Recuperar y reivindicar al ciudadano

Gregorio Caro Figueroa
agosto 27 /2014

Del mismo modo que no se puede construir un edificio sólido comenzando por el techo, tampoco parece posible regenerar y modernizar la democracia en el país y en Salta relegando al ciudadano, condenado a permanecer como un mero objeto de la arquitectura política del clientelismo y un convidado de piedra en los acuerdos de cúpulas políticas que hablan en nombre del ciudadano mientras persisten en marginarlo.

Nos llaman población, pueblo, gente o salteños pero, en realidad, ¿qué somos? “¿A quiénes se refieren los políticos cuando reclaman atención de ‘la gente’?

Desde hace años, en la Argentina, el ciudadano ha sido relegado y hasta parece haber desaparecido de la escena pública. En Salta, esto está sucediendo de forma notoria y acentuada. Durante la dictadura, la palabra ciudadano fue reemplazada por “población”. Perdida su condición de sujeto de derechos, el ciudadano pasó a ser mero objeto, recurso material entre otros necesarios para la defensa militar.

El término población se utiliza, al menos, de dos maneras: en el lenguaje común y en el estadístico. Reducido a “población”, a simple número de un colectivo impersonal residente en un territorio, el ciudadano quedó despojado de su condición de titular derecho y de deberes: pasó a ser un dato estadístico de la demografía o del planeamiento militar. El formar parte de una población no otorga automáticamente derechos ciudadanos. Hay numerosas poblaciones con súbditos, extranjeros, desplazados, refugiados, colonos, indocumentados, invasores u ocupantes ilegales.

Las monarquías tenían súbditos; las iglesias, fieles; las cofradías, cofrades; las sociedades, socios; los clubes, afiliados. Las naciones tienen pueblos o comunidades; los territorios, habitantes; los municipios o barrios, vecinos. Los Estados, las repúblicas democráticas, tienen ciudadanos. Quienes encabezan las entidades son monarcas, jerarcas, obispos, presidentes, alcaldes, líderes, coordinadores, voceros. Los roles y las relaciones entre el colectivo, sus cabezas y sus miembros, son diferentes en cada caso. Se dan “de hecho”, o “de derecho”: en este caso, son institucionales.

Junto a su eclipse, el concepto ciudadanía fue vaciado de contenido. En los primeros años de democracia, la palabra y el ejercicio de la ciudadanía recuperaron su vigencia; y el ciudadano, sus derechos. A comienzos del siglo XXI, el término “ciudadano” estuvo expuesto al desgaste y al desencanto. Más tarde, sometida a altibajos, la palabra “pueblo” recuperó vigencia.

En Salta, los términos “población”, “ciudadano” y “pueblo” fueron sustituidos por: “La gente” y “los salteños”, palabras de las que políticos y medios hacen uso y abuso, con creciente insistencia. “Gente”, de acuerdo a la primera acepción, designa una mera pluralidad de personas. Decir “La gente” es otra manera de diluir en una marea impersonal a los ciudadanos quienes, reducidos a un conglomerado colectivo, se desdibujan, pierden sus rasgos distintivos, y ven amenazados sus derechos individuales.

En la segunda acepción, “gente” es “con respecto a quien manda, conjunto de quienes dependen de él”. Así, decir “La gente” es, también, un modo de diferenciarse de una masa percibida como gris y amorfa, colocándose por encima de ella. Es verse como dueño de ese conjunto, con el que ese propietario se vincula en una relación de poder y dependencia. El señor feudal hablaba de “mi gente” o “mi mesnada”: aquellos con quienes contaba para la conquista o la venganza.

Cuando el ciudadano es nombrado como “gente”, es rebajado a la condición de parte de la clientela electoral o de un séquito político, en el que el sometimiento trae consigo más obligaciones hacia al “superior”, que los beneficios o protección que ese “superior” otorga a su pasiva y obediente clientela. En Salta se fue más lejos todavía cuando, en estos días, se calificó a un ex gobernador como “padre de los salteños”, con lo cual se hizo retroceder al ciudadano a súbdito sumiso.

“¿Quién es ‘La gente’?”, pregunta un especialista. Para responder abre interrogantes: “¿A quiénes se refieren los políticos cuando reclaman atención de ‘La gente’? ¿A quiénes se incluye cuando se dice La gente? ¿A quiénes se excluye?”. Es posible que ese abuso que se hace en Salta de “La gente” sea más inconsciente que intencional. Cuando se habla de “La gente”, se la identifica con una mayoría electoral. Los que no pertenecen a ese conglomerado, son miembros de minorías que, por serlo, son ignorados o rechazados por neutrales o “enemigos”.

Aunque ese uso no fuera consciente, al decir “La gente”, se margina y borra al “ciudadano”, y se lo convierte en un nombre con número de DNI, engrosado al padrón electoral. De él solo se espera fidelidad a la hora de votar. La gente es “un objeto históricamente considerado menor”.

Designar a los ciudadanos como “La gente” degradar su condición de ciudadanos, reduciendo los derechos que tiene como sujeto de la república. Dice Touraine que la “ciudadanía ya no puede identificarse con la conciencia nacional”. La ciudadanía no es la nacionalidad, o no es solo la nacionalidad como vínculo jurídico. “La nacionalidad crea una solidaridad de los deberes, la ciudadanía da derechos”. Es necesario armonizar ciudadanía democrática y participación ciudadana con realización de la autonomía individual y la identidad nacional, señala Walzer.

Otro tanto ocurre cuando se transforma a los ciudadanos en “los salteños”. ¿Qué es ser salteño? ¿Haber nacido aquí? ¿El “orgullo” de serlo? ¿Sentir pertenencia a la tradición local? Que sepamos, no hay “ciudadanía salteña”. Nuestra ciudadanía es argentina, no de ninguna provincia en particular. Cuando en una generalización, torpe y antipática, se dice “nosotros los salteños”, se excluye a miles de ciudadanos que residen en Salta pero no nacieron aquí. Se está ignorando que en una democracia la pertenencia se define “por unos derechos y unas garantías”, antes que por vínculos afectivos. Decir “los salteños” suena a patriotismo excluyente, demagógico y localista.

La ciudadanía es la condición que se otorga al ciudadano de ser miembro de una comunidad política. Si la ciudadanía remite a un proceso histórico, siempre se hablará de una construcción de ciudadanía y también de una reconstrucción constante de esa ciudadanía. En la tradición occidental, el ciudadano es un conjunto de atributos legales y a la vez un miembro de la comunidad política.

Recuerda Robert Dahl que la democracia no es únicamente un procedimiento de gobierno. Es también un sistema de derechos. Pero para serlo, en una democracia esos derechos que le son inherentes deben estar efectivamente a disposición de sus ciudadanos. “Los derechos deben hacerse verdaderamente efectivos y estar efectivamente a disposición de los ciudadanos en la práctica”. “Los adornos de ‘democracia’ son una mera fachada para un gobierno no democrático”.

Reivindicar la ciudadanía, y reivindicarnos ciudadanos, es mucho más que recuperar el sentido y el valor de la ciudadanía y de los ciudadanos. El deterioro de la democracia, de sus instituciones y el retroceso de las iniciativas privadas y las organizaciones de la sociedad civil, se hacen visibles en la caída en desuso de la palabra “ciudadano”, y su reemplazo por “La gente” o “los salteños”.

En Salta, donde más de 65.000 personas y sus familias de forma directa, y muchos miles de forma indirecta, dependen del empleo público provincial, el camino hacia la ciudadanía plena -aunque sembrado de obstáculos- se construye al andar. Ser ciudadano no es un regalo llave en mano. Solo se puede afirmar y ensanchar con su constante ejercicio.

  • Gregorio A. Caro Figueroa
    gregoriocaro@hotmail.com