ONU: Dependencia sin liberación

septiembre 24 /2011
Daniel Tort

Es indudable que el discurso que presentara la Presidenta de los Argentinos ante la Organización de Naciones Unidas (ONU) ha sido muy particular, y para decirlo directamente, valiente. Siempre teniendo en cuenta los límites que tienen los líderes de los países que no forman parte del llamado Consejo de Seguridad de esa entidad, que se integra con quince miembros, de los cuales cinco son permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte) y diez temporales.

Es para destacar el expreso pedido de reconocimiento como miembro número 194 de la ONU para Palestina, algo que nuestro país ya había realizado en el plano interno con antelación.

En definitiva, los grandes de la post guerra mundial mandan más que los otros países, que como pasó con nuestro país en situación de conflicto bélico con uno de ellos no tuvo una sola oportunidad de ser siquiera escuchado. En el contexto del escaso margen de tiempo que se asigna a cada orador, la delegación Argentina encabezada por la Presidenta puso el acento en cuatro aspectos que merecen ser destacados.

El primero fue el reclamo literal y abierto para que se cambien las reglas del juego dentro de la misma organización, exigencia que no todos se atreven a realizar, que molesta a los dueños del circo, y mucho.

La segunda fue el pedido para que se trate en el mismo seno de las reuniones formales ordinarias el tema de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas y Archipiélago del Atlántico Sur, que involucra como todos sabemos a otro de los privilegiados de la ONU como es Inglaterra.

El tercer punto a remarcar no ha sido oratorio sino gestual, llevado adelante por todos los integrantes, que no se adhirieron al orquestado retiro de las delegaciones que encabezara Estados Unidos, cuando el presidente electo democráticamente en Irán, el ingeniero Mahmud Ahmadinejad plantó verdades que son irrefutables, tales como que el atentado a las torres gemelas resulta curioso y aún no esclarecido; que ese supuesto atentado se usó como excusa para masacrar civiles en Irak y Afganistán; que la clase parasitaria financiera es la causante de las crisis y que el apoyo al sionismo terrorista es injustificable.

Después de expresar literalmente: “Debilitan a los países a través de intervenciones militares y destruyen sus infraestructuras para saquear sus recursos y hacerlos más dependientes”, en un plan previamente acordado la delegación de EE UU y veintisiete representante de la Unión Europea se levantaron grotescamente y se fueron. No hay peor sordo que el que no quiere oír. La delegación argentina se mantuvo en sus bancas y tal gesto de independencia solamente ha sido criticado por la DAIA, claramente identificada con los aludidos.

En este contexto también el pedido de justicia por la causa AMIA, reclamando la presentación a juicio de los iraníes acusados por la justicia argentina, es una muestra clara del delicado equilibrio de presiones que tiene que sortear la Mandataria. No obstante dejó en claro que es la justicia argentina la que tiene que hacerse cargo, aunque si nuestros jueces y funcionarios asignados a esa investigación siguen descartando hipótesis que toda instrucción judicial seria debería respetar, como por ejemplo la posibilidad de conflictos entre sectores y el atentado por fracciones internas del mismo movimiento, existen pocas posibilidades de llegar a la verdad real. Recordemos que según los tiempos de la política internacional que interesa a Israel y EE UU, ora siguen pistas sirias, ora se siguen pistas iraníes. No sería raro encontrar que en el futuro, cuando esos imperios bélicos tengan intereses en invadir Bolivia para usurpar su estaño, sigamos una pista Aymara.

El cuarto aspecto a destacar ha sido el expreso pedido de reconocimiento como miembro número 194 de la ONU para Palestina, algo que nuestro país ya había realizado en el plano interno con antelación. Tal petición, a viva voz y directamente por parte de la mandataria Argentina, no es usual en un ambiente donde reinan las hipocresías, los acuerdos de pasillo y la actitud humillante de levanta manos de los miembros de países dependientes.

La respuesta de Israel a este pedido fue increíble, ya que se condicionó su ingreso a que primero se firme un acuerdo de paz en la región, algo que resulta prácticamente imposible si se tiene en cuenta la permanente agresión del ejército sionista sobre la población palestina. No es común que en las sesiones de la ONU se prodiguen prolongados aplausos a los que exponen.

Por ello, el generalizado e inusual reconocimiento a la Presidenta luego de su discurso es una manifestación clara de apoyo de los países que, como el nuestro, han sido siempre considerados por los grandes del Consejo de Seguridad como participantes de segunda. Y no es un dato menor. Claro que el avance dentro de esta organización es siempre relativo, ya que precisamente ha sido ideada en los finales de la década del cuarenta en el siglo pasado, no para la liberación de nadie sino para el predominio de los elegidos.

La “Fábula del Tiburón y las Sardinas” que escribiera el ex presidente Juan José Arévalo Bermejo (ex presidente de Guatemala) describe admonitoriamente el fracaso de la ONU con estas reglas, ideadas para la dependencia y no para la liberación de los pueblos que deberán buscar, más temprano que tarde, su propia organización (UNASUR por ejemplo) que contemple sus propios intereses y no los imperiales ajenos.

  • Daniel Tort
    Abogado y periodista