Reflexiones sobre sociedad y anomia

Antonio Gutiérrez
noviembre 25 /2013

Los seres humanos estamos siempre debatiéndonos entre el sometimiento a la norma y la trasgresión, entre el bien común y las exigencias pulsionales individuales. Según las épocas, la balanza se inclina más de un lado o del otro. Pero da la impresión de que cada día más sujetos no estarían ya dispuestos a someterse a las confrontaciones con la regla y los parámetros generales básicos, sino que empiezan a conducirse por fuera de toda convención social, de toda ley y de toda referencia a un Otro de la cultura. Además comenzamos a dudar de que todavía haya norma.

El Otro hoy no cuenta

Los otros no son ya los pares, los vecinos, los ciudadanos, con los que se puede estar o no de acuerdo, sino directamente enemigos a priori, a los que es preciso destruir.

Es como si el individuo que se levanta 100 veces de noche a ver si la puerta de calle está cerrada, en vez de decir: “estoy mal porque hay algo en mí que no funciona, dijera: yo estoy en lo cierto, lo más lógico es levantarse de noche 100 veces a ver si la puerta está cerrada. Dado la inseguridad reinante, los que están equivocados son los otros, no estoy enfermo, soy diferente”.

En las sociedades actuales no habría mayormente norma ni regla general sino un estado de anomia, de caída de la ley simbólica, donde el salirse del lazo social es lo corriente, o sea, la nueva norma. La norma es hoy la falta de norma. Lo normal es ahora no sujetarse a la norma, con lo cual, lejos de obtenerse una mayor libertad individual, lo que se encuentra es la auto-degradación y la vuelta del individuo contra sí mismo. La trasgresión deja de ser una trasgresión para constituirse en una nueva modalidad de sometimiento y hasta de esclavitud.

Si somos todos transgresores no hay trasgresión, sino una nueva forma de uniformación, una masificación de las modalidades de goce. Es que el superyó siempre da una vuelta más y aparece por el lado menos previsto, bajo nuevos ropajes, aunque con la misma saña y severidad de siempre. Pareciera que por uno u otro lado no hubiera escapatoria, como en el mito de Edipo Rey; en la huída del destino vaticinado, termina encontrándose, en la encrucijada de caminos, con ese mismo destino del que creía huir. Pero, por suerte, no todo está fatalmente determinado, al menos por ahora, porque si no, no tendrían demasiado sentido las luchas sociales ni las reivindicaciones laborales ni el oponerse a las injusticias ni nada de nada.

El ejemplo más cabal de esta nueva forma de sometimiento de los individuos al mandato superyoico, son las toxicomanías. En la década del 60 el consumo de drogas aparecía como un más allá de la sociedad burguesa, como un intento de escapar de las mordazas y barreras impuestas por los mandatos opresivos. Hoy, por el contrario, las toxicomanías no son ya un intento de liberación ni de autonomía individual, sino una férrea obediencia y un sometimiento al imperativo de ir hacia un goce sin medidas, hacia un consumismo que no encuentra en su camino diques de contención ni límites. Y para los que no tienen ni un mínimo de poder adquisitivo, se ofrecen las sobras del sistema, la escoria de la operación capitalista, el “paco”, la “pasta base”, la confinación en la marginalidad como lugar no sólo de carencia sino también, en muchos casos, de alta condensación de goce que conduce a la muerte.

Es así como muchos “excluidos” son reintroducidos en el circuito capitalista, como piezas necesarias para mantener la comercialización de los efectos negativos reciclados por el propio capitalismo, un discurso que se presenta como un discurso circular, sin pérdida, capaz de reabsorber como ganancia hasta sus propias miserias y reintroducir como mercancía hasta sus propios desechos.

Lo cierto es que han caído en parte la universalidad de la ley simbólica y ese principio ordenador que supone una cierta regularidad en el acontecer del universo y la creencia de que los astros vuelven siempre al mismo lugar y que va a seguir funcionando, por ejemplo, la ley de la gravedad, etc. En ese abrochamiento, en esa fijeza, se basa la ciencia. No hay ciencia sin duda cartesiana, pero tampoco hay ciencia sin ese punto de certidumbre inicial que sostiene que dios no hace trampas en el juego. Es lo mínimo indispensable para poder abrochar una significación y un entramado social. Por el contrario, vemos ahora que el mundo comienza a funcionar por el lado del reverso, es decir, no por el lado del “principio del placer-displacer”, sino enteramente por el lado del “más allá del Principio del Placer” freudiano, o sea, por el lado de la pulsión de muerte y del goce irrefrenable.

Lo que hay entonces es un descrédito de las normas generales de la convivencia, que en definitiva son normas culturales, discutibles por supuesto, pero impuestas por el consenso social, por la convención, un consenso que empieza a resentirse, acarreando en su caída la rotura del lazo social. En síntesis, a algunos sujetos ya no les interesa cambiar las condiciones culturales ni luchar contra las situaciones de injusticia en el mundo, sino simplemente acabar con toda cultura, con todo consenso, con todo entramado social, en una actitud de extremo cinismo donde ni siquiera interesa la propia destrucción. No importa demasiado ser mal conceptuado, mal visto, repudiado, caer en el descrédito social, en el desprestigio, etc. Llegará el momento en el que ya no se acepte ni siquiera el principio de arbitrariedad sobre el que se constituye la convención del hecho lingüístico y cada cual, como en el caso Schreber, de Freud, quiera hablar su propia lengua.

El Otro hoy no cuenta. Cada cual reverbera en su goce narcisista y cree que es posible empezar de borrón y cuenta nueva, a partir de una tábula rasa, sin historia, sin proyectos, sin perspectivas temporales, en medio del presente más inmediato. Los otros no son ya los pares, los vecinos, los ciudadanos, con los que se puede estar o no de acuerdo, sino directamente enemigos a priori, a los que es preciso destruir. La primacía de lo individual por sobre lo colectivo, la no sujeción a la ley simbólica, desestima toda conceptualización, toda cosificación y alienación del sujeto al significante, pero no por ello lo vuelve menos alienado, menos cosificado y más libre.

Lo que aparece en ese lugar dejado vacante por el sometimiento a la convención simbólica, es hoy la paranoia, la sospecha, la desconfianza, el prejuzgamiento, el prejuicio, la violencia. En definitiva, la psicosis.

  • Antonio Gutiérrez, escritor
    antoniogutierrezalbelo@gmail.com