La memoria de la vid, el olvido del vino

Andrés Gauffín
abril 27 /2011

“Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia/ como si ésta ya fuera ceniza en la memoria”. El “Soneto del Vino” de Borges, es una de las últimas poesías que se le brinda, en un mural, a quien recorre el Museo de la Vid y el Vino, inaugurado hace poco en Cafayate. Hasta llegar allí, el visitante ha recorrido un trayecto en el que se busca, sobre todo, exaltar el vino que producen las bodegas del Valle Calchaquí. Y exaltar Cafayate como producto turístico.

¿Por qué llamarlo “museo”?

Aquí en Salta, de un tiempo a esta parte, parece obligatorio vivir, orgullosamente, de cierto relato de la Historia, de los héroes, de la tradición.

Nada más entrar, uno puede sorprenderse por los recursos tecnológicos que se utilizan para mostrar las noches estrelladas del Valle, un amanecer sobre la ciudad, o una acequia. En algún momento tiene la sensación de que está sobre un arroyo de agua. Pero en realidad está pisando un acrílico sobre el que se proyecta una correntada, mientras algún home theater (¿así se escribe?) lo envuelve en el arrullo del agua.

El que de vez en cuando sabe tomarse un vino cafayateño reconoce algunas de las informaciones que ya ha leído en la etiqueta de la botella: la amplitud térmica que gozan las vides más altas de la tierra, las características arenosas y pedregosas de sus suelos, el predominio del sol. Pero esas verdades aquí están bellamente ilustradas en “dioramas” (¿no sabe lo que es un diorama?, yo tampoco), exhibidores y maquetas tan bien iluminadas por Juan Carlos Baglietto o ambientadas con “La arenosa”.

Reconoce también el estilo poético con el que toda bodega se refiere a sus vinos. Y no sólo por los usos de las poesías de Castilla, o de Jaime Dávalos, sino por el constante tono lírico con el que se presentan todas las informaciones en el recorrido. Para saber cuáles son las etapas del cultivo de las viñas hay que leer una especie de poesía de alabanza, en la que no se ahorran adjetivos. En algún momento se tiene la sensación de que ese tono se hace empalagoso en boca, como un vino dulce, edulcorado.

En ese tono habla un hombrecito fantasma que se le aparece de vez en cuando al visitante en unos cubículos (no se me ocurre otra palabra) y que concluye sus presentaciones con una especie de glorificación de Cafayate. Para entonces el museo ya se convierte una exhibición de orgullo y de autoelogio provincial, más acorde con un folleto de promoción turística o con el marketing de un vino, que de un museo.

Si los museos debieran seguir siendo lo que, hasta aquí, yo pensaba que eran los museos.

Es muy posible que uno se haya quedado con esa idea vieja de los museos donde se muestran algunos objetos antiguos con un cartelito que dice qué es y en qué fecha fue usado. Pero aquí las barricas, o las botellas de vino de hace unos años, o algún otro objeto que no puedo nombrar porque no había un cartelito que diga cómo se llama, parecen flotar en la luz algo huérfanos y extraños a la perorata del hombrecito que parece empeñado en sacarnos muecas de admiración, y en henchirnos de orgullo, si somos salteños.

Tal vez, pienso ahora, el Museo de la Vid y el Vino es nada más que una consecuencia natural de la gestión simultánea de Turismo y Cultura. Porque el turista tiene la posibilidad de “vivir” un amanecer sobre Cafayate en menos de lo que canta un gallo, o de contemplar su cielo nocturno. Se comprende. En los dos o tres días que puede quedarse, el visitante no tiene ánimos para levantarse a la seis para contemplar el amanecer, mucho más si se ha acostado con algunos tintos encima.

Otra cosa hacía Castilla, por ejemplo, capaz de quedarse horas mirando nada más que las hojas de una tipa en el Parque San Martín. Después creaba “Los árboles”, o “Las Viñas”. La cultura salteña tiene más que ver con esa creación, creo, que con la promoción de la autosatisfacción y orgullo provinciano que promueve el hombrecito del museo.

El autor de “El gozante” cultivaba ese asombro del que Goethe decía –al menos así lo leí en algún sitio- que era lo más elevado a lo que podía aspirar el hombre. Sea lo más elevado o no, debe llevar cierto tiempo aprender a asombrarse mirando un árbol, un arroyo, o una vid.

Un asombro exprés, en cambio, es el que intenta el museo, y tal vez porque muestra no tanto Cafayate, como una promoción de Cafayate, destinada a la venta: la venta de los vinos de sus bodegas, y de los paquetes turísticos. Tal vez sea un acierto en ese orden. ¿Pero porque llamarlo “museo”?

Por lo demás, no puedo dejar de advertir que el versículo de Borges que cierra el recorrido no se lleva muy bien con el resto de la instalación. Mientras aquí se intenta resaltar una memoria y una historia a bases de luces y de efectos especiales, el poeta le pide al vino que le enseñe el arte de ver su propia historia como si ya fuera ceniza en la memoria.

Y es cierto. Entre las propiedades del vino cabe rescatar su capacidad para generar cierta forma saludable de olvido. Funes, ese personaje del cuento de Borges que se acordaba todo y que por eso prácticamente no vivía, seguramente no cultivaba el arte del vino, se me ocurre.

Aquí en Salta, de un tiempo a esta parte, parece obligatorio vivir, orgullosamente, de cierto relato de la Historia, de los héroes, de la tradición. Cuando eso pesa demasiado, un poquito de vino (con moderación por supuesto), no viene mal. Tanto pasado, tanto peso, puede en ocasiones impedir vivir, ser, solamente estar. Ese soneto puesto al final del recorrido, me parece uno de los mayores aciertos de quienes diseñaron el museo.

Por lo demás, creo que se puede amar Cafayate simplemente mirando el saludo alegre de las hojas de un viejo álamo. Y perdonen tanto adjetivo, pero es que tampoco soy poeta.

  • Andrés Gauffín, periodista.