren parecerse a sí mismos.

Pero hay identificaciones porque no hay identidad, al menos para el psicoanálisis. Cada cual arma el collage de su “Yo” como puede, en base a modelos a los cuales poder identificarse y hacerse la ilusión de una identidad propia. Sabido es que la clase media argentina, al menos una parte de esa clase media, pequeño burguesa, idealizó siempre a la clase alta e hizo hasta lo imposible por parecerse a ella; admiró sus modos y sus costumbres, trató de adquirir sus objetos y sus prestigios, concurrir a los mismos lugares, ascender en la llamada escala social, etc. aunque esto no deja de ser parte de la ecuación social de la modernidad. Descendiente de la inmigración europea, en su mayoría, esa clase media argentina, orgullosa de su blancura y de su procedencia, con el racismo a cuestas, con la discriminación a flor de piel, trató siempre de diferenciarse de las clases populares y obreras, de no ser confundida con el mestizo o el cabecita negra, con todo aquel que tuviera la piel un cachito más oscura o que viniera a devolverle algún parecido en el espejo.

Por el contrario, se identificó más bien con los terratenientes y con los empresarios, consumió telenovelas mexicanas y brasileras con señoríos y salas aristocráticas, habló de vinos y champagne aunque los mezclara con pizza y con fútbol, repudió toda posibilidad de adherir a los movimientos populares y emancipadores. En definitiva, evitó ponerse del lado de cualquier gobierno que, como clase media, la pudiera beneficiar.

  • Antonio Gutiérrez
    Escritor y Psicoanalista.