Militancias y utopía restrospectiva

enero 11 /2010
Dr. Carlos María Romero Sosa

Roberto Sánchez

Hubo una época en que queríamos cambiar el mundo de raíz; sólo que en perspectiva histórica y lejos de tirar la toalla, habrá que convenir que no todo era malo entonces y que ciertas cuestiones escapaban a la noción de “superestructura”.

Las presuntas burguesías cultas son incapaces de marcar pautas culturales a nadie.

A siete días de su muerte

Así buena parte de nuestra politizada generación, tuvo que dar su brazo a torcer y valorar la literatura de Borges. Reconoció -aunque sea políticamente incorrecto formularlo- que la de Lanusse, sin olvidar por supuesto Trelew, obra de la Armada, fue una “dictablanda” en comparación con los horrores del Proceso.

Contabilizó en la Iglesia Católica “aggiornada” por el Concilio Vaticano Segundo más ánimo de cambio que en la actualidad. Aceptó que la extendida violencia delictiva es un nuevo flagelo y, ahora mismo, pudo concluir celebrando que antes se escribieran y se cantaran páginas sentimentales dignas de ser escuchadas, pese a no asentarse sobre el compromiso sartreano, no impactar con imágenes nerudianas y en el plano musical carecer de otro mérito que el de la melodía pegadiza.

Páginas como por ejemplo las de Sandro, que más de uno sino descubrió, al menos revalorizó en estos días con cierta culpa por no haberlo hecho antes. Por cierto que entonces, justo cuando algunos jóvenes queríamos cambiar el mundo de raíz, sea haciendo servicio social o trabajo de base en las villas de emergencia, era común tener en menos a ese muchacho de Puente Alsina. Visto a la distancia resulta evidente que se imponía clasificar y distinguir todo con trazos gruesos, de acuerdo con la forma más grosera de la simplificación.

En ese contexto ingenuo y sectario a la vez, el mundo villero daba para alambicados estudios sociológicos y para ejercitar mejor la rebeldía romántica que los tics al fin barriales de un rockero nativo y de sus fans de las clases medias bajas, que para dificultar más la observación intelectual, tendían a entremezclarse con otros estamentos sociales. No hay que olvidar que el Buenos Aires con empedrados de hace cuatro décadas y aún algo después, era todavía bastante integrador y permitía cierta movilidad social; aparte de que los pobres urbanos y suburbanos solían no estar bajo la línea de pobreza.

Eran trabajadores y casi no desocupados, obreros y artesanos que sin abandonar sus costumbres y gustos que a más de uno le sonaban chillones, “mersas de campeonato” y propios de la “clase D” según las incisivas clasificaciones de Juan Carlos Colombres, Landrú, en las revistas Tía Vicenta, María Belén y Gente, de un modo u otro interactuaban con el resto de los habitantes de las ciudades, donde nadie llegaba con nocturnidad para recoger cartones como hoy en día.

Se le ha dado exclusiva connotación política, en general peyorativa, al término “setentismo”. Pero fuimos testigos recién de otro fenómeno, en rigor “setentista”, y en los hechos más influyente e irradiante de consignas -pues llegó a trasmitir su antorcha emotiva y estética a nuevas generaciones- que el ideológicamente unidimensional de antaño: el “setentismo” que irrumpió con motivo del fallecimiento del ídolo, en calificación por de pronto atendible en el plano cronológico debido a la edad promedio de sus integrantes más numerosos, en general en la franja que va de alrededor de los cuarenta y pico largos a los sesenta y pico y setenta años.

Si bien a partir de la noticia del deceso, el duelo se extendió a otras generaciones más jóvenes, la avanzada la dieron quienes en mayor medida lloraron a Sandro; los que concurrieron en masa a su velatorio en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso y a su entierro en el bonaerense cementerio privado Gloriam de Burzaco.

Pero asimismo se encendió en el ambiente una chispa de Utopía retrospectiva, forjada en la idealización de un pasado quizás ilusorio como el apreciado por Borges en su poema “Fundación Mítica de Buenos Aires”, o cuando menos ilusionado. Y allí, los que para poder despedir al cantor permanecieron bajo un calor de 35 grados y después afrontaron una tormenta, demostraron una actitud de sacrificio y una consecuencia nada común cuando dominan la comodidad y el oportunismo.

Una conducta si se quiere de corte militante; aunque ni por asomo le atribuiría nadie tono contestatario o beligerante, pese a que los sentimientos en versión gratuita corrieron en sentido opuesto a la búsqueda del rédito y a la compulsión tan argentina de “morder” en cualquier plato.

Por su parte, Roberto Sánchez, un intérprete que no cayó en la tentación de improvisarse político, tampoco pudo evitar que lo marcaran algunos signos de su tiempo. Sin jugarla de rebelde, de entrada no más pateó el tablero de los bien pensantes reivindicándose “Gitano”, una inmigración poco “paqueta”.

Sus devotos lo apellidaron “de América” y él mismo se negó a intentar un casi seguro éxito en Europa, como si a su modo subrayara con Mario Benedetti que “el Sur también existe”. Después no fue ni pretendió anotarse entre los artistas de la diáspora, pero vivió y perseveró en el exilio interior tras el paredón de su casa de Banfield.

Su popularidad, mala palabra para las clases medias que creen diferenciarla del empeñoso y tilingo “figurar” de varios de sus miembros, lo confinó por décadas a ser un póster en el cuarto de las mucamas, mientras que el Che Guevara era banalizado y comercializado hasta el sacrilegio en las remeras de las chicas de Barrio Norte.

Así las cosas Roberto Sánchez y su personaje Sandro, alcanzaron al cabo el reconocimiento general. Les llegó a ambos a través de los vasos comunicantes de la sostenida discreción, la sinceridad, la entereza y profesionalismo.

Y tronó ese aplauso casi unánime cuando se aceptaba ya que los modales refinados del hombre no eran poses para el marketing del artista, que su elegancia no estaba endomingada y que su decir, inteligente, bien intencionado y elocuente, mal podía ser dictado por apuntadores o formadores de imagen.

Pueden haber sospechado incluso algunos analistas de la sociología y la psicología de masas, que Roberto Sánchez, dignísimo en su larga enfermedad, irreprochable en su conducta cívica, portador de un señorial aspecto de galán maduro y hasta recipiendario de distinciones oficiales como la que le tributó el Senado de la Nación al concederle el premio Domingo Faustino Sarmiento, le había ganado por fin al ululante Sandro, con lo cual -prejuzgarían- éste habría ido perdiendo adhesión entre su antiguo público, ajeno y francamente desinteresado por esas otras cualidades de su personalidad. Sucedió en cambio al revés, en otra demostración -el tango fue quizás la primera- de que las presuntas burguesías cultas son incapaces de marcar pautas culturales a nadie.

Aunque habrá que dilucidar si el ser humano proyectó al artista a la consideración nacional o viceversa, la verdad es que fueron sus seguidores de antaño y de siempre, los que venían escuchándolo desde los años sesenta y setenta del siglo XX, quienes con su respetuoso cariño por el Sandro final y ya no con el histerismo mostrado en sus multitudinarios recitales, convidaron al país todo a saborear sus interpretaciones.

Y en esa mesa tendida y solidariamente extendida por ellos, con el fondo melancólico de las primeras y ya clásicas canciones de amor del ídolo, pudimos imaginar los menos conocedores de su repertorio que -tal vez- el mundo no era del todo malo cuando queríamos cambiarlo de raíz. ¿Una Utopía retrospectiva…?

  • Carlos María Romero Sosa
    Abogado y Periodista.
    Especial para Calchaquimix y Salta Libre