Los últimos 25 años de democracia

agosto 31 /2008
Virginia Cornejo

En 1983 la Argentina inauguró un nuevo régimen político. Podemos coincidir en denominarlo una democracia ampliada y sin restricciones. No fue gratis, hubo que parirla y después hacerla crecer. Quisiera señalar que la convicción democrática invencible del primer presidente de esta etapa institucional, el Dr. Alfonsín, fue probablemente fundacional, y supo sintetizar en el relato de gobierno muchas aspiraciones del pueblo argentino.

Esa democracia está a la espera de gobernantes que interpreten los nuevos deseos de la sociedad civil.

No es la oportunidad para detenerse en los detalles, sino solamente en las grandes líneas, en los grandes trazos que surcaron quizá el futuro de este nuevo régimen político. Y quiero insistir, esos trazos fueron en esta primera época la necesidad de la consolidación de un sistema institucional de gobierno fundado en los principios democráticos.

La segunda presidencia del período, a mi juicio consolidó las líneas de base, las líneas profundas. El peronismo triunfante en el segundo turno fue un peronismo de pacificación. Menem visitando a Rojas en su lecho de muerte devolvió el gesto de Balbín despidiendo los restos de Perón. el segundo turno democrático se desplegó certeramente en gesto de conciliación y de inclusión.

A su modo estos dos primeros turnos de la nueva democracia, la fundaron y le dieron una determinada impronta. Les tocó a los gobiernos sucesivos abrazar el legado recibido, desarrollarlo y lanzarlo al futuro. Creo que todavía estamos esperando al que tome el guante. Los turnos sucesivos no han logrado encarnar estos desafíos de consolidar esta democracia incipiente en la que la sociedad insiste perseverante, y por el contrario se han enredado siempre en crisis recurrentes en función de pragmatismos ilusorios.

Esa democracia está a la espera de gobernantes que interpreten los nuevos deseos de la sociedad civil.

Empezamos a advertir que estos deseos profundos pasan por una exigencia de gestión de los bienes públicos permanentes. La sociedad civil percibe en cierto lugar que la manipulación del sistema institucional en general es un obstáculo para el crecimiento. Es un obstáculo decisivo para que los resultados de la gestión sean sólidos y duren en el tiempo futuro.

Percibo que esa sociedad empieza a distinguir los resultados efectistas e inmediatos, de aquellos otros que permanecen y permiten avanzar hacia la solución de otros problemas. Percibo que la coyuntura, en algún lugar del inconciente colectivo, va ocupando un lugar más reducido, y se acompaña de la necesidad de convivir dentro de estructuras más eficientes de gestión.

Para eso la sociedad quiere saber, quiere que los debates sobre ciertos temas vinculados a los bienes públicos sean abiertos y francos, que se permita de este modo una forma de control de los gobiernos.

Los gobiernos sin embargos no están percibiendo estas necesidades y cada tanto pone en jaque la propia gobernabilidad.

Los gobiernos descreen de la oposición política como un mecanismo propio y saludable de estas nuevas democracias, por el contrario, les ocultan información, y viven el sistema como una trampa a la que hay que evadir. Esta obcecación también pone en juego la gobernabilidad.

En síntesis, en esta oportunidad quiero recordar enfáticamente a todos aquellos que contribuyeron a fundar esta nueva democracia y recordar que su legado es justamente que nosotros hoy la sigamos construyendo, y en ese afán el desafío de los tiempos no son la palabras, sino el reconocimiento sincero de que ese crecimiento depende de un fortalecimiento de la transparencia, los mecanismos de control y la convivencia leal con la oposición política.