Los indignados de la época

junio 1ro /2011
Antonio Gutiérrez

El movimiento compuesto principalmente por jóvenes que se asientan en La Puerta del Sol en Madrid y en otras plazas de España y que amenaza extenderse hacia otras ciudades del mundo, ha sido comparado por algunos con el mayo francés del 68. Sin embargo, si bien ambos fenómenos comparten la idea de una participación de los ciudadanos en la realidad social de su época, hay grandes diferencias entre aquel célebre levantamiento juvenil de las calles de París y éste reciente “mayo español” del siglo XXI.

Los indignados no quieren que el implacable y deshumanizado dios del mercado les dirija la vida y la muerte.

Aquellos jóvenes de los finales de los años 60 creían que un hombre nuevo era posible y muchos de ellos se proponían cambiar el sistema, transformar las estructuras sociales, hacer la revolución en aras de un mundo más libre y más justo. En aquel entonces todavía reinaba sin fisuras definitivas (no obstante las dos grandes guerras mundiales del siglo XX) la subjetividad moderna, la idea de un porvenir y de un progreso para la humanidad, la confianza en la razón. En nombre de esa razón moderna habían surgido las corrientes ideológicas más antagónicas, las izquierdas más revolucionarias y las derechas más reaccionarias. Las cosas se hacían, de un lado o del otro, en nombre de un bien y de un supuesto bienestar para los seres humanos.

Las grandes diferencias dependerían en última instancia de donde cada cual pusiera el pretendido bien general. Y aun cuando a las derechas conservadoras les interesaran en realidad sólo los enriquecimientos de las clases dominantes a través de la explotación de la clase obrera, conservaban todavía en algún punto un cierto pudor, necesitaban de las legitimaciones, de las teorías, de las máscaras, de los atuendos, de las justificaciones, de los mitos fundantes.

Los llamados grandes relatos venían en auxilio de las acciones políticas, en un mundo dividido por las tensiones de la “guerra fría”. Los movimientos juveniles inspirados en las Revoluciones Rusa, Cubana y Cultural China, tuvieron quizá su expresión más festiva y esperanzada en las calles de aquel Paris del 68 y se propagaron como un ideal a Latinoamérica aunque bajo formas menos escenográficas y más radicalizadas. En aquellos años los jóvenes que criticaban al sistema capitalista todavía avizoraban un sentido para la travesía humana, aún estaba la ilusión de un porvenir promisorio y… la ciudad en el mayo del 68 era una fiesta interminable, una alegría militante.

Los objetivos de este otro movimiento de jóvenes llamado “el mayo español” son muy distintos de aquellos ideales emancipadores de los años 60: ya no se trata de hacer la revolución ni de cambiar el sistema, sino simplemente de reclamar una inclusión en los intercambios laborales y simbólicos actuales. La consigna “No estamos en contra del sistema, el sistema está en contra de nosotros” revela a las claras el estado de cosas. Lo que está en juego en el movimiento de los “indignados” no es la sustitución de la estructura capitalista, sino la supervivencia inmediata y concreta; no se busca el ideal del hombre nuevo ni los horizontes utópicos, sino la inscripción del sujeto actual en el Otro de la época, la pertenencia a un lugar, el alojamiento en el entramado social, la inclusión en el conjunto, la necesidad de evitar caer fuera de los bordes e ir a parar a la condición de lisa y llana inexistencia. Las categorías ricos y pobres, han cedido en buena medida su lugar a las de incluidos e excluidos, la pobreza dio paso a la marginalidad y a la desinserción.

La alternativa para los indignados no es ya revolución o alienación capitalista, sino inclusión o desaparición del sujeto del orden simbólico. Por otra parte, la ciencia no es vista actualmente como un elemento de autonomía y liberación para los seres humanos, sino más bien como agente de desocupación y expulsión del mercado laboral, es decir, como un discurso asociado a los intereses del discurso capitalista y a las condiciones de la economía globalizada.

En este contexto mundial, que no es el de los años 60 y 70, surge, por imperiosa necesidad y reflejos defensivos de supervivencia, este movimiento de los indignados que se resisten a pasar a la condición de excluidos de la estructura simbólica. Sin embargo a pesar de no tener como finalidad la revolución ni el cambio estructural como horizonte, éste fenómeno del “mayo español”, aun cuando pretenda presentarse como apolítico, no es menos político y crítico que las manifestaciones progresistas de los 60 y 70. Pero no solamente es político e ideológico (toda acción humana lo es), sino quizá hasta más decisivo y realista que aquel otro que no duró en las calles del barrio de Montmartre más de algunas semanas para retornar después a la comodidad de la calma burguesa y las profesiones liberales.

En síntesis, la caída de las utopías dio paso a la actual urgencia de la realidad inmediata, al intento desesperado de los individuos de aferrarse a alguna certidumbre, a alguna permanencia simbólica, a algún madero en medio de las aguas de esta época signada por las lógicas del mercado y la caída de la ley simbólica. Ya no se trata de cambiar el mundo sino de tener uno.

Lo que se comienza a debatir en las plazas de España no es ya la revolución ni las luchas emancipadoras por un mundo más justo y un mañana feliz, pero sí tal vez el destino mismo de la humanidad, el futuro de gran parte de los seres humanos sobre la superficie terrena, inclusive la condición misma del sujeto hablante. Dicho de otro modo, no está en las miras de los “indignados” cambiar el sistema, pero sí enarbolar un pedido de límites y de diques de contención para el desborde neoliberal y para sus vastos estragos que amenazan, como una imparable ventisca, anegar toda la tierra y los confines todos.

Los indignados ciudadanos asentados en las plazas de las ciudades, no están ya dispuestos a aceptar las estrategias del capitalismo actual que consisten en concebir un mundo solamente para unos pocos mediante la operación de sinécdoque y la exclusión de las mayorías poblacionales. No quieren en definitiva que el implacable y deshumanizado dios del mercado les dirija la vida y la muerte.

El movimiento de los que han recobrado la capacidad de indignarse abre quizá una esperanza y señala que si queremos sobrevivir un tiempo más sobre la faz de la tierra no debemos dejar la suerte del mundo en manos de los grandes grupos de la especulación financiera y… mucho menos a la economía en manos de los economistas.

  • Antonio Guitiérrez
    Psicólogo y escritor
    Carta Abierta