No hay que usar la inteligencia, sino abandonarse al sentimiento

Pensamientos humanos en el cerro de los milagros

enero 11 /2007
Andrés Gauffín

El rosario en la cima del "cerro de la Virgen" terminó pidiendo a San Miguel Arcángel -jefe de los ejércitos celestiales- que envíe al infierno a Satanás y a todos los espíritus malignos. La súplica frustró las pocas expectativas que tenía de encontrar allí un poco de tranquilidad. Peor aún, ni siquiera podría bajar a la ciudad con cierta serenidad, pues allí Lucifer y sus demonios andan sueltos y -no ya por creerlo, sino tan sólo de sospecharlo- no quedaría otra alternativa que subir ritualmente a practicar el exorcismo.

En el cerro de los milagros, todo está dirigido. Ni una sola palabra espontánea se dice en el ritual. Arriba es todo tan, pero tan sagrado, que se resiste a cualquier pensamiento y a cualquier crítica.

Había subido porque, se sabe, el brindis ya no alcanza para terminar un año y encarar el próximo. Un caos político en la Rosada, un tsunami en Indonesia, un Cromagnon en el Once o, la fuga de un asesino de niños de la cárcel de Villa Las Rosas han hecho nimios los buenos deseos de rigor.

Hacia el final de 2006 ya teníamos una execrable ejecución en Irak, una bomba de ETA en Madrid, la desaparición de un testigo en Escobar y, al filo de la medianoche, un dantesco (aquí sí, dantesco) incendio en el centro de la ciudad: "Éramos pocos" -pensaba mientras bajaba apurado del cerro- "éramos pocos y parió el demonio".

No sólo el atávico temor que despierta el fin de año había sido el motivo de mi ascenso, también un librito que encontré en el estante de autoayuda de una librería: "Bendita tú eres" (Ateneo, Bs. As, 2005) escrito por el periodista "especializado en la Virgen", Víctor Sueiro, y su ángel de la guarda.

Librito -así lo califica humildemente su autor- un tanto incómodo de leer, pues en el clímax de sus emociones, el autor revela una relación amorosa con el lector: "ustedes que palpan estos papeles de este lado, acariciando meses de mi trabajo, y yo que aporreo el teclado de este otro, acariciándolos a ustedes… Los amo, no sé si se los dije. Ni siquiera sé si lo merecen, pero los amo" (p. 249).

Es mejor que este lector -que, valga la aclaración, nunca palpó los papeles de Sueiro- no merezca su amor, tal vez de ese modo pueda evitar sus caricias. Pero sus confesiones sentimentales se expresan en el mismo tono con que se refiere a las apariciones de la Virgen del Cerro, de las que se convierte en apologista: melifluo hasta el relajamiento, florido, sentimental y anti racional.

Este humilde "gerente del marketing de Dios", como también gusta presentarse, escribió el librito "dejando en claro" que no tiene autoridad para avalar milagros "ni hechos tan plenos de misterio", pero lanzando un desafío final, como si fuera su más perfecta estocada a los incrédulos: "¿Hay alguien en la vereda de enfrente que tenga autoridad para negarlos?".

Y es cierto. ¿Cómo negar que una Virgen sube y baja en la cima de un cerro, que el sol danza al mediodía, que caen lluvias de rocío en plena canícula de diciembre, y que en la seca y polvareda de agosto hay ráfagas de perfumes de nardos? (perdón, ¿a qué huele el nardo?) Cómo negarlos, cuando lo más asombroso de todo es que una persona puede percibirlos y otra que está a su lado, no, según el mensaje oficial.

¡Es cierto! Ni un monseñor, ni un mitrado, puede negar esos fenómenos. Ni un científico, ni un filósofo, ni un periodista, ni un historiador. Ni nadie. Acabo de ver con mis propios ojos y escuchar con mis oídos a San Miguel Arcángel bajar del cielo y nombrarme capitán general de sus ejércitos en la tierra. ¿Tendrá Sueiro o algún obispo autoridad para negármelo?

Así que callar sobre esos fenómenos y mejor hablar sobre los mensajes.
"Al día siguiente, tuve una charla con María Livia -cuenta en el librito una mujer entrevistada por Sueiro- y ella me dijo que había dos cosas que yo tenía que diferenciar. Me dijo: "Una cosa es la inteligencia y otra la sabiduría. La inteligencia es algo que viene de la razón y, si uno vive solamente en base a esa razón, eso es obra de satanás, y la sabiduría viene del corazón, y eso es obra de Dios". (p.241)

Mensaje no de la Virgen, sino bastante humano, que desde hace siglos ha dividido el mundo -peor aún, las sociedades- en dos, como están divididos los espíritus de Sueiro: en el cielo están los ángeles que miman y cuidan a nuestro humilde escritor y enfrente los espíritus malignos que combate la espalda del arcángel.

Un poco más abajo están de un lado, los sacerdotes que reconocen las apariciones de la Virgen, y del otro los sacerdotes apóstatas. Es que la hora de la gran apostasía ha llegado (p.268).

Y aquí en la tierra y en este rincón están aquellos hombres que se inspiran en el corazón y son obra de Dios y en este otro rincón los hombres que solamente se guían por la razón y son obra de Satanás.

El mundo se convierte así en el escenario de un combate entre dos principios irreconciliables, en el ring de una perpetua lucha apocalíptica, en donde la victoria final del bien -victoria siempre postergada, como la condena del éxito argentino sentenciada por Duhalde- está precedida por grandes turbaciones y tribulaciones causadas por el mal.

¿Cómo sentir paz escuchando esos mensajes, aunque te digan y te repitan que Argentina o Salta -tierra escogida, e inundada de luz según se canta en la cima- estará a salvo por las apariciones de San Nicolás o de Tres Cerritos, mientras afuera el mundo arde en llamas?

Pero, justamente, no hay que pensar, no hay que usar la inteligencia -preferido instrumento del demonio-, sino abandonarse al sentimiento, como lo hace Sueiro en su librito. "Si locura es eso -dice refiriéndose a las visiones y los mensajes de la vidente- creo que es una pérdida de tiempo estar cuerdo" (p.277)

A meditar con el corazón, -no a tener la cordura de pensar en los problemas que nos toca vivir a diario-, se invita en la cima. El uso de la razón y del intelecto sólo corre por cuenta de quienes organizan la actividad de la ermita.

En efecto, todo está allí pensado, previsto, planificado y ordenado, desde el cartelito que le dice a un ya agotado caminante en mitad de la subida: "Vengan a mi los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré", hasta las lavandas de los canteros cerca de la ermita. Desde las continuas apariciones de los servidores no bien se accede a la explanada, hasta la impostada voz de quienes hacen las lecturas.

En el cerro de los milagros, todo está previamente escrito y dirigido. No bien se pone el primer pie en el cerro, hay que seguir el sendero marcado. Abundan los mensajes que dicen lo hay que hacer y lo que hay que sentir. Ni una sola palabra espontánea se dice en el ritual del rosario: todo es leído del guión previamente establecido. Y cuando a un desprevenido devoto se le ocurre hacer un comentario en voz alta cerca de la ermita, un amable servidor aparecerá para llamarlo a silencio, lo mismo que cuando un desorientado se sale del camino establecido. "Por aquí no, señor, por allí, por favor".

Qué duda cabe, uno puede llegar a sentirse anímicamente bien en ese clima, como también puede sentirse bien mientras recorre los pasillos de hipermercado o la galería de un centro de compras, pensados y planificados por la mejor escuela de negocios del país.

Y como en un centro de compras, en el cerro de los milagros también todo está filmado, registrado, cuantificado y hasta contabilizado: esa estampita que le acaban de entregar puede servir también para contar los miles de fieles (¿2875?, ¿3429? ¿4903?) que han subido ese sábado.

A ninguno de ellos se le acepta unas monedas en donación, lo que es visto por un arrobado Sueiro como una prueba palmaria del desinterés de la obra. Visto de otro modo, sólo los que tienen mucha capacidad económica están habilitados para contribuir: pueden entregar unas decenas de hectáreas en el cerro, poner a disposición un puñado de 4x4 los sábados o donar unos potentes equipos de sonido. La viuda del templo no tendría dónde dejar sus céntimos.

Melitón BustosCon la ventaja para el gran benefactor de que la donación será vista como un hecho sobrenatural, como quiere ser visto todo lo que ha sido dispuesto en la cima. Desde el alambicado nombre que se le ha dado a la advocación, hasta los jardines flores que se siembran en los canteros. Arriba es todo tan, pero tan sagrado, que se resiste a cualquier pensamiento y a cualquier crítica.

Y ese es el mayor silencio que los impulsores de esta "obra" han conseguido hacer, no tanto el silencio al que llaman los servidores en la cima. El silencio de una sociedad frente a un fenómeno que ha conseguido instalarse en Salta logrando que no se hable de él públicamente, a no ser en tono laudatorio como lo ha hecho Sueiro y, localmente, el diario El Tribuno. Silencio que es causa y consecuencia de que a este fenómeno no se le haya dado todavía una explicación humana, muy humana.

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