Los fantasmas del miedo

junio 23 /2009
Andrés Gauffín

"El príncipe de la soja"

Unas veces pueden hacerte pensar; otras, te dejan la cara mustia o te mueven a risa. Pero hay algunas que se aprovechan de tu miedo o te lo producen. Como los hombres, y como diría cualquier andaluz, hay campañas pa´ to´.

Inteligentísimos, los funcionarios de Turismo se alegran de que la Virgen del Cerro garantice un buen porcentaje de ocupación hotelera

Los afiches y volantes de un candidato a diputado nacional cuyo único referente es Dios –tal como no ha tenido empacho en declarar - aparecieron el domingo pasado desparramados en el frente de mi casa.

Los afiches y volantes de un candidato a diputado nacional cuyo único referente es Dios –tal como no ha tenido empacho en declarar - aparecieron el domingo pasado desparramados en el frente de mi casa.

“El pueblo es el soberano y Dios es el camino”, dice allí el candidato frente a una multitud a la que, seguro, aquella noche le importaba un corno su extraña teología política y deseaba que de una buena vez se rifase el auto 0Km que el marketing electoral había prometido.

Si se confirma que El mismo en persona señaló a Olmedo con su dedo sería la primera vez que Dios se haya metido tan de lleno en una campaña política en Salta. Hasta el momento se sabía que el Espíritu Santo inspiraba a los cardenales para elegir el Papa, no que designaba y dirigía personalmente a los candidatos a diputados nacionales.

Pero aunque ningún instituto teológico ni de Ciencias Sagradas local haya puesto en duda que Dios se comporte como un Urtubey o un Kirchner poniendo o sacando nombres en la boleta, bastaría una antigua cita para pensar lo contrario: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Lo que en una interpretación más o menos libre podría significar hoy: dejen de meter a Dios en las campañas, no intenten convertirse en sus representantes. Cuando llegan las elecciones, la democracia necesita candidatos humanos y bien humanos, no enviados divinos.

Pues ya es peligroso que un político –como también lo ha hecho nuestro candidato- se convenza de que representa a la patria y haga de la bandera el símbolo de su partido, enviando de paso al infierno de los apátridas a sus contrincantes y a quienes no lo voten. Pero ¿qué se puede esperar si además se convence de que actúa elegido por y en nombre de Dios?

Toda la mezquindad y la pobreza del discurso político salteño parece haberse resumido en las consignas de Alfredo Olmedo: a falta de ideas y proyectos, planearon sus estrategas, veamos cuáles son los miedos de los salteños –no sus deseos- y nos presentemos como su conjuro.

Así, frente a los temores que producen la incertidumbre económica, los conflictos sociales y políticos, la corrupción y la droga, nada puede ser tan emotivamente atractivo como la invocación a la patria y a la familia, que poco y nada anticipa sobre las leyes que promoverá en el Congreso, aunque deje bien en claro que para él todos los problemas se resuelven apelando a la autoridad de un general o de un padre de familia.

Dios, patria y hogar: el de Olmedo es un viejo mensaje ultraconservador que, aunque en mangas de camisa y con gorra, desconfía de la democracia para resolver los conflictos, desprecia la política como lugar de negociación y aborrece los espacios laicos.

Hasta qué punto está dispuesto a explotar esa sensación de caos y desorden en los argentinos puede verse en su llamado a volver al servicio militar obligatorio, aunque con el adjetivo de comunitario. Para Olmedo no es más ciudadanía, y mucho menos más libertad, lo que puede poner algún remedio a la crisis: es, por el contrario, una voz de mando, es la obediencia, y es tomar el país como un campo de batalla.

Hace falta, se decía hace unas décadas, que alguien venga a poner orden en la Argentina. Ahora que, a caballo del cansancio de la democracia, comienza a escucharse de nuevo la misma cantinela, Olmedo se ofrece para hacerlo.
No debe extrañar que tal propuesta restauradora haya prendido en Salta, donde desde hace años una extraña virgen venida del cielo envía mensajes apocalípticos a los atribulados argentinos.

Inteligentísimos, los funcionarios de Turismo se alegran de que la Virgen del Cerro garantice un buen porcentaje de ocupación hotelera durante los fines de semana de todo el año.

Pero la visión maniquea del mundo que contagian sus mensajes, la continua invocación en la cima del cerro a San Miguel Arcángel, príncipe de los ejércitos celestiales, y la disciplina moral que se promueve entre los devotos, alguna vez tendrían su correlato político.

Sólo hace falta ver los resultados del 28 de junio para saber hasta qué punto los salteños hemos sucumbido al miedo y a sus fantasmas.