Los “progres de la derecha"

octubre 16 /2010
Antonio Gutiérrez

Productos mediáticos de los medios de información de la derecha, fabricados con atuendos de izquierda para cubrir el segmento de progresismo en juego (y evitar así que lo ocupen quienes podrían promover reales cambios en la cultura), los “progres” de la derecha se ven hoy en la disyuntiva de adherir a las leyes promovidas por los gobiernos populares en Latinoamérica y ser consecuentes con el discurso de izquierda que enarbolaron hasta ahora, o sacarse las máscaras y desnudar sus verdaderas procedencias, sincerar la obediencia debida a sus patrones.

Prefieren perder el prestigio ganado entre la gente de izquierda que perder la protección de sus benefactores de la derecha.

Eran de izquierda porque en realidad no había, en las últimas décadas, gobiernos que instrumentaran políticas de izquierda que afectaran los intereses de la derecha. Era fácil ser progre en los 90. Por lo tanto como progresistas de la boca para afuera no molestaban a nadie, todo quedaba en palabras, estaban cómodos en sus estudios televisivos y en sus escritorios, gozaban de su fama, reverberaban en sus narcisismos, no se veían compelidos a expedirse sobre acciones concretas que afectaran los intereses monopólicos de quienes los contrataban.

Es decir, sus discursos no tenían consecuencias en tanto dominaba enteramente la derecha que los empleaba para vender a buen precio progresismo a los incautos consumidores de izquierda y a cuanto culturoso anduviera suelto por ahí y de ese modo hacer el negocio. Pero cuando la cosa fue más o menos en serio y se afectaron realmente los intereses de los sectores oligárquicos, estos progres cambiaron, sobre la marcha, de color, como el camaleón. Aquellos mismos que pedían juicio y castigo para los responsables del terrorismo de estado, hoy dicen estar hartos de escuchar hablar de la dictadura.

Todo indica que no están dispuestos a morder la mano de quienes le dan de comer y que prefieren, llegado el caso, proseguir vendiendo al alma al diablo y mantener el negocio personal que continuar siendo considerados individuos progresistas. Dicho de otro modo, prefieren perder el prestigio ganado entre la gente de izquierda que perder la protección de sus benefactores de la derecha.

Cautivos de los medios informativos y de las grandes editoriales, escribieron siempre a pedido de sus mandantes neoliberales, libros y artículos de ocasión, para una franja del mercado que desprevenidamente consumió sus creaciones como si genuinamente provinieran de la izquierda. Es que el capitalismo actual está en condiciones de hacer este tipo de cosas; transformar todo en ganancia, hacer un negocio aún los discursos que lo detractan y relanzar como producto de consumo hasta sus propias pérdidas.

Hoy algo de todo eso se desoculta inevitablemente. Es que las actuales políticas antineoliberales en Latinoamérica, obligan al desnudamiento y a las definiciones. La promulgación, por ejemplo, de la nueva ley de medios audiovisuales en la Argentina puso a los progres de derecha (con ropaje de izquierda) en la encrucijada ética de tener que decidir. O adhieren a una ley que representa un límite a la expansión de los intereses neoliberales y a las políticas de exclusión y saqueo o continúan gozando de los beneficios mediáticos de ser “progres” orgánicos a sus mandantes de derecha.

Es así cómo algunos conocidos escritores, periodistas e intelectuales reacomodan hoy sus bártulos y se debaten interiormente entre qué es lo que más les conviene. La mayoría de ellos cambió sobre la marcha su look y aparecen decididamente antipopulares, fieles a sus inventores mediáticos, leales a los diarios y revistas de los grupos monopólicos que les dieron origen. Nunca estuvieron en situación más incómoda y más enojados que ahora; las medidas concretas tomadas, por ejemplo, por el gobierno kirchnerista en contra de los monopolios, los obligaron a sacarse la careta y los dejaron mal parados en el escenario de la hora.

Pero estos progres de la derecha se defienden de una manera paradójica y extraña; despliegan la artillería que les proporcionan sus empleadores monopólicos y oligárquicos para continuar diciendo que son independientes y que conservan una autonomía de pensamiento; pretenden colocarse como observadores objetivos y castos por encima de las cosas, adoptan la posición del alma bella, no se sienten involucrados, en definitiva, en el fango que ellos mismos contribuyen a amasar.

  • Antonio Gutiérrez
    Escritor – Psicoanalista.