La ignominia religiosa

septiembre 14 /2009
Néstor Peyret

Todos hemos desensillado, es para cumplir rigurosamente nuestro compromiso de salteños del Gran Tucumán. Plan salvador del Señor y la Señora. Esa maquinación fantástica templaria, al fin somos todos devotos de una inconmensurable simbiosis con los dioses de nuestros antepasados Diagüitas e Incásicos. Es una experiencia religiosa.

Precaución políticos, empresarios, ciudadanos que se creen poderosos e inmunes.

Detrás de la boca es un ¡Aleluya!. Unir al firmamento llegar a subir espiritualmente a la Salta de los siglos gloriosos, promisorios. Volver al futuro de tu esplendor. ¡Oh Señor! . ¿Qué paradisíaca experiencia nos distraes?, cual ver una rosa crecer hermosa.

Las paredes ensuciadas ex profeso para las celebraciones. Hombres y mujeres mostrando sus rostros sonrientes ante tanta pobreza. Jingles hipócritas apagados, por si se ofende monseñor. No les interesa nada, sólo el advenedizo poder de las luces materiales y las rojas alfombras de la avaricia.

Los amenazados televidentes, seguidores de programas radiales que se escapan en el dial y lectores de la mediocre gráfica en hojas de diario, preferentemente tamaño “tabloide ecológico” tienen en estos días descanso en todos sus sentidos.

Por cierto, en este intervalo alucinante, “algo” les brindará paz para la necesaria templanza de hacer conciencia con “sus conciencias” y definir su voluntad electoral, eso sí: con paciencia y templanza. Tomarán, seguramente, una decisión electoral del próximo martes.

Los patronos ameritan un examen de conciencia. “Ayudame universo prolífico, para mis sentimientos me entrego de cuerpo, alma y pasión. Amarte así es una entrega al destino, camino y final. Lucho sin descanso, ¿sabés?, amo porque. El me ha ordenado que no deje de amar”. Una noche, una noche de entrega es sólo caricia, un pecho etéreo sin malicia. Sufrimiento bello, alegre, llanto hermoso e inevitablemente colapso natural. Claro, soñando suavemente, despacito.

Un reverdecer de 1760, el Presbítero Doctor Don Francisco Javier Fernández, componía el texto intemporal de la Novena Del milagro. Hombre santo él, sabio y templante. “Me llenaste el corazón vacío, sólo queda el dolor vencido, la ilusión de vivir emocionado”. Ayer domingo, allá por 1692 ocurría el cuarto día de los temblores; habían sepultado la Ciudad de Esteco y resguardaban la hermosa Salta del Tucumán.

“Mi ángel es el ángel que yo quiero. Y otra vez tú, cobijándome en tus alas, eres mi querubín, el que yo quiero. Los ríos se convirtieron en lágrimas, teñidas de dolor y amor, lamento que impiden mi desesperación, el odio, la traición y la sangre. Me atesoran las lágrimas, lloran sus gotas por ser altivas y valerosas. Parece altanero, pero son leales, naturalmente fieles a sus principios altivos”.

El primer Archi-Obispo de Salta: Monseñor Roberto J. Tavella, nos prohibía a los “hijos de la sociedad”, bañarnos junto a las chicas en las piletas de natación que se habrían en las entrañas de la tierra allá por la década del ’60. Nuestro Monseñor decretaba altivo: niños en un horario, las niñas en otro.

No podía impedir la nueva onda que se instauraba frenética en el mundo todo, pero podía todavía ordenarlo en nuestra aparentemente aislada comarca.

¡Qué locura aislacionista!. El Obispo sufría. Fue el primer Arzobispo, como tal logró, luego de volver de Roma, el honorable título de “Basílica Menor” al Santuario del Milagro de nuestra Catedral, corría fascinante 1939.

Su eminencia reverendísima, Monseñor Linares, a la sazón obispo de nuestra Linda en 1902, trajo del Vaticano la corona de oro para las santas imágenes de nuestros “patrones”, honra de este pueblo del Norte de los valles. En 1692 todos juraban lealtad para siempre y así lo será.

Pueblo, Cabildo, Audiencia de Justicia y milicias Armadas, prometieron bajo pena de sangre no olvidar los milagros que preservaron la Ciudad de Salta, a la vez que castigaban de terror a la promiscua Ciudad de Esteco empantanada en sus excesos, terminó sepultada y anegada por sus culpas y corrupción. ¡Cuidado corruptos del Siglo XXI”, todo es públicamente posible en los designios del cielo.

Precaución políticos, empresarios, ciudadanos que se creen poderosos e inmunes. No hay salvedad para la malicia o la malidiscencia, sólo queda la paisanada honesta de estas tierras, será por la ira del cielo por tanta inmundicia y descaro.

“Pa’l verdadero paisano, es pa’ todos la cobija o es pa’ todos el invierno”. Sodoma y Gomorra, fue tanto como para Nuestra Señora de Talavera de Madrid de Esteco. Hoy es un monte impenetrable, sólo codiciable para arqueólogos sin corazón. Una tumba de la desintegración, la total perversión del ser humano. Pecado por pecado. Supo tener la solución final. Al lado de las arritmias destruidas de Esteco, nacía brioso San José de Metán, ciudad eterna, destinada a ser nuestra heredera, nuestro legado si así seguimos en la ignominia.

Los candidatos, más por respeto que por superstición y miedo, bajaron los decibeles políticos en estos tiempos Del Milagro. ¿Alguien les puede creer?. Pobrecitos, ingenuos fariseos del tercer milenio. “Sin vos no puedo vivir.

Cuando en medio de la lluvia estoy, sé que va a salir el sol”. Vicentico 2008. Un día como ayer mismo, pero hace exactamente hace 316 años; terremotos impensados. La población avanzaba en penitencia ante la Iglesia Matriz, además temblaba la tierra en todos los valles bajos y los altos, hasta La Poma, Cachi, Casavindo, Cobija, Antofagasta y hasta Arica.

Pedro de Montenegro y Juan Andel de Peredo, sacristanes de la Catedral, ingresaron en pánico a la Iglesia Central. Casi todas las imágenes estaban caídas por efecto de los temblores, yacían por el piso hechas añicos, fueron los primeros en ver aterrorizados, pero al mismo tiempo anonadados, tiesos, temerosos los siervos: la Señora arrodillada, enterita, deslumbrante y con brillo celestial, ante el altar y el sagrario del Señor. Poseía un rostro de súplica.

Los pobladores salteños atemorizados no ingresaban a la Catedral, era el único edificio que quedaba en pié. La tierra seguía temblando, fue allí, históricamente documentado, el instante en que cesaron los telúricos movimientos. ¡Milagro!, no olviden hermanos, el Milagro está entre nosotros, pero no olvidemos que la tierra puede volver a temblar .