Los italianos, genealogías hidalgas e inmigrantes

abril 3 /2011
Liliana Bellone

La historia señala las hazañas, entramados sociales e ideológicos de la humanidad y transcribe las acciones públicas de personajes que han marcado instancias en el devenir de culturas y pueblos: políticos, héroes, mártires, pontífices, príncipes, artistas que, inmersos en la “máquina histórica”, determinaron para bien o para mal, para progreso o retroceso, algún acontecer. Dentro de estas tramas, ocupan un lugar de importancia las construcciones genealógicas. La nobleza europea durante la Edad Media y la Modernidad ilustra muy bien el modo y la intención de estas construcciones simbólicas encaminadas a sustentar privilegios y jugar papeles protagónicos en el entramado del poder.

Datos genealógicos de un pasado que no tenía que ver con la pobreza y la ignorancia como generalmente se muestra.

Algo semejante ocurrió en América, donde los descendientes de los conquistadores configuraron los árboles genealógicos de sus linajes emparentados con algún antepasado de “probada hidalguía” en la Corte y en los diccionarios blasónicos españoles. En esas genealogías aparecen apellidos que nacen precisamente en la Edad Media para acompañar y determinar los nombres de pila, así los patronímicos (Martínez, Gutiérrez, Álvarez, Hernández, Ruiz, Domínguez), otros surgidos de características personales y profesiones (Rubio, Moreno, Noble, Rico, Valiente, Blanco, Bello, Bueno, Rojo, Crespo, Cabrera, Maestro, Pastor, Guerrero), vegetales, animales, seres de la naturaleza en general (Toro, Gallo, León, Cornejo, Avecilla, Lobo, Avellaneda, Encina, Robles, Centeno, Trigo, Cañas, Prado, Olmos, Olmedo, Olivares, Piña, Perales, Hinojo, Vaca, Luna, Ríos, Mar, Montes, Robledo, Figueroa – de figuera, higuera- Campos, Campillo, Fuentes, Arena, Arroyo, Peña, Valle ), construcciones y objetos (Muro, Palacio, Castillo, Paredes, Mesa, Puerta, Casas, Viñas, Villa, Terrada, Tablada, Jardín, Corral, Corte), jerarquías( Rey, Conde, Coronel, Reina, Capellán, Hidalgo, Caballero), origen ( Toledo, Madrid, Navarro, Valencia, Córdoba, Zamora, Roma, Medina).

Liliana Bellone, la autora

Si se consultan los diccionarios onomásticos, casi todos los apellidos españoles castellanos, navarros, asturianos, aragoneses, vascos, etc., tienen muy bien explicado su origen, lo que no quiere decir exactamente que sus poseedores hayan pertenecido a la nobleza. Posteriores inmigrantes, ya en la época de la colonia, aportaron sus apellidos vascos y navarros, muchos de ellos relacionados con gente de discreto linaje al servicio de los reyes de España. Cabe destacar la gran afluencia de apellidos vascos en el período colonial y principios del siglo XIX: Arriaga, Arregui, Altuna, Aramburu, Chavarri, Elizalde, Elizondo, Echeverría, Gamboa, Galarza, Goyenechea, Garay, Garmedia, Goyena, Gurruchaga, Gorriti, Ibarguren, Lasarte, Larreta, Oteinza. Urquiza, Urquijo, Velasco, Zabala, Salazar, Inchausti, Ibarra, Mendía, Mendizábal, Jáuregui,Irigoyen, etc.

Esta afluencia de nombres y genealogías ocurrió en los cuatro virreinatos de España en América, aunque el Virreinato del Perú asegura con más crédito su alta prosapia.

En Buenos Aires, cabeza del Virreinato del Río de la Plata, la sociedad colonial se vio enriquecida muy pronto por inmigrantes italianos e ingleses que formaron una fuerte clase media dedicada mayormente al comercio, en lo que será luego una ciudad eminentemente burguesa. Sin embargo las familias criollas, desde el norte hasta el sur, construyeron un imaginario de blasones y abolengos para resistir, en parte, el embate de los inmigrantes. Desde principios del siglo XVIII llegaban al virreinato del Río de la Plata, portugueses y franceses, algunos aventureros, otros relacionados con el tráfico de esclavos, otros militares y nobles, como Liniers, ingleses e italianos dispuestos al comercio, como los Belgrano y los Castelli, quienes, en gran medida, se integraron a las familias nativas y brindaron al país la primera sangre y las inteligencias más preclaras de la emancipación. A mediados del siglo XIX, la inmigración comienza a ser vista con más desconfianza, un ejemplo es la xenofobia que se descubre en los versos del Martín Fierro, hacia el inglés, por ejemplo, o hacia el italiano (“papolitano”, como dice Fierro y de donde procede “tano”).

La vieja clase dominante criolla también desconfía de los extranjeros, pero a menudo realiza acuerdos con ellos movida por intereses económicos. Los criollos pobres, los gauchos y los mestizos también serán reticentes con los recién llegados. La cuestión del “otro” como amenazante y al que hay que combatir y, a veces, disminuir y denostar, aparece en su destructiva dimensión. Del mismo modo como los españoles habían disminuido a los indios, considerándolos inferiores y así sentar las bases de su dominación, los criollos intentan disminuir a los inmigrantes burlándose de ellos y considerándolos inútiles, cobardes, avaros, etc.

Así se forma una construcción imaginaria del inmigrante como aquel pobre diablo que venía “con una mano adelante y otra atrás”, a menudo inclinado hacia la avaricia y la mezquindad, falto de coraje, incapaz de comprender la generosidad y la poesía del gaucho, incapaz de hablar con propiedad porque desconocía el idioma, etc., etc. La literatura abunda en ejemplos, desde aquel Juan sin Ropa enfrentado al indómito payador Santos Vega, el napolitano que debe soportar la burla de Fierro, el usurero que agobia a la pobre y digna familia criolla como en el cuento “Juan Muraña” de Borges y que recuerda por supuesto al bravo y desdichado Juan Moreira de Gutiérrez. El sainete y las obras de Armando Discépolo muestran también ese imaginario del inmigrante, habitante de los conventillos, triste y aislado en su medio castellano, impregnado de la pronunciación extranjera, italiana, árabe, catalana o gallega.

Los italianos

Lo cierto es que esta construcción imaginaria, extendida en toda la Argentina, tendiente a mantener el predominio de los intereses de las viejas familias criollas, cuyo linaje se remonta no solamente a la guerra de la independencia, sino a los períodos de la conquista y colonización, no se sostiene si se analiza la realidad histórica y cultural argentina. Si se observa un poco el entramado cultural de la Argentina, veremos la afluencia de apellidos italianos en las artes, en la música, en las ciencias, en la técnica, en las humanidades

Grandes edificios, verdaderos palacios y mansiones fueron construidos en Buenos Aires (Recordemos en Palacio Barolo, en la Avenida de Mayo) y en las provincias argentinas por ingenieros y constructores italianos, que formaron prósperas empresas y compañías de artistas ebanistas, paisajistas, diseñadores, decoradores, etc.

La historia de la ciencia y la técnica, en especial los estudios académicos y universitarios deben en gran medida su desarrollo a muchos científicos italianos, profesores de antiguas universidades europeas que llegaron al país desde la época de Rivadavia. Ricardo Alonso publicó hace algunos años un excelente artículo en la revista Claves (Nº 98,abril 2001)sobre el aporte de los intelectuales y científicos italianos a la cultura argentina: desde Pedro Carta Molino, graduado en Turín y que llegó a Buenos Aires durante el gobierno de Rivadavia, hasta la doctora Eugenia Sacerdote Lusting, nacida en Turín, investigadora en el campo de la biología, pasando por el piamontés Carlos Ferraris, el escritor Pedro de Angelis, el filósofo Rodolfo Mondolfo, el matemático Beppo Levi, el arqueólogo Pedro Scalabrini, el químico Francisco Canzoneri, los físicos Livio Grttony Lusis Moretti, el médico Jun Boeri , el licenciado en Letras Francisco Pagliaro. Algunos de estos estudiosos habían dejado su patria a causa del fascismo y la persecución política.

Las artes se enriquecieron con el aporte de muchos artistas italianos, en especial la pintura y la música. El Teatro Colón, por ejemplo, recibió la visita de grandes tenores y sopranos de la lírica ya que se había formado en la Argentina un público amante de la ópera, sin duda influido por el gusto de los italianos que, además, contribuyeron a abrir en Buenos Aires y en las ciudades importantes de las provincias, los cafés y las confiterías más famosas y de mejor gusto.

Esto muestra de alguna manera la importancia de la inmigración italiana en la cultura argentina, pero hay algo más recóndito y visceral, algo que tiene que ver con el exilio y la soledad, con la falta de adaptación (que se capta en el grotesco y los sainetes de Discépolo, por ejemplo), y que es la tristeza del que ha dejado la patria y que sabe que no regresará jamás. Esa tristeza se extiende a los hijos y nietos de inmigrantes no solo italianos, a través de ese sentimiento al que Sábato y César Fernández Moreno tanto aluden: la nostalgia y que impregna la literatura argentina del siglo XX. En muchos casos los extranjeros deseaban olvidar su pasado. A veces, era un pasado de pobreza o de guerra, y, en muchos casos, datos genealógicos de un pasado que no tenía que ver con la pobreza y la ignorancia como generalmente muestra la construcción de la clase patricia criolla, sino con un pasado de gran dignidad.

Muchas familias inmigrantes italianas, en especial las piamontesas, poseían importantes propiedades y, acosadas por las luchas políticas y las desavenencias de la Italia dividida de fines del XIX y principios del XX, debieron huir de los enfrentamientos fratricidas. Así, hay familias piamontesas relacionadas con la corte de Francia, desde la época de los reyes Luis XII y Francisco I, de quienes recibieron títulos y mercedes, en algunos casos burgos y villas situadas en el norte de Italia. Ese pasado aflora en la herencia cultural que los abuelos italianos legaban a sus descendientes: gusto refinado, amor al arte, en especial por la literatura y la música. A menudo, surgían de los labios de una abuela o una tía, en su dialecto alpino, algún fragmento de Ludovico Ariosto o de Tasso o de Dante Alighieri, y siempre una referencia a Verdi o a Puccini (cuyo hermano, Michele, estuvo en Jujuy también en busca de la suerte que ofrecía la Argentina ubérrima del Centenario y como muchos se desilusionó en un una Buenos Aires que le resultó hostil).

Los inmigrantes italianos y también españoles, franceses, alemanes, árabes, etc., trataron de no contrariar el imaginario impuesto por la ideología de las clase dominante y disimularon y borraron cualquier atisbo de un pasado que no respondiera a ese modelo: los inmigrantes debían ser pobres, analfabetos, desposeídos de bienes materiales y culturales, nada tenían salvo su trabajo y su deseo de progresar. Esta generalización que como toda generalización deforma la realidad y es funcional a prejuicios ideológicos, es la que predominó durante décadas en la Argentina. Sin embargo, una mirada más abarcadora y crítica, permite observar que la inmigración europea y también asiática que llegó a nuestra tierra, sin caer en el exceso de posiciones interesadas que declaman que “los abuelos inmigrantes hicieron el país”, desconociendo el pasado heroico de las guerras de la independencia y los siglos de la colonia, fue altamente benefactora y enriquecedora de la patria y que el imaginario negativo al que aludimos demostró no poseer asidero alguno, pues la misma historia se encargó de desmentirlo.

  • Liliana Bellone
    Escritora