Libertad, su señoría...

agosto 30 /2007
Andrés Gauffín

El juez, Poma y
sus abogados

“Sujeto de alta peligrosidad”, “motochorro”, “estafador”, “depravado”, “delincuente”, “ladronzuelo”, “ladrón”, “malviviente”. En el matutino del gobernador basta la sospecha de la policía o alguna pesquisa trascendida, para calificar así a hombres que aparecen en sus crónicas policiales con apellido y nombre completo. Son historias que se clausuran allí, con el nombre y su epíteto en letra de molde. Nunca se sabrá después en esas páginas si algún juez llegó a condenar a estos hombres casi anónimos y sin poder alguno o, acaso, terminó por absolverlos. ¿Y su honra en estos casos?

"De más está decirlo, si ese era el periodismo que había buscado construir, la querella caía de maduro".

Redactadas a base de partes policiales más interesados en promover los “supuestos” méritos de un oficial deseoso de ascenso, que a echar luz sobre el caso, de las crónicas nunca se podrá obtener datos precisos acerca de la inseguridad que padecen los salteños, pero al menos algunos podrán sentirse menos inseguros: después de todo, casi todos los malandras de sus páginas van a parar al calabozo.

Pero es injusto atribuir al diario del primer mandatario el monopolio del “ultraje que se hace al nombre, al honor de uno, con obras o palabras” o del “dicho contra razón y justicia”, eso que en mi diccionario se nombra como injuria.

El año pasado, un pasquín de esos a los que va destinada alguna porción de la torta publicitaria provincial no dudó en calificar de “nazis” –en negro sobre papel rosa- a unos periodistas cuya única audacia había consistido en asociarse –y no precisamente para jugar al fulbo- sin pedir permiso en el Grand Bourg.

Harto llamativo fue uno de los argumentos utilizados por el anónimo autor del editorial, que me perdone el término, para poner a esos periodistas en el mismo nivel que el primer responsable de la muerte de millones de personas en cámaras de gas: todos, dijo suelto de cuerpo, ¡coinciden en criticar a Romero!

Palmier, abogado
del gobernador

A más de dos años de iniciado el juicio del gobernador contra Sergio Poma, casi nada se sabe públicamente de los términos utilizados por el periodista que le dieron la excusa a la querella del mandatario. Si los hubo, están guardado bajo siete llaves.

Serán tal vez razones decoro, ese decoro que no parece necesario tener para los hombres del “submundo” de las páginas policiales. Mejor así. Aquellos epítetos de grueso calibre –nótese la precisión del término - que un mandado escribano habría tenido que escuchar y asentar en un oficio, serían lo menos significativo y, hay que decirlo, lo menos interesante de lo que Poma hace y dice en su radio.

Pero es que este juicio absurdo ha tenido la virtud –que este término también me perdone- de fijar la atención sobre lo más nimio, y echar sombras sobre lo más significativo y relevante de la tarea del periodista de FM Noticias: aquella que, sin pedir autorización ni esperar sobre alguno a cambio de silencio, ha consistido en decirle de frente sus verdades.

Pero vamos a ser un poco más precisos. No sería del todo justo decir que el gobierno no acepta crítica alguna. Las puede aceptar hasta de buen modo, con un sólo requisito. el de aguardar una venia oficial, el de avisarle, y el de solicitarle una pauta que será otorgada de buen grado.
Claro que el gobierno salteño tolera alguna crítica, pero no precisamente aquella de quien no le debe, ni quiere deberle nada.

Para todo gobernante que se pone como objetivo acumular, concentrar y extender su poder, cualquier periodismo será aceptable –incluso aquel que injuria, difama y calumnia a sus propios funcionarios, pero que después negocia el aviso- menos aquel que, mucho antes que asegurarse la pauta del mes, busca resguardar su autonomía.

Pero en Salta es cada día más incomprensible que alguien renuncie a contar con el depósito en el cajero a fin de mes –que le permitirá algún día tener su preciada 4X4- sólo por preservar un bien tan lábil, pero tan humano, como la libertad de palabra. Aquellos que no lo comprenden, tampoco saben, o no quieren saberlo, que detrás del protector se esconde el amo.

Acaso la denunciada magnitud del agravio al honor –de ese honor que no se le concede a quien puede habitar a doscientos metros del Grand Bourg- sólo es el reverso de una política que destinó millones de pesos en los últimos años –millones es un decir, nunca quiso informar al respecto- sólo para que el gobierno se hiciera propaganda de sí mismo y, aún peor, sólo para auto ensalzar una imagen.

Para eso era necesario hasta difundir las más irrelevantes prácticas periodísticas como un espectáculo ejemplar. “Sr. Gobernador, tarea cumplida, ¿no?”, le preguntaron en directo frente a las cámaras en la última apertura de las sesiones ordinarias de la Legislatura, durante una pseudo entrevista que, para completar, estaba enmarcada con una pseudo manifestación de apoyo al mandatario.

De más está decirlo, si ese era el periodismo que había buscado construir, la querella caía de maduro.

Alexis de Tocqueville decía, hace más de siglo y medio, que si bien la libertad proporciona a la larga comodidad y bienestar, lo que le ha hecho arraigar fuertemente en el corazón de los hombres ha sido su propio hechizo. “Es el placer de poder hablar, actuar, respirar sin temor, bajo el sólo gobierno de Dios y de las leyes. Quien busca en la libertad otra cosa que ella misma está hecho para servir”.

Y, como si hoy mismo estuviera dirigiéndose a los salteños, luego se pregunta y se responde. “¿Qué les falta para ser libres? ¿Qué? El placer mismo de serlo. No me pidáis que analice este placer sublime; es necesario experimentarlo. Penetra por sí mismo en los grandes corazones que Dios ha preparado para recibirlo; los llena, los inflama. Hay que renunciar a hacerlo comprender a las almas mediocres que jamás lo han sentido.”

¿Querrá sentir ese placer, su señoría?