Proa, evocación de una presencia

enero 21 /2013
Dr. Carlos María Romero Sosa

(clic para agradar)

Se cuentan con los dedos de ambas manos las décadas en la existencia humana; aún en la más longeva. De allí que sea un motivo de alegría contabilizar que va para dieciséis años mi vínculo con Proa. Advertir el hecho también me despierta algo de nostalgia, por aquel cuarentón apenas y con aspecto treintañero que vio aparecer en el número 29 de la revista, correspondiente a mayo-junio de 1997, un artículo de su autoría sobre la poeta y ensayista Julieta Gómez Paz fallecida meses antes, en agosto del 96‘.

Fui testigo de las sucesivas mudanzas de la redacción. De los sutiles cambios de diagramación y papel de la publicación con miras a la excelencia para gozo secreto de bibliómanos.

Tomo nota del cambio de persona en que caí en el párrafo anterior: de la primera a la tercera. Sucede que uno tiende a despersonalizarse cuando de mirarse en forma retrospectiva se trata y esa evaporación del yo se hace patente en el lenguaje. Será por verse distinto en cuerpo y alma; antes seguro con más fuerzas físicas y quizá más fuego interior, pero lo grave del caso es encontrarse con alguien ajeno más que lejano. De allí que las continuidades -no las rutinas o las inercias de rango vegetativo-; las continuidades digo, los procesos con su mucho de rito y bienandanza en tanto caminos con múltiples llegadas, den elementos para reconocerse.

Por mi parte qué mejor que hacerlo aquí y ahora, al ir recorriendo las sucesivas entregas de Proa, desde aquel número 29 hasta el reciente ochenta y tres de este año 2012, un ciclo donde al menos en sesenta y cinco oportunidades colaboré. Releo los índices de esa colección desbordante de nombres -que salvando el mío- hicieron y hacen historia en las letras castellanas y pienso que ha de merecer algún día la elaboración de un fichaje con entradas por apellido de autor y por tema, del tenor de las compilaciones elaboradas por los técnicos que convocaba el Fondo Nacional de las Artes, a iniciativa principal de Augusto Raúl Cortazar para la serie Bibliografía Argentina de Artes y Letras y veían la luz en esos tomitos coloridos, que recibía mi padre durante los años de mi niñez y adolescencia. O del “Indice del suplemento de letras, artes y ciencias del diario Mayoría (Buenos Aires 1974-1976)” compuesto por Luis Ricardo Furlan, una firma habitual en Proa, que publicó en 1997 la Sociedad de Estudios Bibliográficos Argentinos en el número 5 de la serie Estudios.

Pero voy más atrás en el tiempo y recuerdo que a mediados de los ochenta de la pasada centuria, en un acto del Ateneo Popular de la Boca, Roberto Alifano, a quien había escuchado dialogar con Borges en noviembre de 1981 en la sede del Instituto de Servicios Sociales Bancarios, nos habló a José Armagno Cosentino, el dramaturgo de “Grita” y el prosista en “Palotes en el horizonte” y a mí, de su proyecto -concretado en octubre de 1988 al aparecer el primer número- de recuperar en una tercera época la mítica Proa fundada en 1922 por ambos Borges: Jorge Luis y Norah, Macedonio Fernández, Eduardo González Lanuza, Guillermo Juan, Francisco Piñero y Jacobo Sureda.

No olvido pues me ronda con la fidelidad de las cosas logradas, permanentes y ajenas al desengaño, la frase con que aquella tarde boquense nos despidió Roberto: “Se aceptan colaboraciones”.

No sé si tuve tiempo de comentar la invitación con otro entusiasta partícipe de la empresa cultural en ciernes: Alfredo Brandán Caraffa, en alguna de las visitas que solía hacerle en su casa de Larrea 608, esquina Tucumán, en los intermedios de sus depresiones. Quiero sospechar sin embargo que de haber adivinado mi participación futura en la revista -murió en octubre de 1987- la habría saludado con su generosa sonrisa, tan alargada como las palabras pronunciadas con su musical tonada cordobesa.

En Proa en las Artes y las Letras, donde su director dio siempre lecciones de probidad ética, apertura intelectual, buena auscultación de la realidad cultural local y del exterior y desacantonamiento al borde del “rupturismo” estético, sin caer por eso en poses iconoclastas, pude sumar mis artículos en números publicados en homenaje a escritores de culto (Bioy Casares, Borges, García Lorca, Neruda y sigue la lista). Hacerlo para otros dedicados a enfocar actividades sino lindantes al menos o a lo más inspiradoras de una nutrida literatura, como el fútbol (El Nro. 72 donde firmé un ensayo sobre Héctor Negro poeta y lenguaraz del fútbol). Y aún para una buena cantidad de entregas en celebración de países (Uruguay, Chile, México, etcétera), donde era de rigor escribir sobre sus autores más representativos.

Junto a ello pude disponer de espacio y hasta de impulso por parte de la dirección para comentar libros de mérito, no necesariamente editados por empresas de renombre; es decir prestar atención a textos sin garantía de éxito de ventas y carentes de notas bibliográficas aseguradas en los grandes medios de prensa. Y sobre todo tuve el visto bueno para darme a la tarea de rescatar figuras del mundo de las letras, a veces no incluidas en el canon oficial y por ende ausentes en más de una arbitraria o interesada antología. Eso sí, había que convencer de la importancia de tal o cual poeta, ensayista o cuentista y de la trascendencia de este volumen o de aquél a Bernardino Rivadavia, todo un Aristarco de Samotracia inconmovible en ocasiones, hasta hallar pasajes dignos de ablandar su rigor crítico. Porque Bernardino, durante años secretario de redacción junto a León Benarós y Alejandro Vaccaro, fue otro de los puntales de la revista. Dueño de una erudición inverosímil: detallada y múltiple y de un talento impar, la jugaba un poco de duro y de situarse en el más estricto perfeccionismo no necesariamente clasicista ya que en particular en las artes plásticas admiraba ciertos vanguardismos.

Escondía así tras esas máscaras probablemente de autodefensa, su fondo bondadoso y su ingenuidad de solterón de similar cuño al del poema de Lugones. Ello debido a que Rivadavia estaba tan frustrado por la realidad hostil y era tan poco apto para salir airoso de las actividades que le son habituales al hombre común, como aquel célibe de ficción al que se le enmoheció la pluma en los octosílabos incluidos en “Los crepúsculos del jardín”.

Me trasporto con el pensamiento a la primera sede de Proa que conocí, en Paraguay 643, 3ero. “A”. Todo era bullicio y apuro afuera, bocinas aquí y allá y tropiezos, “punguistas”, “arbolitos” y “manteros” en la Florida contigua. Sin embargo no había que esperar que el anochecer apaciguara un poco el ambiente exterior para que se armaran adentro reuniones informales que alcanzaban el nivel de tertulias animadas por Benarós, Norberto Silvetti Paz, Hellén Ferro, Eduardo Ezequiel Koremblit, Manuel Serrano Pérez, Juan José Hernández, Romualdo Brughetti, Luis Martínez Cuitiño, Antonio Requeni, Cristóbal Garro y a veces Héctor F. Méndez Calzada. Varios de ellos septuagenarios u octogenarios, algo sordos, hablaban fuerte. Era entonces digno de ver los esfuerzos para concentrarse que en una habitación contigua debían hacer Ana María Gil o Raúl Lavalle para corregir, próximo ya el cierre de algún número, cierta prueba de página que les facilitaba Alberto Lis y sino el giro de una traducción propia y pronta a ser incorporada en la revista.

Después fui testigo de las sucesivas mudanzas de la redacción. De los sutiles cambios de diagramación y papel de la publicación con miras a la excelencia para gozo secreto de bibliómanos. Me regocijé con los premios nacionales y extranjeros que recibió. Viví preocupado y solidario con Alifano y el resto del equipo cuando transitó por un período difícil, producto de las crisis económicas del país; y también sentí los duelos por los colaboradores que partieron y que tanto nos enlutan. Sin embargo el espíritu de Proa se mantuvo y Roberto piloteó corrientes adversas e impidió su naufragio. Se sumaron otros nombres al elenco y sigue firme la vieja guardia que sobrevive mirando el futuro de la revista con ilusión y su pasado con algo de nostalgia. De allí la engañosa contradicción del título, su aparente oxímoron: Evocación de una presencia, la que en verdad por perseverar en el tiempo, Proa invita a las añoranzas e impulsa a la esperanza.

Cuando los nuevos colaboradores, muchos sin duda “inmortales” mañana, van llegando con sus notas bajo el brazo, ahora a la oficina de la calle Uruguay de Osvaldo Tamborra, el actual coeditor responsable -un personaje que gusta alivianar los presupuestos de los clientes de libros primerizos a imprimir en su empresa gráfica; y lo hace en forma inversamente proporcional al rotundo mensaje que depositó en los versos de su reciente poemario “Si de cosas diversas” (2012)-, se forman espontáneas tertulias que me retrotraen al ambiente de la calle Paraguay. Un signo más de la continuidad de Proa, con diferentes actores y bajo otras circunstancias. Y si cabe una definición de ella, podría decirse que es la síntesis de fuerzas espirituales lejanas y próximas encarnada en amigables hojas de papel impreso.

  • Carlos María Romero Sosa es abogado y escritor.
    Su último libro es “Fanales Opacados” (2010).
    Blog: http: //poeta-entredossiglos.blogspot.com