La ruta del vino y el alambre

agosto 30 /2010
Idangel Betancourt

Cafayate (Informe especial) Fue un delegado de la Comunidad Diaguita Calchaquí del Divisadero, en Cafayate, quien me avisa que “hay quilombo allá arriba”, y me invita a acompañarlo. Cuando llegamos ya los otros delegados habían echado a los agrimensores y a los peones del hacendado Héctor “Bubi” Herrera que estaban estacando para alambrar las tierras que están en la zona de las Ruinas del Divisadero.

“Vamos a inaugurar el turismo alambre. Vamos a mostrar a los turistas cómo todo Cafayate está siendo desmontada y alambrada, cómo nos están cercando”.

Desde hace un año la comunidad se apropió del camping que está en ese pie de montaña donde comienza el recorrido a las siete cascadas a través de las vertientes del río Colorado y del Alisar.

El territorio que Herrera intentó privatizar para cobrar el paso a la naturaleza ahora es un Lugar de Encuentro y Sabiduría, donde la comunidad se reúne para discutir las formas de resistencia ante el avance de un poder económico y político local que apenas reconoce el derecho de existencia.

Mientras subíamos al Divisadero, las señalizaciones de la Ruta del Vino iban apareciendo al costado del camino, dos largas hileras de alambrado custodiaban las vides dormidas por el invierno y disciplinaban la ruta. Las estacas llegan hasta las mismas ruinas. Fue allí donde el delegado diaguita que también se desempeña como guía turístico independiente me dice: “Vamos a inaugurar el turismo alambre. Vamos a mostrar a los turistas cómo todo Cafayate está siendo desmontada y alambrada, cómo nos están cercando”.

Cuando llegamos arriba los agrimensores se habían marchado y la situación estaba controlada. Me cuentan sobre la decisión de defender ese territorio y de los desalojos de varias familias que han impedido en los cuatro años que lleva conformada la comunidad a punto de recibir la personería jurídica de la Nación.

Luego llegan tres abogados del sindicato vitivinícola. Explican que los empresarios tratan de alambrar para hacer usufructo de las tierras y después declararse dueños, pero que en la mayor parte de los casos no tienen posesión de las tierras. Cuando hay campesinos que viven en el territorio tratan de disuadirlos por todos los medios posibles de que se los cedan. Entonces uno de los delegados dice que esa es una vieja práctica que funcionaba con los abuelos porque solo sabían de animales y de la naturaleza, pero que ellos saben de leyes y conocen sus derechos.

Desencuentro entre Turismo y Cultura

La voluntad de que los pueblos calchaquíes, de que su gente, siga detenida en el tiempo, es algo manifiesto desde la misma página del Ministerio de Turismo y Cultura de Salta. Desde allí se promueve la Ruta del Vino de los valles y se habla del “legado arqueológico de antiguas civilizaciones”. Ver: turismosalta.gov.ar

Pero a pesar de promover la arqueología de esos pueblos “detenidos en el tiempo” como un valor agregado para el turismo, a pesar de que sus ancestros sean mostrados como objetos museables en instituciones que comercializan con sus muertos, su cultura resiste.

Esta resistencia puede parecer a veces contradictoria para la mirada occidental, sobre todo si se piensa que todo sujeto tiene que entrar en el juego del mercado. ¿Acaso querría alguien tener que esconder a sus muertos?

La desconfianza en las instituciones del Estado ha llegado a tal punto que cuando hallan un sitio arqueológico lo esconden, cuando encuentran alguna sepultura en un lugar transitado por el turismo la trasladan a un sitio seguro. Estos diaguitas se niegan a ser objetos de estudios, ellos persisten allí, con un estilo de vida y de muerte.

  • Idangel Betancourt
    Escritor y periodista
    Especial para Calchaquimix y Salta Libre