Los dueños de la barbarie

Daniel Tort
noviembre 8 /2014

Resta todavía más de un año para que el gobernador de Salta Juan Manuel Urtubey finalice su segundo mandato, y en la Provincia se aprecian grietas evidentes en el proyecto que prometía cambios y esperanza, y sólo se atina a responder –cuando se advierten los baches de una gestión más que ineficiente- que precisamente en ese momento se estaba trabajando fuertemente.

Estos sujetos enseñoreados y con imagen de probos, se reparten licitaciones, prebendas, obra pública, sobreprecios, bicicletas financieras con un banco monopólico, y gestan el endeudamiento de generaciones futuras.

Esa fórmula machacosa, además de ya no convencer a nadie, pone en evidencia que por carecer de un proyecto de gobierno serio terminan siendo los hechos emergentes puntuales y accidentales los que marcan la agenda de la actividad. Se va improvisando sobre la marcha.

En ese camino carente de una estructura donde lo urgente no deja lugar a lo importante, se aprecia claramente que la realidad de los salteños no ha cambiado ni tiene esperanza. Sin embargo el señor gobernador, increíblemente, se sigue manifestando como si fuera víctima de una gestión anterior a la que achaca todos los males. Pero a esta altura del partido la anterior gestión es, curiosamente, la de él mismo.

La imagen del joven mandatario es claramente la de haber faltado abiertamente a su palabra en incontables veces, desde no postularse sucesivamente, no hipotecar las regalías, no desmontar bosques, no nombrar familiares y amigos de ñoquis, no usar el avión oficial, etc. etc.

Y en ese contexto de mediocridad evidente, reaparecen los fantasmas del pasado como salvadores de la situación imperante, y se atreven a proponer planes de gobierno absolutamente mentirosos. Total lo que digo hoy, tal como lo hice tantas veces, lo desdigo mañana, y nadie parece acordarse.

En medio de estos olvidos sociales, el ex gobernador Juan Carlos Romero va a las localidades del departamento San Martín, empobrecidas radicalmente por su gestión como presidente de la comisión de hacienda de la Cámara de Diputados de la Nación en la época de “La Rata” [1], y la privatización de YPF, y anuncia que si llega a estar al mando en el 2015, se contará con un ministerio de energía, que funcionará el Tartagal. Parece una chanza, parece una descarada burla, pero no lo es.

Y en medio de estas miserias de la pequeñez humana, donde los que detentan el poder aspiran a mantenerlo con su impunidad, y los que transitoriamente no lo tienen se muestran capaces de mentir groseramente a todos para volver tenerlo, se muestra sin duda alguna que el llamado sistema liberal democrático no sirve a la sociedad en su conjunto, sino solamente a una parte de ella.

El ciudadano preso de esta situación, mira casi con resignación que entre los unos y los otros no hay diferencias sustanciales; que el actual ha sido prohijado por el anterior y que ambos se parecen demasiado. No es un estilo, no es una circunstancia, forman parte del acuerdo tácito de que le toque a quien le toque, el compromiso es no cambiar nada.

Y el cambio no llegará de la mano de estas estructuras, simplemente porque el esquema está armado por los sectores sociales y económicos dominantes, que ejercitan desde la preponderancia de la concentración de recursos la toma de las decisiones.

El actual gobernador mantiene este estatus quo y el anterior no lo cambió, y ninguno de los dos piensa cambiarlo en el futuro, porque sencillamente el poder del sistema capitalista consiste en administrar los recursos del Estado para las corporaciones que los posicionan como dirigentes.

La política de esta manera no es la grandeza oratoria que se pregona, ni los postulados de partidos que con un sello de goma gastado operan, como en el caso del PJ como sociedades anónimas al mando de las licitaciones, las adjudicaciones, y el reparto en definitiva del erario, para seguir cerrando el círculo vicioso de hoy te tocó a vos y mañana a mí, pero está claro que más allá de las diferencias, siempre estaremos del mismo lado.

En frente de este panorama desolador, y como si no fuera suficiente para tolerar, aparecen los gurúes del pasado con sus recetas neoliberales a proponer orden, viejos rumbos económicos y las recetas de la abuela para salir de la crisis. Crisis a la que los mismos personajes nos llevaron en los años noventa mientras ellos se hacían millonarios a costa del Estado.

Pero entre los que pregonan el llamado progresismo oficial y los que pujan por volver, se mantiene una regla de oro de la que nadie quiere hablar, cual es, que el sistema para ambos se mantiene y se mantendrá con la fórmula de que para los ricos será el Estado, y para los pobres el mercado.

Rosa Luxemburgo acuñó a comienzos del siglo XX que el destino era vivir en el socialismo o en la barbarie. Hoy presenciamos el ejercicio del poder por un grupo de capitalistas representados por agentes de la política, que se reparten el Estado para ellos y su núcleo de familiares y amigos.

Basta mirar el panorama salteño para comprobar que estos sujetos enseñoreados y con imagen de probos, se reparten licitaciones, prebendas, obra pública, sobreprecios, bicicletas financieras con un banco monopólico, y gestan el endeudamiento de generaciones futuras.

Del lado de los dueños de este circo, se rodean de ñoquis, parentela, amigos, y allegados a los que les dan el título de asesores. Viven una vida de ricos, en medio de los barrios más pobres, residen en mansiones con el dinero que no distribuyen a esos mismos pobres, viajan por el mundo con excusas oficiales, y están gestando seguir en ese camino otros cuatro años.

A este estado de cosas ellos le llaman el sano ejercicio de la democracia. Del lado de los que manejan los recursos queda el orden imperante que les viene como anillo al dedo, y deshojan para los demás la crudeza de la barabarie.

  • Daniel Tort
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