Actualidad Lunes 28 de noviembre de 2016
Por Dr. Carlos María Romero Sosa

La visión humanista de Carlos Fayt

Dos jueces de la corte suprema
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Carlos Fayt y Pablo Ramella

Si hay lugares comunes como para obviar por buen gusto, también, de cuando en vez en compensación, se encienden datos orientadores en el mundo de la vida que no deben pasarse por alto.

El juez Fayt y su independencia frente a los gobiernos de turno durante sus treinta y dos años de ejercicio en nuestro máximo tribunal.

En ese sentido posee ya otra guía la República en la memoria del doctor Carlos Fayt, cuya existencia representó hasta el final la dignidad, la consecuencia en los valores de Justicia y Libertad y la laboriosidad sin descanso.

La ciudadanía no suele tener en mente la integración de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; sin embargo su nombre mereció el conocimiento y el respeto del público, algo no común fuera de los ambientes jurídicos, políticos o periodísticos. Y lo curioso es que esto ocurrió con alguien cuya palabra rectora se conocía en general sólo por sus ponderados votos o por sus decenas de libros ricos en doctrina.

Lujosamente hablamos del juez Fayt y su independencia frente a los gobiernos de turno durante sus treinta y dos años de ejercicio en nuestro máximo tribunal, como en los Estados Unidos se habla del juez Holmes, conocido por igual circunstancia como El Gran Disidente, que permaneció por treinta en la Corte norteamericana.

Sólo que a diferencia de Oliver Holmes, el argentino no se embanderó en un realismo que privilegiaba la fuerza del Estado y por el contrario creía que la jurisprudencia -su campo de acción constitucional- debía tomar nota y acompañar sin demagogia los progresos sociales fiel al precepto latino “Ex facto oritur ius”: de los hechos surge el derecho.

De tal convicción nacieron sus decisorios memorables en contra de toda discriminación, como cuando se pronunció a favor de que se concediera personería jurídica a la Confederación Homosexual Argentina o cuando admitió volviendo sobre sus propios pasos, que no debía ser criminalizada la tenencia de estupefacientes para consumo personal.

En tanto estudioso de la ciencia política, investigó en un libro “La naturaleza del peronismo”; y más allá de las severas críticas que recorren sus páginas, en el prólogo a la segunda edición de 2007, dio cuenta de pretender examinar, cosa que hizo más objetivo que prejuicioso: “los acontecimientos que culminaron con el advenimiento de los trabajadores a la vida política y social de la Argentina”, o sea reconociendo ese avance social que se verificó en los hechos durante el primer justicialismo.

Pero la incomprensión del peronismo por parte de cierta izquierda de la que provenía Fayt y la sectaria postura de este movimiento hacia la izquierda democrática, quedan aquí también patentes en función de aporías.

De la vieja guardia del Partido Socialista, apenas Manuel Ugarte que fue embajador de Perón, Enrique Dickman, expulsado de las filas partidarias por el sector de derecha ghioldista y en alguna medida Alfredo Palacios después de la Revolución Cubana con la que mostró solidaridad, pudieron entender algo del contradictorio fenómeno peronista.

Lo curioso o no tanto, es que la hombría de bien, la visión humanista de Fayt y su decoro, pueden hallar paralelismo con los atributos morales e intelectuales de otro jurista y escritor de nota que integró asimismo, entre 1975 y 1976, la Corte Suprema de Justicia.

Pese a tener vertientes políticas y hasta religiosas distintas: de raíz socialista y escéptico uno, peronista y católico militante el otro, no es forzado identificar aquellas virtudes con las que poseyó en grado de excelencia el doctor Pablo Antonio Ramella (1906-1993); inolvidable para los que tuvimos el privilegio de tratarlo.

Ramella fue senador nacional peronista por la provincia de San Juan de su radicación desde 1930 y convencional constituyente para la reforma constitucional de 1949; además de ministro y juez provincial en San Juan y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cuyo.

Si de su idoneidad técnica dan prueba su extensa bibliografía jurídica así como el volumen dedicado a su memoria que prologó Alberto González Arzac: “Pablo Ramella, un jurista en el Parlamento”, editado en 1999 por el Círculo de Legisladores de la Nación Argentina, sobre su insobornable independencia de criterio habla un hecho que merece ser registrado con letras doradas en la historia del Congreso Nacional, institución que tanto vienen desprestigiando muchos de sus integrantes: cuando en 1947 se planteó el juicio político a la Corte Suprema a propuesta del diputado oficialista Rodolfo Decker, votó en soledad de su bloque por la negativa ante lo cual Alfredo Palacios, defensor del acusado ministro Antonio Sagarna, manifestó su elogio y ponderó su hidalguía.

El salteño “aporteñado” Fayt y el platense “sanjuanizado” Ramella descollaron como publicistas y docentes universitarios en los campos del Derecho Político y Constitucional; y si bien el primero no frecuentó -que sepamos- la poesía ni la prosa de imaginación como sí el lírico autor de “Palabras de paz”, “Torre de cristal”, “Orbe”, “Himno”, “Ruego”, “Antología poética” o la ficción apocalíptica de fondo “cristiano-patriota”, a juicio de Leonardo Castellani: “Tres días de tinieblas” -cuya edición de 1982 lleva un expresivo testimonio enviado al autor por los coroneles Aldrin, Collins y Armstrong, los tres primeros astronautas a la luna-, su espíritu selecto debió hallar sosiego en las lecturas literarias. Alguna correspondencia con la que nos honró el doctor Carlos Fayt es indicativa de ello.

- Carlos María Romero Sosa
Blog: poeta-entredossiglos.blogspot.com.ar

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